“Visages”: Mirame

Visage es rostro, pero también, según una definición que encontré por ahí, la expresión, la gestualidad de ese rostro. Es decir, no es sólo la forma, sino el contenido. Hay quien dice que mirar a los ojos es espiar a alguien por la cerradura. ¿Nunca se fijaron en el subte o el colectivo cómo la gente observa en todas direcciones pero siempre intentando evitar encontrarse de manera directa con los ojos de otro? La gente anda necesitada de hablar, de acercarse, que le hagan un mimo y, sin embargo, lo que prevalece es el miedo… será porque mirar es descubrir, pero también es, cuando se produce el encuentro, ser descubierto…

En el espacio oscuro de una sala, sólo fragmentos geométricos, pequeñas estructuras de luz, pero también, quizás, los monoblocs de algún barrio, algunos terminados, otros sin terminar… división de espacios, tetris destinados a cruzarse y romperse cada tanto (los que habitan los monoblocs, no las construcciones).

Apenas cubiertos por las estructuras, seres que quieren ser reconocidos, aceptados y queridos. Hay también un ángel, pero él lo que quiere es morir, harto de retornar una y otra vez; es un desilusionado, un derrotado. Rechazados, a su manera, son todos; entre

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“Las impacientes Polonski”: Globulitos al ataque…

Dos mujeres esperan para ir al entierro de una tía. Aguardan impacientes que las pasen a buscar mientras tratan de no dejarse descubrir entre ellas, de no exponerse, hasta que ya no sea posible conservar las fachadas. Y en ese mientras tanto, esperamos junto a ellas y nos sumergimos en sus historias y excentricidades.

Amalia y Mónica son primas. Parientes de esos que no se frecuentan mucho, que se juntan de vez en cuando para alguna ocasión especial como estas: la muerte. Cada una vive en su universo particular, entre deudas, ofrendas paganas y adicciones alternativas. El té resulta ser el ritual obligado de visitas, inconcluso , y disparador de temas. Amalia está obsesionada con las terapias alternativas, adicta a los globulitos (¡la cura indicada para cualquier peste!), pasa sus tardes leyendo revistas de las que obtiene todo su conocimiento (¡Susana se las sabe todas!). Mónica, una mujer de alta alcurnia venida a menos, endeudada, perseguida por la AFIP, que hace pasar a los empleados de la misma por posibles candidatos. (¿Se terminará enganchando alguno?) Aquí todo es posible.

Ellas van descubriéndose, e incluso exponiendo algún que otro pedazo de piel ante un dios personal que cuelga de la

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“Nomeolvides (en la niebla)”: La cárcel de cristal

Hay momentos en la vida que te definen. Quizás sea cruel plantearlo de esta manera, pero es así. Es el instante en que podrías haber tomado un camino y seguiste otro que nunca más se modificó.

En una noche oscura, en uno de esos momentos mencionados, Francisco elige no elegir, decide tomar una decisión para que nada cambie. El miedo es así.

El corset que aprieta fuerte y no deja que nada se escape está hecho de silencios y buenos modales, de negaciones y de gente que ve lo que quiere y que el resto del tiempo se hace la distraída. Las decisiones tomadas, se viven como inamovibles, y lo que no encaja, lo distinto, se borra, se oculta, se exilia.

Como en todo melodrama, lo que enuncia el “acá no ha pasado nada” es el amor, el permitido y el que no puede ocurrir. El primero es trágico, porque no es sentido, sino compromiso y deber ser; el segundo es trágico, porque para confirmarlo es necesario animarse a romper con todo y, quizás, hasta ser señalado por haberse apartado del camino más “recomendable”. El pasado tiene la costumbre de repetirse gracias a que la gente teme cambiar.

En

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“Desfile de extrañas figuras”: Un pasado gobernado por el tango

Quizás sea Gardel (Ángel Rico) el que gane la partida, por su figura mítica – emblema del tango, emblema del género musical donde reina la nostalgia de las pérdidas – y por su modo de reinar las escenas de “Desfile de extrañas figuras”, de Carlos Pais. O quizás sea la voz de Violeta Echagüe (Marcela Fernández Señor) que a pesar de sus años detenidos en sucesos que gradualmente muestra la obra, sabe sentir los tangos que canta junto a su amado Carlos, a su amada sombra.

