Artes Escénicas / Teatro - Crítica

El Trompo Metálico - Heidi Steinhardt

“El Trompo Metálico”: La Hija, la Madre, el Padre, el Mecanismo

por Diego Braude dbraude@imaginacionatrapada.com.ar

Autoría y Dirección: Heidi Steinhardt Intérpretes: Victoria Almeida, Greta Berghese, Diego de Paula Vestuario: Heidi Steinhardt Iluminación: Gonzalo Calcagno Sonido: Iván Ferrigno Entrenamiento corporal: Manuel Quesada Asistencia de dirección: Nicolás Deppetre. Este espectáculo forma parte del evento: Óperas Primas. Teatro del Pueblo, Av Roque Sáenz Peña 943, Teléfono: 4326-3606 / 4394-2639 Web: http://www.teatrodelpueblo.org.ar Entrada: $25,00 / $15,00 - Funciones: Sábados - 23:00 hs y Jueves 21hs

Finalizó Funciones 2007 -- Centro Cultural Ricardo Rojas, Av. Corrientes 2038, Teléfono: 4954-5521 / 4954-5523 / 4954-5524 Web: http://www.rojas.uba.ar

Termina la obra y me pregunto “¿por qué un trompo metálico?”. Me pongo rebuscado – algo que no me cuesta en lo absoluto – y busco metáforas. Encuentro una, a ver que os parece, estimados lectores. Un trompo gira, impulsado por la acción de un usuario (sepan disculpar la falta de vocabulario perteneciente a la física, no es el fuerte de quien esto escribe), y su giro va desapareciendo fruto del leve rozamiento de la punta con el suelo y de la estructura del trompo con el aire. Reduce su velocidad hasta que, finalmente, se detiene y cae. Entonces, se le vuelve a “dar cuerda”, y otra vez. La diversión del trompo reside exclusivamente en la capacidad lúdica del jugador, ya que no hay demasiado misterio en el mecanismo. La decoración del trompo suele apelar a formas de reflejar la luz, agregando un toque de fascinación. Pero, otra vez, todo reside en la capacidad de fascinación, abierta, desprejuiciada, del jugador. Al mismo tiempo, sin embargo, el trompo invoca una estructura que gira casi en vacío y que busca replicarse a través de un proceso basado en la repetición mecánica de un movimiento.

En una enorme biblioteca habitan apenas unos juegos de mesa y algunos libros perdidos. Es lo mismo que decir una biblioteca llena de letras que no dicen, de páginas que no hablan, y de lomos que juntan telarañas.

En ese espacio, una niña casi mujer. Es la “niña moral”. Es la Lolita de Nabokov. Es Caperucita Roja a punto de ser devorada por su propio padre.

Una madre se enmascara tras sus ropas y maquillajes para no parecer tan ignorante. Victimaria de su hija como forma de reforzar un poder que desea reafirmar y teme perder (sin ese poder sobre la hija, no queda nada salvo su ignorancia). Maestro Ciruela, no sabe leer y pone una escuela. En la primer escena tortura a la niña para que repita unos pasos de baile, una forma de caminar, de recitar y de posar para la foto (“¡yo poso así!, ¡vos al piso!”).

Juegan tuti fruti de categorías extravagantes, compitiendo por quién posee mayor conocimiento. El Padre (con mayúscula, es el Nombre del Padre, la Ley), que es quien arma el juego, espera permanentemente ganar. Su mujer no es oponente y su hija todavía no puede. El tuti fruti, sí, señores, como elemento de dominación. Para superar al Padre, la hija (mujer, recordémoslo) debe repetir lo que viene de él (la familia como Institución). Pero la niña está dejando de ser niña, se pregunta, razona, se da cuenta que sus padres erran… oh, pecado capital…

Vestido con botas militares, aristocracia anacrónica, el Padre festeja una herencia de alta alcurnia que se extingue. Juega sólo los juegos que puede ganar, teme silenciosamente (en forma de reacción pomposamente violenta y exasperada) aquello que lo incomoda, que no puede responder. Se jacta de conocedor e intelectual, pero cuando no reproduce un sistema que seguramente él mismo recibió como marca sobre la cabeza, demuestra su incapacidad de pensamiento simbólico (porque eso implica contemplar otras posibilidades, lo que para él está vedado). Es el pater familiae, el macho alpha; es el dominador, el Poder, la Ley, y las mujeres deben rendirle pleitesía.

A todo esto, no ocurra que demos (que dé) la imagen equivocada, llegamos desde la risa de la maquieta, del maniquí que es toda esta escena. Si fuera teatro mecánico, no sorprendería, porque es a un mecanismo a lo que asistimos. Desde los lentes y los ademanes bruscos de la madre (cuerpo encorsetado que se pretende cuerpo refinado), hasta la voz que invoca permanentemente a los próceres del Padre / padre.

Posad para la foto como posaron el año pasado, y el año anterior y el año anterior, como posaron vuestros antepasados.

La niña que ya casi es mujer pregunta, duda, razona. Pero el sistema del tuti fruti – un tuti fruti siniestro, sí - (un sistema pensado en la repetición enciclopédica y no en la elaboración de conocimiento, el sistema del Billiken, citado también en una frase de antología por esta madre que quisiera ser tan totémica como el padre) lo rechaza. Literalidad versus metáfora, juego versus eficacia y eficiencia. El sistema se la quiere comer, como el lobo que es su padre (hay más de un doble sentido en esta frase y en una referencia anterior, sumado al rol de la mujer). La niña que casi es mujer puede vestirse, disfrazarse, metamorfosearse; el sistema teme eso, porque en ese caso su interpelación se vuelve cada vez más ineficaz.

Es en ese punto, en un giro extra del trompo de la obra, que la risa se transforma en otra cosa. Porque lo patético por patético no deja de ser dañino, y lo risible, en su artificio, no deja de hablar de algo más. Hay que entretener, decía un tal Brecht, porque si no se pierde al público, y el público debe estar atento para querer seguir escuchando y eventualmente pensar sobre lo que ha escuchado. Como los viejos cuentos maravillosos, esto tiene estructura de fábula.

El trompo como mecanismo o el trompo como juego. Una biblioteca vacía, muertos que todavía no se dan cuenta que lo son, últimos y violentos manotazos de un ahogado; fantasmas. Lolita que descubre otra verdad en un cuento chino. La reproductibilidad de la cadena de producción es efectiva hasta que, simplemente, deja de serlo.

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6/7/2007

 
   

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