Artes Escénicas / Tecnoescena - Análisis

Visible - Ana Alvarado

Tecnoescena '08: Preguntemos...

por Diego Braude dbraude@imaginacionatrapada.com.ar

Todos los espectáculos y las mesas de debate de Tecnoescena '08 pueden verse en: http://www.ustream.tv/channel/tecnoescena-08

Tendemos a guiarnos por resultados. Cuando no aparecen, puede darse que lo que sea que hayamos emprendido sea considerado un fracaso o que quede un sabor a “algo falta”. Somos una sociedad orientada por resultados, que se consideran como “respuestas”. La carencia del primero implica que el espacio de lo segundo queda vacante, vacío, y somos una sociedad que teme al vacío. Todo debe llenarse.

Asociación Libre:

--- Entrevista a Javier Acuña, director de Alternativa Teatral: Artes Escénicas y Nuevas Tecnologías - por Diego Braude

Por alguna razón, quizás histórica, también nos hemos transformado en una sociedad que trabaja desde dos extremos. En una punta, la tenemos clarísima, somos los que trabajamos con dos pesos ante la inoperancia del sistema o la simple falta de presupuesto, los que inventamos una realidad alternativa cuando la oficial se rompe o no funciona. En la otra, somos los últimos orejones del tarro, que tenemos todo por aprender, los vivos que terminan siempre dándose la cabeza contra la pared por creídos. Esta bipolaridad, suele producir en el nivel de la teoría, es un poco mi impresión, una suerte de brillante intelectual que, simultáneamente, considera que no tiene nada propio por decir.

No hablemos de “nuevo” u “original”, rótulos que, como la primera persona del plural académico, me producen algo de alergia. Este intelectual al que me refiero suele operar como si no pudiera tener una voz propia. Cuando analiza, analiza usualmente en base a categorías que provienen de corpus teóricos universalistas pero que se construyen desde otras realidades, las cuales responden a procesos históricos que las más de las veces no tienen que ver con el local. Cuando elabora, suele hacerlo hacia atrás, como si no pudiera desligarse de las ataduras temporales y, por ejemplo, proyectar imaginativamente hacia delante. ¿Será en este punto que la historia de inestabilidades y destrucciones hace sentir su peso? ¿Será simplemente un modo de hacer de esta época?

Acompañando todo esto, y coherente con el funcionamiento general del universo de sentidos que habitamos, se encuentra el camino de la legitimación, que en los hechos funciona más como un procedimiento burocrático extendido en el tiempo que una real valoración por lo que sean los aportes que X o Y puedan hacer.

Una cita que surgió en una de las mesas de debate de Tecnoescena gracias a Walter Campi fue la de Aldo Rico: “La duda es la jactancia de los intelectuales”. Durante la última dictadura, autodenominada Proceso de Reorganización Nacional, lo que se buscó eliminar (aniquilar, si seguimos la línea de pensamiento aplicada en aquel momento) fue, precisamente, la posibilidad de la pregunta como elemento revulsivo. Preguntar no es necesariamente dudar, sino también plantear alternativas, especular sobre que el mundo actual es sólo un mundo posible dentro de otros probables.

Entonces, primer paso, reemplazar el resultado por la pregunta. Es la “jactancia de los intelectuales”, pero es asimismo, simplemente, el derecho de todo aquel que no esté conforme con lo que hay o quiera pensar sobre cómo transformar lo que se le ofrece. El “resultado” se basa en la eficiencia sobre un modelo de cosas dado; la “pregunta”, como pretendo entenderla, implica que no hay, necesariamente, una idea de “final” ni, compulsivamente, un modelo de cosas entendido como esencia primigenia. Tecnoescena '08 funcionó desde esta premisa.

Programación, Open Source, Creación...

Cuando me acerqué por pimera vez a la producción de contenido para la web hace ya varios años, me tocó ocupar también el lugar de diseñador. Diseñar implicaba – y sigue implicando actualmente en la producción de Imaginación Atrapada -, también trabajar sobre lenguajes y aplicaciones que necesitaban modificaciones. Esta anecdótica introducción autobiográfica tiene un sentido.

Armar un sitio implica tener en cuenta múltiples variables en simultáneo, que van desde el aspecto estético exterior a la distribución y cantidad de contenido, a la actualización de ambas cuestiones, a la incorporación o sustracción permanente de diferentes aplicaciones o agregados (que hacen al funcionamiento propiamente dicho del sitio) que requieren de adquirir conocimiento (si no se lo tiene previamente) sobre programación (tanto básica como intermedia y, en algunos casos, avanzada). En principio, no parece nada extraño al inicio de cualquier proyecto o emprendimiento y, sin embargo, lo es.