Pero hay elementos que la obra oculta mostrando pequeños indicios que luego son revelados. Así, en la escenografía reinan los años ´30 y marcos vacíos que representan diferentes cuadros. Así, la obra menciona diferentes sucesos argentinos, más bien tragedias, donde Gardel será un referente casi premonitorio e hilo conductor del relato. Así el propio Gardel marca por medio de una frase algunos motivos posibles de la detención temporal de esa casa. Quizás decir – palabras más, palabras menos – “Te confundiste el tango con la vida”, sea un motivo bastante preciso sobre esa pausa que reina en Violeta y en quien la cuida, Beba (Liliana Lavalle). Y en ese clima de regaños entre

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“Beatriz, la historia de una mujer inventada”: Memorias y un abrazo

Beatriz es una mujer que es muchas. Beatriz es muchas ella misma, porque fue niña, joven, adulta y anciana. Beatriz nació, como decía Dickens en “David Copperfield”, y en algún momento muere.

En un espacio vacío, está sólo siempre Beatriz, siendo ella y los otros. ¿Los imagina? ¿Los recuerda? ¿Son fantasmas? ¿Acaso es siempre la misma figura que se transforma porque los vemos a través de sus ojos? Ocupa y rellena huecos dejados por los demás con su propia fuerza e imaginación, mezclada con resignación.

Una vida que no es exactamente la que se deseaba: ella dueña de un comercio, su marido mozo. La plata siempre justa, las hijas que crecen y se van. Lo que queda es la soledad de la rutina. ¿Qué pasó con el amor? ¿Qué pasó con los sueños? A Beatriz la invade la melancolía permanentemente. El negocio la absorbe, pero también es el escape, la compañía, el refugio.

Laura Pagés se evidencia, en determinado momento, como la titiritera. Beatriz es un títere, pero también alguien que podría ser cualquiera. Siempre conocemos alguien como ella, podríamos ser nosotros mismos… Quizás por eso (o porque, no sé, quizás se me antoja o necesito verlo así), en

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“Después del Borde”: Entre la muerte y la locura

Ver la obra de Heidi Steinhardt “Después del Borde” es ingresar a un mundo de fantasía que se ampara poéticamente en lo fantástico. Así, la escenografía que propone Alejandra Polito, cumple la función de situar a los seis personajes, así, se recrea un mundo similar al bosque donde podría haberse perdido la Alicia de Lewis Carroll. Lejos de conservar la inocencia de la estructura escenográfica y del vestuario, los personajes de “Después del borde”, van acercando sus historias, dejando en ellas los motivos que los acercan a la muerte y a la locura, motivos que los anclan y los retienen en un lugar falso, que los detienen en el tiempo.

El manejo del espacio y del tiempo en la obra es creado por los relatos que construyen los personajes, los relatos con los que se dirigen a un receptor que ubican por momentos en el lugar de terapeuta, y que no es necesariamente el espectador. Y no lo es, porque el nivel de emociones que transmiten todos los personajes involucra a quienes escuchan, rompiendo un posible distanciamiento.

Esta obra de relatos fragmentados, de mundos desgarrados, de faltas, de vacíos, se centra además en

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“AMAR”: Una cuestión de intereses en primer plano

Una noche, un reencuentro, tres parejas. Amor, desamor, agobio, culpa, envidia, celos, y nuevamente amor, sólo que un poco más destartalado que al principio. La locación: una fiesta en algún lugar de la costa. La playa como escenario virtual que nos llega mediante el ruido de las olas. Todo sucede allí, en la oscuridad de la noche; los intérpretes, manipulando ellos mismos la iluminación puntual y suave, van construyendo espacios y miradas.

El aparato teatral se construye y devela ante nosotros. Los actores hacen y deshacen en la oscuridad. Las escenas se vuelven cinematográficas al poner en primer plano los rostros y las acciones. La oscuridad permite construir cada momento como un detalle en sí mismo, hacia donde nuestra atención se dirige. Mirar más allá del halo que forma la luz sería mirar hacia la nada. La atención-dispersión propia del teatro se reduce, y adquiere la dirección-puntuación del género cinematográfico.

