Artes Escénicas / Teatro / Tartufo - Crítica

Un Impostor - Guillermo Cacace

"Un Impostor (Revista para baño)": Tartufo contraataca

por Diego Braude dbraude@imaginacionatrapada.com.ar

Versión libre de "Tartufo", de Moliere. Dramaturgia, Puesta en Escena y Dirección: Guillermo Cacace Intérpretes: Federico Barroso Lelouche, Emiliano Dionisi, Julia Garriz, Paula Kohan, Vicky Massa, Andrés Molina, Gabriela Neyrote, Silvia Nión, Miguel Sorrentino Música original: Patricia Casares Asistencia de dirección: Sol María Cintas Prensa: Daniel Franco, Paula Simkin Colaboración artística: Julieta Abriola Coreografía: Carlos Trunsky .

Finalizó Funciones 2007 -- Apacheta. Dirección: Pasco 623, Teléfono: 4941-5669 Web: http://apachetasalaestudio.blogspot.com

Demís está fumando en un amplio baño (Demís acá no es varón, sino mujer, es decir, es “la hija” de Orgón). Ahora se mueve, busca donde ocultarse. Entra Mariana, la otra hija (Mariana bifronte, hecha de dos actrices que hablan y se mueven en perfecta sincronía y con acento marcadamente paquete a lo “¿vishte, gordi?”- ¿será que entre las dos cabezas no hacen una neurona? -), mira/n a ambos lados para asegurarse que no haya nadie. Se sienta/n y abren una revista porno para mujeres. Entra como tromba, horrorizada, Mme de Pernelle (la madre de Orgón), y las corre hasta que les quita la revista. Finalmente, ingresan Elmira (la mujer de Orgón, en un estilo muy Coca Sarli), y Dorina (acá varón en lugar de mujer, el criado, el confesor y el elemento netamente cómico que juega de bisagra entre todos los personajes). En esta casa, la moral no existe, todo se viene abajo, la falta de educación, y ni hablar de la libido sin control que corre por sus pasillos… no, si no hay con qué darle, habría que ser más como el señor Tartufo…

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El “Tartufo”, de Moliere, estrenado en medio de escándalos, censurado, vuelto a estrenar, allá por el siglo XVII, se llamaba, originalmente, “El Impostor”. Moliere gustaba de burlarse de aquellos gestos que el consideraba poses, falsos principios, y demás elementos que hacían a una muy falluta y tramposa sociedad francesa de su época. “Tartufo” fue prohibida, insultada, ¿por qué? Como dijo cierto noble de la época, el problema no fue meter a Dios en la ecuación, sino que Moliere se metiera con los devotos; en realidad, con aquellos que se escudan mentirosamente en supuestas virtudes para sacar provecho. El Tartufo es un hipócrita, y es ahí donde apuntaba el ataque desde la sátira. De hecho, en el prefacio de 1669, Moliere explica que en la obra misma él opone el vicio y la virtud: Tartufo es el vicio, porque es el falso devoto, el que ensucia las palabras que usa; Cleanto, el hermano de Orgón, es la virtud, la sinceridad, la templanza. La reacción frente a la obra demostró que los Tartufos estaban encumbrados en las más altas posiciones de poder, lo que, en realidad, a estas alturas ya sabemos que no es ninguna novedad.

Un “clásico” no sobrevive a los siglos sólo por lo que se asume como su valor artístico, esa suerte de esencia genial que le atribuimos, sino también, en muchos casos, por su capacidad de condensar tópicos que aparecen como comunes a lo largo de la historia. Lo curioso es que, cuando el clásico en cuestión es representado de forma “arqueológica”, lo que recuperamos es, primordialmente, su aspecto formal. Parecería por eso inscripto en la propia característica del clásico la necesidad, hasta cierto punto, de reescribirlo permanentemente. No sólo existe el Tartufo en el S XVII sino, también, hoy en día, y es en ese entrecruzamiento de tiempos (que pide también un entrecruzamiento de formas), donde reaparece permanentemente el “clásico”.

“Un Impostor” toma el texto de Moliere y lo cruza con una dramaturgia más actual, en la cual juega con los códigos de la revista y de las comedias veraniegas (códigos que, a su vez, aparecen en algunas mutaciones locales del subgénero sitcom). Esto implica trabajar con un determinado ritmo (veloz), mucha entrada y salida de personajes, y un grado importante de comedia física (en este caso, particularmente a partir de la tipificación exacerbada de los rasgos caricaturizados) La comedia veraniega, revisteril, en que se apoya el andamiaje de “Un Impostor (Revista para baño)” (a su vez apoyado sobre la ejecución de todos sus actores y actrices), le da un aire dinámico y un tempo intenso. Pero, por eso mismo, cada tanto se produce un efecto de extrañamiento cuando el texto no es modificado y aparece en la boca de estos peculiares personajes en igualmente peculiares situaciones; es el momento del acento del texto que, al aparecer como “por fuera”, “descolocado”, concentra sobre sí la atención y, retroactivamente, resignifica la comedia por encima y como resultado de su forma.

