“Freshwater”: Entre olas y poesía

Residencia de los Cameron. Inglaterra, principios de siglo XX. Cuando el sol se oculte, el matrimonio se embarcará a la India. Hasta ese momento, entre bastidores, lírica y discusiones sobre arte, los acompañarán dos amigos: Watts, un pintor obsesionado con Ellen, su joven esposa, pero sobre todo con plasmar las alegorías que ella le inspira; y Tennyson, un poeta que al más mínimo estímulo se pone a improvisar versos.

En el mundo diletante que presenta “Freshwater”, y que seguro parodia muchos aspectos que rechazó el grupo de Bloomsbury, los hechos significan la muerte de la poesía. Por eso hay que conjurarlos. El tiempo para estos personajes, que buscan rodearse de conceptos estéticos como si fueran aire, está detenido. “Los Cameron siempre están por partir y yo posando para signoir” dirá Ellen, la pureza, musa de tiempo completo, acosada también por la dueña de casa, pero para fotografiarla.

En el escenario prácticamente vacío, los cuerpos se destacan. Por su vestuario, reconstruido al detalle, incluso hasta en las barbas y el calzado; y por el contraste que esa impronta victoriana guarda con sus acciones. Aunque solemnes y presumidos, gritan, se retuercen, se tiran al piso, se persiguen, se asoman

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“Bacantes”: La herencia

A veces, hay más preguntas que respuestas. No está mal, al contrario.

Revirtiendo lo que hubiera ocurrido hace más de dos mil años, en lugar de tener una puesta de todos actores hombres interpretando todos los personajes, tenemos un elenco enteramente conformado por mujeres (acá vestidas, salvo Dioniso, más similares a un cuerpo parapolicial que a civiles, con el cabello atado y tirante). Además de la discusión sobre el poder que uno puede encontrar en “Bacantes”, de Eurípides, está un elemento no siempre explorado, que es el lugar de lo femenino; herederos de la cultura antigua, donde la presencia femenina era fuerte, los griegos clásicos la relegaron a un segundo plano, asociándola a aquello que debía ser evitado: la emocionalidad, la irracionalidad, la pura sensualidad. La lucha por el poder, entonces, no está sólo en lo político, sino también en el discurso sobre los cuerpos y los géneros…

El dios Dioniso llega a Tebas, ciudad en la que fue negado. Busca ser reconocido pero, por sobre todas las cosas, busca venganza de aquellos que los rechazaron. Uno podría decir que es un poco como lo que ocurre en el Éxodo del Antiguo Testamento, donde en el conflicto entre el

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“El desarrollo de la civilización venidera”: Algo ha cambiado, algo sigue igual

Me siento a escribir… la pantalla sigue en blanco y el cursor continúa titilando burlonamente. Voy a la cocina, abro la heladera. Miro lo poco que hay adentro, esperando un golpe de inspiración. Obviamente, nada. Retorno, me siento. Navego por vicio. Encuentro un texto que pone en palabras algunas de las ideas que se me venían cruzando y mejor de lo que se me había ocurrido. Finalmente, consigo comenzar…

“Casa de muñecas”. Ibsen. Fines del 1800. Nora abre la puerta y se va. Escándalo… Comienzos del siglo XXI. Digamos, simplemente, que las cosas han cambiado. Ibsen es ahora un clásico, lo mismo que la obra del escándalo. Que Nora abra la puerta y se vaya ya no es subversivo, ¿o sí? ¿para quién? ¿dónde? Si se pusiera en escena la misma obra, sin ningún cambio, para un público perteneciente a un grupo social altamente patriarcal y conservador, ¿qué pasaría? Pero, bueno, la versión de Veronese ocurre en un teatro de Buenos Aires y los espectadores pertenecemos, en mayor o menor medida, a un mismo espectro socio-cultural. ¿Qué significa eso?

En el tiempo presente de esta versión de los personajes, todo parece ridículo, carente de

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“Iago, escena para un crimen”: La invención de lo humano.

Es difícil analizar una obra que se desarrolla en una infinidad de registros, una obra que agrega el audiovisual para introducirnos en el escenario con intenciones estéticas y funcionales, una obra que nos incorpora en el mundo del film Cabaret”, de Bob Fosse (1972) y en el mundo deOtelo”, de Shakespeare, o, mejor dicho, en el mundo de Iago. Y es difícil, porque con cada signo que la puesta en escena propone, se abre una lectura posible para hablar de la invención de lo humano (como propone Harold Bloom teorizando sobre las obras de Shakespeare), para hablar del poder y para hablar del teatro e incluso del cine.

Harold Bloom, explica en “Shakespeare, la invención de lo humano”, que Shakespeare no despliega simplemente a los personajes, sino que los desarrolla, haciendo que estos se conciban nuevamente a sí mismos. Este retorno de sí, es el mismo objetivo que Edgardo Dib plantea en “Iago, escena para un crimen”. Un Iago (Érica Spósito) que, además de ser el servidor de Otelo, es el narrador que construye la historia. Una

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Entrevista a Martín Barreiro. “Hamlet”: un mix entre lo clásico y lo moderno

¿Por qué los clásicos retornan una y otra vez? ¿Qué tanto se los debe “respetar”? ¿Cuál sería la función de quién decide llevarlos a escena? ¿Cómo puede el espectador leer un clásico? ¿Cuánto acercamiento hay entre las propuestas y su recepción? ¿Logra el espectador relacionarlo con su realidad? ¿Mediante que elementos? ¿Qué modificaciones establecen esos elementos en la estética de aquella época? ¿Se mantiene, entonces, un diálogo entre la estética de las puestas de aquél momento, o el diálogo es depositado en el texto dramático?

¿Cómo comienza la historia del Teatro el Convento?

Empezamos en el año ’95 o ’96, hace ya 13 años, 14 casi; quedamos los sobrevivientes de otra compañía. En realidad, éramos todos compañeros, habíamos empezado a estudiar juntos, y formamos un pequeño grupo que tuve la suerte de dirigir -yo dirijo desde muy chico, desde los 23, 24 años- mientras hacía la carrera de dirección. Este grupo se fue desmembrando, como pasa siempre en el teatro, y con los que quedamos, que éramos cuatro más o menos, pensamos en armar una compañía. Tuvimos la idea de que esta compañía sea un poquito más

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“Lysystrata”: La comunidad y los “poderosos”

El primer paso fue dividir entre, si se quiere, la resistencia y quienes, por el momento, detentan el poder. Así, entrando a la sala del Teatro Stella Maris, el espectador ya no fue uno, sino que partió su mirada entre lo masculino y lo femenino para ver “Lysystrata”, la obra escrita por Aristófanes y retomada por Emilio Urdapilleta, quien la incorporó a la actualidad, desde la representación metafórica de un congreso plagado de pancartas con consignas que explican la medida y piden por la paz.

Además, la puesta respeta, por momentos, las estructuras de la comedia griega: la exaltación del lenguaje sexual, la utilización de máscaras por el coro de mujeres y por el de coro de ancianos, la estructura dramática y la planta escénica de lo que podría ser la obra original; pero, en otras ocasiones, rompe cada una de las pautas actualizando el lenguaje, despojándose de las máscaras, uniendo las separaciones de la estructura dramática y extendiendo el espacio hacia el espectador al realizar entradas a escena desde la platea. (Habría que tener en cuenta que la ruptura espacial es

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