| Ver
más productos Registrate gratis en Mercado Libre y comprá y vendé cuando quieras |
||
Imágenes AtrapadasVeo veo... qué ves |
BuscarCategorías
Archivo
|
|||||||
Aun se lo veía descompuesto, aunque en la mala iluminación nocturna era difícil distinguir demasiado. Entró casi violentamente. Era tarde, pero sus golpes a la puerta me despertaron. Tambaleándome, no sin tropezarme con algún mueble en el camino, llegué para responder a su llamado. Estaba todavía muy dormido, y cometí el error de entreabrir la puerta; pegó un empujón y entró.
Primero se me asemejó a una alucinación extraída de la noche, porque vociferaba cosas que no podía entender en mi estado de somnolencia. Luego comprendí que hablaba en ruso. Intercalaba palabras en español, pero no podía producirlas con la velocidad que su estado alterado requería, así que volvía a su idioma natural, sobre todo cuando pareció comprobar que éste no me era del todo extraño. Supuse que alguien lo perseguía, ¿pero quién? La ciudad estaba desierta desde hacía varios días, y sólo los fantasmas caminaban por sus calles. De hecho, mi propio tiempo acá se había acabado, mi maleta estaba cerrada y lista para partir a la mañana siguiente. Pero ahora eso no importaba, el visitante era todo presencia. Su cuerpo sudado, encorvado por el cansancio de lo que asumía había sido una carrera, tapaba la puerta. Se persignó varias veces y dijo lo que parecían ser oraciones en un murmullo que no llegué a descifrar. En el silencio de la noche, el crepitar de madera vieja y su respiración entrecortada por la agitación era todo lo que se escuchaba.
Seguí mirándolo, aun sin saber cómo reaccionar. “Su mano ya no era su mano, ¿entiende? Yo la sostuve todo el tiempo, pero después ya no más, sus dedos se me escaparon; era ella, pero después ya no era. La peste nos la mandaron los curas, porque nos odian… eso decían. Entonces cerramos las puertas y las ventanas. Pero ella se enfermó igual; estaba bien, y después ya no, estaba mal, muy mal”.
Planes que había hecho, sueños que había tenido, y ni que hablar de mi partida próxima, de golpe se volvieron poco importantes, pequeños; casi como una fotografía, los veía como un cajón cerrado. Una extraña, siniestra, calma me invadió. Me vi mirando de lejos. Este hombre, cuya edad no llegaba a determinar con claridad, estaba entre la única salida y yo, y me hablaba y me buscaba; eso era suficiente. Uno supondría que, ante una situación semejante, saldría corriendo desesperadamente sin medir las consecuencias, o que la ansiedad se haría protagonista tiñéndolo todo. Pero no.
“Yo le sostenía la mano, ¿entiende? Yo tengo manos ásperas, pero ella no, las tenía suaves. Siempre me habían gustado sus manos. Pero después ya no eran sus manos. Se me escapaban, se me iban, cambiaron de color, cambiaron... El cuerpo le hervía, y luego se enfrió. Usted se preguntará por la cara… no, a la cara no la miré más, no podía, porque sentía que le había fallado. Si uno mira a los ojos, hay cosas que no es posible soportarlas. Pero sus manos, eso era todo lo que yo tenía. Nos tendríamos que haber ido, pero, ¿dónde?” Levantaba la mirada y apuntaba hacia mí, pero a quién miraba yo.
En mi tranquilidad había algo de morbosa fascinación por el momento. El hombre se acercó. Podría haber huido o, al menos, intentar la escapada. Llegó a ponerse muy cerca, sentía su aliento húmedo encima mío, su piel brillaba. “Yo quisiera ser usted, pero no por lo que usted piensa”. Giró bruscamente y se encogió, dominado por un acceso de tos. “Esta ciudad se come a los hombres. Yo quería trabajar en el campo. Crucé el mundo para trabajar en el campo. A ella la conocí en el barco. Éramos muchos, pero el día que la ví, era como si una luz… Trato de ser elegante, no se ría. Esta ciudad se come a los hombres, no podíamos irnos y tampoco regresar de donde habíamos venido. También se la comió a ella.”. Ahora, traduciendo sus palabras mientras escribo, sigo sin comprender del todo la irrealidad del momento.
Llanto.
Otro acceso de tos. Espasmos del cuerpo que ya no le pertenece.
Dio vueltas por la habitación. Encontró una silla. Se derrumbó. Observó el espacio vacío por unos segundos.