La construcción de los personajes recuerda mucho a la “Pizza con Champagne” de la década menemista (y que, gracias a la desigual distribución del ingreso, ha regresado, aunque quizás con más refinados gustos culinarios). Esta familia, que con esfuerzo ha entrado en “la Corte”, es una familia acaudalada, con una peculiar cantidad de ocio a disposición de varios de sus integrantes. El joven candidato de Mariana, Valerio, es acá un aparentemente inocentón muchacho también de alta alcurnia, que anda con el atuendo de tenista y la raqueta de aquí para allá. Todas las mujeres, salvo Demís (jugado como un andrógino; mujer que habla como hombre y, a diferencia de la ligereza de vestuario de sus parientas, viste un overall), andan en ropa interior sugerente (sobre todo Elmira, la madre, criticada en “Tartufo” por Pernelle, por vestirse como una princesa, acá se viste más al estilo vedette del Maipo, aunque sin las plumas y las lentejuelas). A la sexualidad reprimida del original, se le opone una sexualidad acentuada que se dispara a la primera de turno. Orgón, por su parte, es el personaje inocente de la comedia revisteril, personificación en más de un sentido del "no hay más ciego que el que no quiere ver".

¿Por qué el baño? Porque es el lugar de intimidad, de privacidad, el lugar también de la desnudez. Es donde habita la sexualidad, pero también lo escatológico. Este baño desmesurado es el espacio de esta familia, donde se arman las conspiraciones, donde se esconden los deseos que no pueden vociferarse fuera de él, aunque es también el lugar de la vulnerabilidad, donde convive lo cómodo (por la sensación de privacidad, de lugar “sagrado”) y lo incómodo (el ser sorprendido, invadido).

En medio de todo el disparate, los acentos y las voces irritantes, la sensualidad Sarli de Elmira y la falsa inocencia bebota en ese sentido de la Mariana de dos cuerpos (igual a sí misma, igual a todas “sí misma”, hecha en serie y sin individualidad real), falta un personaje: Cleanto.

En los primeros minutos, la imaginación lleva a pensar en un Tartufo viejo y arrugado, pero lo que aparece es un joven atlético. La tipificación de Moliere mostraba a un ser al estilo Ricardo III, deforme y repulsivo que seducía con sus palabras a Orgón y Pernelle, pero que era fácilmente descubierto por los otros personajes. Acá, esta situación es mucho más ambigua, porque, al modificarlo físicamente, se le otorga la capacidad de poder seducir a aquellos que le oponían resistencia. Es que, en realidad, Tartufo es la personificación del poder actual, que cambia de forma acorde a sus necesidades y que, por eso mismo, se convierte permanentemente en una tentación. Para personajes que funcionan exclusivamente en base a su deseo (que atraviesa la obra y se le muestra al espectador), es natural que aquel que promete cumplir y potenciar ese deseo resulte muy seductor ("¡siga, siga, Tartufo!", "¡Tartufo entiende nuestras necesidades naturales!).

Por eso es posible entender también que falte Cleanto, que es la templanza. Por eso, también, es lógico el final, donde no sólo se cae la máscara de Tartufo (en una escena que se impone como mítica, porque resume hacia delante y hacia atrás la propuesta de Cacace), sino la de todos los demás. El balance se ha roto. Sin que necesariamente ocurra la identificación, esos personajes que generan tanta risa nos resultan reconocibles: son, desde hace más de diez años, festejados como modelos estéticos, marcadores de tendencias, íconos a los cuales aspirar. En la propuesta de Cacace, Tartufo en realidad no oculta demasiado sus intenciones, están bastante a la vista. En cambio, la atención se vira sutilmente sobre los demás. Cuando cae la máscara de Tartufo (de hecho, por expectativa frente al conocimiento del argumento, cae incluso antes de empezada la obra), resaltan las de los otros. El título, por eso, se vuelve significativo: “Un Impostor”… el asunto es saber quién es, o si ese “un” es meramente genérico y aplicable a todos y cualquiera de los protagonistas.

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4/5/2007

 
   

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