En la web impera la lógica del programador y, sobre todo, la de cierto tipo de programador, donde, en realidad, ningún programa está “terminado”. El sitio que diseñé en aquel momento era apenas una versión, oficializada un determinado día, de todas las que podría ser en el futuro.

Como plantea Pekka Himanen en “La Ética del Hacker” (libro en el cual también aportan también dos leyendas como Linus “Linux” Torvalds y Manuel Castells), la mecánica de la web, la del trabajo en red, se impone sobre la realidad. La red, entendida sobre todo en su capacidad potencial, borra la idea de Centro por la de Nodo. Un nodo es funcional a la red y puede haberlos algunos más importantes que otros, pero hace repensar todo una conceptualización de siglos sobre las jerarquías (en algún lugar, Gramsci debe sonreír complacido). La tendencia que produce la web, por la forma en que se expande – pese a que la mayor parte de la población del planeta sigue encontrándose por fuera de ella, lo que apunta a una discusión todavía más amplia -, es la de horizontalización en la toma de decisiones. Tendencia no significa necesariamente concreción pero, incluso en su estado actual, ya consiste en muchos aspectos en una elección con respecto al lugar en que uno se ubica.

Armar un sitio implica pensar que se convive con otros parecidos. Competir por la supervivencia del más apto es el pensamiento tradicional que todavía la gran mayoría ha heredado. La lógica de la red posee el potencial transformador; las ideas mismas de identidad, unicidad, colaboración, interacción, se modifican – o deberían hacerlo -. Yo, director de Imaginación Atrapada, participo de Tecnoescena sin dejar de ser yo ni Tecnoescena dejando de ser Tecnoescena (que está organizado, a su vez, por Alternativa Teatral).

El criterio de “Open Source”, o fuente abierta, viene a potenciar todo esto. “Fuente Abierta” significa que todo el código, el ADN, de un programa X, no está cerrado, clausurado a la visión de cualquiera. Al contrario, está visible y disponible para ser modificado por otro. La información es poder y, por eso, la información debe ser de todos. Llevado al proceso creativo, esto hace preguntarse sobre la idea de autoría (¿existe el autor? Pregunta que retorna) – fíjense cómo, en la producción teatral, abundan las producciones colectivas, la “dramaturgia del actor”, fruto del trabajo de ensayos, etc, que parece pertenecer a otro tópico de discusión y, sin embargo, no lo es -. Sobre todo, hace preguntarse sobre la cuestión del autor en su función comercial, la de los “derechos de autor”; la propiedad sobre el material.

Los procesos no se terminan, la información es, potencialmente, de todos y la creación hace pensar sobre las usuales estructuras de jerarquía.

Simultáneamente, categorías que hacen a nuestra manera de experimentar el mundo, como Tiempo y Espacio, también tambalean. En la web, el tiempo como lo conocemos se rompe. Pasado, Presente, Futuro, entran en crisis: se cruzan, se superponen, se yuxtaponen, en un mismo instante. El espacio, por su parte, se dobla; atrás, adelante, arriba, abajo, son puntas que ahora se tocan. Yo escribo, actualizo, y una X cantidad de lectores alrededor del mundo me leen en sólo segundos. Asimismo, modifico posteriormente el escrito y el proceso se repite (¿qué pasó con la primera publicación? ¿es un original – idea de “origen” -? ¿qué es?). La experiencia humana se apoya, desde hace siglos, en las nociones de Tiempo y Espacio. Que pasa si ellas se modifican y, de repente, como plantean algunas filosofías, estas dos palabras pasan a designar otra cosa.

Tecnología, Arte, Cuerpo

La Noche de los Extraviados - Jazmín SequeiraSigue ocurriendo, aunque cada vez menos. Hasta hace un par de años, solía encontrarse que una foto modificada con Photoshop (o cualquier otro software que sirviera para el mismo propósito) se presentaba como “Fotografía Digital”, conformando un género propio, aparte. Sin embargo, la diferencia entre la transformación a través del software o a través de procedimientos tradicionales de laboratorio era prácticamente nula. La distinción era (es) la velocidad y mayor facilidad que el primero permitía en contraposición con las técnicas más “artesanales” y lentas del segundo; es decir, el rótulo nuevo funcionaba de manera nominal y sólo describiendo un proceso mecánico y no, necesariamente, conceptual.