“Reía como un arroyo. ¿Durmió alguna vez cerca de un arroyo? Cierra los ojos y el sonido lo acaricia. Así era su risa. Tenía también unos ojos negros profundos como la noche. Me he pasado tardes enteras en el viaje persiguiendo la risa, y me he pasado largos momentos perdido en esos ojos. Pero el día que me tocó… ese día fui corriendo a molestar a un hombre muy religioso que viajaba también y le grité ‘¡los ángeles existen en la tierra y me acaba de tocar uno!’. ¡Ah!, ¡cómo se ofendió!, un tipo muy muy… me dijo que era un blasfemo y que merecía el infierno.”
Quién hubiera dicho, las ironías del destino, que su viaje se dirigía, precisamente, al infierno mismo. Buenos Aires ha sido siempre un espejismo. Desde los barcos no se ven los mataderos ni los condenados conventillos, ni el agua que no puede beberse, ni se huele la muerte que llega desde el Riachuelo si sopla el viento. Cuando se toca tierra, ya es demasiado tarde. Yo mismo he extendido en exceso mi estadía.
Afuera se escuchan a la distancia voces y algunos gritos. En unos minutos, un resplandor habrá de entrar por la ventana. Sé lo que es, conozco su origen y sus razones.
Mi visitante otra vez ha quedado en un murmullo. Me mira fijo, pero quizás esté viendo a través mío, no estoy seguro.
“Yo le sostenía la mano, pero ya no era ella. Su piel se puso fría, cambió de color, pero yo no la podía soltar. Solamente podía ver aquel día en que la encontré en el barco. Eso, la había encontrado sin saber que la estaba buscando. Llegamos como ganado en el barco, y pasamos a vivir como ganado en esa casa. Pero ella siempre decía ‘ya vas a ver, todo va a mejorar’. No importa lo mal que estuviéramos, ella sonreía – esa sonrisa, su sonrisa, para mí -, y yo le creía, ¿entiende? No sé si entiende. Y en cuatro días, cuatro nada más, la enfermedad se la llevó. Escucha esos gritos ahí afuera, ¿verdad? Sabe lo que son, ¿verdad? Yo también los escuché llegar, los escuché ladrarme órdenes”
Toce fuerte, el aire se le escurre, lo abandona, vacío, se dobla; se cubre la boca con la mano. Es una noche de elevada temperatura, pero, así y todo, percibo el calor que emana de él. Se está incendiando por dentro, como los demás. El viento cambia bruscamente, haciendo llegar el putrefacto bao del Riachuelo.
Las voces muy lentamente se van acercando. Cada tanto, otras voces que suenan distinto les responden. A veces, escucho el golpe pesado de un cuerpo cayendo, y me pregunto si todavía estará vivo o si es mi propio cuerpo el que se estrella contra el suelo.
“Ella estaba sola en el barco. Otros pasajeros me decían que viajaba para casarse en Buenos Aires con un hombre de cuyas intenciones dudaba. Pero ella nunca me contó nada. A las mujeres hay que cortejarlas, usted sabe. Pero con ella las palabras se me hacían innecesarias y pasábamos horas en la cubierta mirándonos mientras la gente iba y venía. Un día que hubo tormenta se asustó y se agarró de mí; estaba temblando, pero la sentí calmarse entre mis brazos mientras apoyaba la cabeza acá”, y señala el espacio entre el cuello y la clavícula, “Después tomó la costumbre de hacerlo, decía que había encontrado su refugio en mi cuerpo, que era su huequito.”
Siento la cara, la piel, como la cera derritiéndose de una vela encendida. Siento que me pesa y se me va. Los brazos cansados, los músculos se me disuelven, pero los dedos entumecidos, igual siguen aferrados a la pluma. Afuera, ya lo sé, ya los he espiado, todavía no están a mi puerta, pero la han identificado, marcado, hace tiempo; llegarán de un momento a otro. En realidad lo han hecho ya, sólo que aun no los he introducido en mi relato, no es todavía su turno. Siempre me gustó la noche, me daba sensación de libertad; hoy, en cambio, hace rato que es mi prisión.
“Uno aprende… a uno le enseñan, que tiene que elegir una buena mujer, para tener hijos, que sea buena madre. Uno es joven, se divierte (para encontrar a la buena madre hay tiempo). A veces, uno encuentra más de lo que busca… En el barco me hice amigo de un poeta, creo que me hubiera gustado ser poeta – mi padre se reiría días enteros si me escuchara, se reiría y de una patada me mandaría de vuelta al trabajo; un buen hombre, mi padre, pero no entiende demasiado de sueños… no, no está acá, el no quiso irse -. Todos los días me levantaba antes que ella y la miraba dormir. A veces, cuando llegaba de trabajar, me quedaba un poco de lejos, observándola moverse. Creo que me daba algo de vergüenza que se diera cuenta que el sólo hecho de verla me hiciera feliz. Me acordaba de los poemas de mi amigo, que no sé ahora dónde está. Nunca fue una gran cocinera, cosa que mi madre le reprocharía – mi madre se quedó con mi padre -, pero nunca me importó. Era una mujer educada y enseñaba a los niños del conventillo a leer y escribir – algunas le envidiaban eso y hablaban mal de ella cuando podían -, siempre con una sonrisa. Aunque todo el mundo sabía que no era conveniente enojarla. Se ponía muy colorada y se le hinchaba acá”, señala la vena de la frente, “Sabía muy bien qué decir si quería herir a alguien, pero nunca lo hacía. Salvo una vez. Le dije, antes, que me habían contado que ella estaba prometida a un hombre de acá. Ella no me lo contó, pero sabía que yo lo sabía. Me miraba y se daba cuenta… hay mujeres que pueden mirar así, leerlo a uno como si fuera un libro. Es muy molesto… pero no dejaba de hacerlo, no podía evitarlo, y, además, le resultaba muy divertido.”