Todo transcurre en una noche, donde las miserias se exponen mediadas por las historias del pasado y el peso de los vínculos que unen a estos amigos. Las parejas presentan una armonía que sólo es una fachada que ellos mismo se proponen sostener para poder seguir

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“La Quema”: Nunca acabará el humo

Se cura con Pancután. “Se podrá apagar todos los fuegos Pero nunca acabará el humo.” Roberto Juarroz

El fuego sana, cura. Pero el proceso de purificación no está completo si no hay sufrimiento. Juana de Arco, las brujas de Salem, la audacia de Prometeo, el éxodo jujeño…el Ave Fénix…hace falta fuego para empezar de nuevo.

¿Y el humo?

Queda. Resabio de lo muerto, nos recuerda que algo ha pasado por ahí. Huella inevitable, obligada a habitar en el viento, en el aire, acá, adentro, desde la nariz y la boca hasta la garganta, hasta los pulmones. Epitafio de lo que pasó.

Humo. Mucho humo. Sentada, anota remedios en una libretita. Sillón desvencijado. De la vicedirección. Acá hay olor a pelo quemado (fijate si en la cartera no tenés una birome que ande) Dibujados en tiza, hay cosa que dicen su ausencia. Yo no me llamo Marcela. ¿Qué pasa? Yo no me llamo Sofía. Señora, equivocado. Mi perro se comió la pata, la engangrenada. Se ve que la gangrena da olor a. Ojito, estoy vigilando. A ver si a alguno se le ocurre quemar otra peluca. De a ratos, la radio habla. Con humo habla, en todas partes, en todos,

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“Imagen y Semejanza”: Amor aéreo

Enamorarse es un poco como hacer acrobacia sin red. Subís, bajás. Cada tanto sentís que volás y, en otros momentos… bueno, te hacés torta contra el piso. También está cuando simplemente desaparecen los fuegos artificiales, la música, y te ponés a pensar si se fue todo al tacho o qué… Y es que el amor es un poco así; no es una línea recta, sino es más parecido, en mayor o menor medida y partiendo de la frase “cada pareja es un mundo”, a un electrocardiograma. El que no se atreve a jugar y opta por la inercia de la costumbre y la comodidad, termina carreteando en pos de una supuesta seguridad (y se sabe cuando este es el caso).

En una noche de frío, un hombre y una mujer se buscan en el suelo y en el aire. No hay palabras, apenas la música que los acompaña en el reconocerse, conocerse, rechazarse, atraerse de nuevo.

La cuestión es sencilla: una historia de amor. Seguimos esa historia que se presenta entre telas y trapecios, donde los cuerpos se dejan caer hasta casi tocarse, rozarse. En el equilibrio y desequilibrio aparecen las

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Entrevista a Mónica Cabrera: “Tenés el poder, cuando tenés el humor”

Ya había comenzado el fresco. Llegaba con tiempo. Pasé por el kiosco a comprar pilas para el grabador (mi fiel y barato MP3 a prueba de balas y que, por alguna razón que desconozco, no acepta pilas Duracell). Mientras repasaba con los ojos chocolates, alfajores, caramelos, galletitas y demás – sólo para luego no llevar nada -, seguía pensando diferentes formas de encarar la entrevista. Es algo que siempre hago, de obsesivo nomás, darle vueltas al asunto hasta el último momento.

Ahora más gente la reconoce gracias a sus roles en “Tratame bien” y “Malparida”, pero Mónica Cabrera viene laburando desde hace mucho: entre otras cosas (también tuvo su programa de radio, al que vale la pena echarle una escuchada), el año pasado publicó su primer libro, una antología de sus monólogos, que tienen sus orígenes hace diez años, lo cual a su vez dio pie a la “Maratón Cabrera”, donde por diferentes salas han ido rotando las obras incluidas en la antología.

Cabrera se sentó del otro lado de la mesa y fuimos de 0 a 100 sin escalas. El humor es la constante – en

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