Para que Arte y Tecnología puedan conformar un “género”, es necesario, a mi entender, que la introducción del segundo elemento produzca discurso. Que su intrusión construya algo que no podría estar ahí de otra manera. Es utilizar todo aquello que implica la tecnología en su uso cotidiano para mutarlo y, de esa manera, volverlo evidente. Si no, y esto no quiere decir que sea algo negativo, es sólo una herramienta más. Alrededor del mundo, este límite fino habitualmente se pierde de vista y se presentan como “Arte y Tecnología” obras que responden más al criterio de “Evento Científico Tecnológico”, donde lo que sería el aspecto artístico opera meramente como una cubierta que pretende darle una apariencia más de espectáculo, de performance o afín. La pregunte que le sigue inmediatamente, entonces, es otro retorno, el de qué se considera arte.

En esa línea de pensamiento, Tecnoescena gira alrededor de las Artes Escénicas. En la mesa de Teatralidad, Alejandro Catalán planteó, en cierta oposición con respecto a la postura que está emparentada con Jorge Dubatti, la aparición de una teatralidad dinámica: en lugar de una definición más fija y abarcativa, una definición que se amolda a los diferentes lugares donde el hecho teatral puede tomar lugar, con lo cual la propia idea de hecho teatral puede modificarse (esto último lo agrego yo).

Sin embargo, llegado un punto, tanto las palabras de Catalán como las de Dubatti coinciden, y es en la presencia física del actor. Para que exista hecho teatral, debe haber cuerpo. Usando el término que prefiere Dubatti, el convivio se vuelve necesario. Personalmente, creo que esta cuestión de la presencia del cuerpo, tanto del espectador como del actor, es lo que convierte al teatro – y en esto coincido con Dubatti -, en un lugar que, hasta cierto punto, opera como de resistencia frente a la pantallización de la sociedad en su conjunto.

¿Qué son las Nuevas Tecnologías? Alrededor del mundo, esto de “nuevo” suele significar, simplemente, cualquier avance tecnológico reciente. Ahora bien, si nos limitamos a aplicar mecánicamente cuanto nuevo chiche se nos ocurre, ¿no estamos incurriendo otra vez en aquello de “fotografía digital”? ¿Qué amerita que tal o cual cosa vayan a formar parte de una obra o de una instalación? Digo, eliminando el deseo de producir un mero efecto espectacular (que, incluso este, no siempre parece ir de la mano con producir un “buen espectáculo”). Además, el aplicar el rótulo de “nuevo” quizás esté apuntando, aunque no siempre se sea consciente de eso, a un tipo de tecnología que ha modificado la forma de ver y vivir el mundo.

Marce.lí Antúnez, el ex Fura dels Baus que recorre el mundo con sus performances, propone la implementación de tecnología de manera radical sobre el actor tanto como sobre el espectador a través de la ortesis o la nanotecnología, permitiéndole producir lo que antes no podía a uno y sentir lo antes imposible al otro. En este caso, es la performance como ensayo de un mundo de ciencia ficción que, pese a ser posible, de todos modos, permanece fuera por ahora de la relación tradicional entre espectáculo y espectador.

En Tecnoescena, por su parte, abundaron los espectáculos que giraron alrededor de códigos relacionados con las tecnologías que Castells llama del informacionismo. Son las tecnologías que realmente han producido un cambio en la manera en que se relacionan los seres humanos, y que tienen que ver, sobre todo, en su uso final en los últimos 30 o 40 años, con la televisión e internet.

Son, precisamente, las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación) las que, por avances técnicos y lógicas de pensamiento, han colaborado a transformar y acelerar el mundo desde la segunda mitad del siglo XX. Son las TIC, entonces, las “Nuevas Tecnologías”; las otras, al menos por ahora, cuando no encuadran dentro de este marco, tienden a trabajar como interesantes herramientas creativas.

Sin Sangre - Teatro CinemaLo mismo ocurre con los niveles de realidad (una conversación que quedó pendiente, café mediante, con Horacio Banega, quien viene estudiando el tema). Seguir hablando de virtualidad implica negar todo un aspecto de nuestro universo de sentidos. No hay virtualidad entendida como burbuja autónoma y artificial, sino que todo es real; niveles de realidad que se yuxtaponen, superponen o encabalgan dependiendo el momento.

Hace unos meses, en una charla en la Facultad de Filosofía y Letras, Rafael Spregelburd decía, con respecto al teatro local, que como somos tan desconfiados, para nosotros todo es, potencialmente, mentira; ficción y realidad nos son algo así como intercambiables en un punto. La diferenciación entre esos dos conceptos nos resulta innecesaria al ingresar a la sala y, entonces, porque ya asumimos que todo es mentira, puede darse una verdad en escena que no necesita aclararse a sí misma. Lo distinto entre este párrafo y el anterior es que, en la escena, según las palabras de Spregelburd, no importa demasiado qué es real y qué no, no es parte de la discusión.

En el centro, cómo se modifica el cuerpo, cómo es modificado, y cómo se transforma la relación entre cuerpos – tanto por la introducción de las tecnologías de la comunicación, como por la espectaculizarización de la sociedad -. Pareciera que, en el nivel latinoamericano y local, el no poder contar con los medios deseados idealmente, lleva a optar por las preguntas esenciales, donde la tecnología se convierte en una presencia más simbólica que física concreta.

Código BA como síntesis... una posible síntesis

¿Hay teatro sin cuerpo en vivo? ¿O eso es cine o televisión?

En “Código BA”, un elenco en Buenos Aires (dirigido por Alejandro Casavalle - quien viene experimentando sobre las nociones de realidad y ficción en diversos planos - y Valeria Radivo) y otro en Barcelona debían trabajar en conjunto vía streaming, construyendo un relato improvisación pautada mediante. Era una experiencia, ver cómo combinar códigos pertenecientes a distintos lenguajes (cine, teatro, televisión, internet), qué era lo que daba como resultado. Una proyección sobre la pared del fondo de la sala mostraba la conexión, con las ventanas de ambas locaciones a la vista. Junto con ellas, la del chat del sitio de streaming, donde cualquiera que estuviera viendo la transmisión podía participar. Otra proyección, más pequeña, mostraba la misma imagen sobre otra pantalla de la altura de los actores. A punto de iniciar, con los espectadores por entrar a la sala (había tanto espectadores en vivo como desde la web), la conexión de Barcelona se volvió altamente inestable y, esencialmente, quedaron “fuera del aire”.

La promoción hablaba de la interacción, lo que había generado una expectativa. Las proyecciones indicaban que algo pasaba o debía pasar. La presencia del chat y el desfase entre las imágenes era tanto parte de la puesta en escena como parte de un sentido no previsto que comenzaba a construirse. Eventualmente, los actores acá comenzaron la función, con los espectadores ya sentados. Por otro lado, los que siguieron los hechos por la web, accedieron esta vez sólo a lo que filmaba la cámara de Buenos Aires, con lo cual no vieron ni, probablemente, entendieron numerosos elementos de la instalación / puesta en escena.

La conexión con Barcelona nunca pudo restablecerse definitivamente y sus apariciones fueron apenas esporádicas. Los actores continuaban la improvisación, que ya iba cobrando vida propia, con la intención, de todos modos, de mantener el juego propuesto inicialmente. La pantalla mostraba casi permanentemente el negro de la ausencia del otro lado, salvo por esos momentáneos flashes y el chat se convertía en herramienta de comunicación. Sin embargo, ¿cómo saber que quienes escribían eran los españoles u otros espectadores vueltos participantes?

Hubo gente que pensó que nunca había habido conexión. Otra que sí y que todos los “errores” habían sido guionados. ¿Hubo ficción? Sí, definitivamente. Puede debatirse cuán fuerte o débil, pero la hubo. ¿Hubo teatralidad?

En esta edición de Tecnoescena apareció la necesidad no sólo de mostrar, sino de preguntar, incluso cosas tan esenciales como “¿Qué es Tecnoescena?”. Dentro de esa línea, Código BA fue, justamente, eso en su esencia. Dos elencos debían interactuar, ¿era eso teatro o una performance con “recursos teatrales”? Elementos del cine, la televisión, el videoarte y de la cultura chat se entremezclaron con lo escénico más “tradicional”, ¿qué pasó con los cuerpos? ¿qué pasó con la ficción y el relato? ¿puede ser replicado? Muscari, en “Crudo”, llamaba a su madre en cada función, ¿es lo mismo? ¿qué hubiera ocurrido si en Código BA la conexión era exitosa 100%? Lo que se podría llamar un “fracaso” produjo, en cambio, un efecto particular en cuanto a la liberación de la lectura (entonces, la palabra “fracaso” tampoco es adecuada). Algo se produjo y nadie terminaba de tener el control sobre aquello que estaba pasando.

Lo que trae la web – entendiendo la web, hasta el momento, como la condensación de la transformación que vienen empujando las TIC – es, con su horizontalización en la construcción de sentidos, una crisis del sistema verticalista de jerarquías. En las jornadas del CICRIT (Círculo Itinerante de Crítica Teatral), cuando salió el tema de Wikipedia, entre las preguntas que nos hicieron a Javier Acuña y a mí, estuvieron “¿Es la web revolucionaria?” y “¿Por qué tendría que estar yo controlando a Wikipedia?”. Mi respuesta a lo de revolucionaria fue que la web lo es “potencialmente”, ya que convive con toda una serie de cuestiones igualmente antidemocráticas o, cuando menos, conflictivas como, por ejemplo, la prohibición o liberación total de contenidos (caso Orkut), o que la mayor parte de la gente no tiene todavía acceso a Internet o, también, la decisión de Google de acceder al pedido de censura por parte del gobierno chino para poder entrar en ese mercado. Con respecto a Wikipedia, la respuesta conjunta fue “es tu decisión hacerte cargo o no de lo que pasa en Wikipedia”. La horizontalización, la nodificación, hacen que la toma de decisión (y de posición ideológica), las formas de legitimación, etc, requieran cada vez más de la participación colectiva.

Cuando la conectividad concreta falla, se pone en evidencia la fuerza y la fragilidad de este aspecto tan humano, que funciona en varios niveles simultáneamente: global, regional, local; la inconectividad no hizo que la experiencia ni la construcción de ficción se terminaran, al contrario, pero con que uno solo de los actores en Buenos Aires dejara de jugar, la experiencia entera se hubiera terminado.

Si la programación y la ciencia son hoy en día los que pueden crear, literalmente, mundos (pensemos en la biotecnología y sus avances), entonces la pregunta es qué lugar le puede quedar a lo que solemos llamar arte. Creo que, entre sus posibilidades, está la de ofrecer una alteridad... mmm... Un lugar que permite llorar, reír, pensar, debatir, porque es lugar de fiesta donde lo que solemos entender por realidad se suspende y eso nos permite cambiar la mirada.

Las ideas de Tiempo y Espacio entraron un poco en crisis, lo mismo que la multiplicación de los espacios de ficción. Quizás, en este momento no sea posible (ni deseable) encontrar una respuesta que cierre y simplifique.

Pantallización

Esta pantallización, por su parte, también cobra formas particulares, como surgió tanto en la mesa de Web e Identidad como en la de Artes Escénicas y Nuevas Tecnologías, como también en algunos espectáculos que participaron del festival. Tomemos lo que ocurre en los chats, por ejemplo, como realidad y no, como suelen tomarlo todavía varias generaciones, como virtualidad (tema que seguiremos en alguna charla con Horacio Banega). Lo que ocurre ahí es real; las emociones son reales, así como también las cosas que se dicen o se comparten, hay una fuerte presencia de lo humano – precisamente, quizás, por su ausencia; el cuerpo del otro se vuelve, hasta un punto y más allá de si hay sonido, foto o video, una fantasía -. Sin embargo, el cuerpo, la piel, no están, lo que se pone en evidencia por la necesidad de, en algún momento, cruzar la barrera y conocerse, encontrarse. Una realidad, la del ejemplo del chat, suele permitir una apertura que, muchas veces, el en persona pareciera inhibir. Por otro lado, dentro de este mismo nivel, aparece la idea de la pantalla como espectáculo, como exhibición del yo; “escribo para que me lean”, “comento para que comenten mi comentario”, “me expongo para recibir más lectores”, etc. Pero este nivel, en contraposición con la fantasía cyberpunk, al menos en estas latitudes, no funciona por completo sin el correlato del encuentro físico. El extremo, hasta el momento, parecen ser los megaencuentros periódicos, sobre todo de los floggers.

www.imaginacionatrapada.com.ar
23/12/2008

 
   

¡IMPORTANTE!: Este artículo que está/s leyendo, los listados a continuación y los que se encuentran en este link, pertenecen a la sección de Artes Escénicas de Imaginación Atrapada discontinuada el 15 de mayo de 2009 . Las notas publicadas luego de esa fecha se encuentran en la nueva sección. Para ir a la nueva sección, clickear aquí o en el menú superior en Artes Escénicas

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"124": Cuerpos en rearme permanente - por Enea

"B": Representación en potencia - por Enea

"Dos mil treinta y cinco": La corrosión va por dentro - por Diego Braude

"Tren": Viajantes se buscan - por Diego Braude

“Mecanismos del cortejo”: ¿De quién es este cuerpo? - por Jimena C. Trombetta

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