Larga una risotada. En esta noche de pequeños sonidos, suena demasiado fuerte. Me mira y se avergüenza un poco.
Habían intentado casarse una vez más o menos asentados en la ciudad, pero no pudieron. De alguna forma, el hombre a quien ella había sido prometida los encontró. Inmigrantes sin familia, estaban expuestos. Tras un tiempo en el puerto, mi visitante se había quedado sin trabajo. No era que no hubiera; dejó de haber para él. Para ella tampoco. Siempre había alguien que los ayudaba con algo, pero nada que les permitiera proyectar a largo plazo. Fue entonces que decidieron irse como fuera de Buenos Aires, algo difícil para sus posibilidades, pero no imposible. Un vecino que ya no está le había contado historias de campos de extensiones inimaginables, de un suelo fértil que sólo esperaba alguien que lo cultivara y de grandes cantidades de animales que hacían que no fuera posible pasar hambre. Imaginaba la hierba bajo sus pies y el aroma húmedo y vegetal de los amaneceres.
En lugar de eso, tierra, mugre y el hedor de sudores.
“No era que no le doliera. No era que no nos molestara. Sabía que lloraba a escondidas, y eso me mataba por dentro. Pero era en esos momentos que me acariciaba y me miraba directo a los ojos – esos ojos, señor - y me decía con toda la seguridad del mundo que íbamos a salir de esta. Uno no cruza el océano para ser derrotado tan fácil, ¿me entiende?”
Fue entonces que ocurrió. Primero aquí, luego allá. Cayeron como moscas. En poco tiempo, se dieron cuenta que la ciudad se vaciaba, pero ellos no podían partir, no tenían cómo aun. Atrapados en esas habitaciones, en estas calles estrechas que hacen que la peste no deba caminar demasiado entre puerta y puerta. “Duele. Sus manos, no tengo más sus manos. ¿Qué hago yo sin sus manos?”
Puedo imaginar en la oscuridad de su habitación, en los pasillos de esa roña de conventillo, que escuche los pasos. Ahí el cuerpo de su mujer, inerte, y ellos que le dicen que debe irse, abandonarla. Afuera el caos, de niños, mujeres, viejos y jóvenes hacia la calle. Es por su bien, dicen, pero no les dan un nuevo lugar, los dejan ahí. Ellos incendiando, él mirando de afuera, enloqueciendo. Las llamas que eliminan; que no queden rastros de ella y de los otros como ella. Pero él ya lleva la peste consigo y lo sabe porque ya se siente distinto. Puedo imaginar su mirada vacía, sus manos huérfanas, y sus pies que eligen la dirección hacia mi puerta sin que él ya decida demasiado.
Mi visitante tiene la cara aplastada contra la mesa que perteneciera a mi familia por décadas, respira con dificultad mientras pronuncia un nombre. Hace unos segundos acariciaba el aire, ahora ya no. Me pregunto qué era lo que soñaba mientras dormía en el barco. Seguramente alucinaba despierto con la imagen de su amada iluminada, pero además, qué soñaba… ¿con su tierra abandonada? ¿con la que habría de encontrar? ¿qué imaginaba? Yo dormía hace apenas unos momentos, pero no puedo recordar mis sueños.
Ya está muy avanzada la noche, aunque falta aun para que claree. Frente a mí, su boca entreabierta deja caer un hilo de algún fluido corporal oscuro. Sus ojos permanecen abiertos, pero ya no miran. Quizás, conservada congelada en ellos está la imagen de la mujer que fue todo para él. Afuera, escucho ya las voces que se acercan. Los puedo adivinar señalando mi puerta al ver una luz encendida a estas horas. Toda mi vida sentí una violencia visceral frente a lo irremediable, pero ahora estoy invadido por una perturbadora calma.
Cuando llego a este punto, me doy cuenta que no he dicho nada sobre quién soy, ni por qué me iba mañana (ya hoy u otro día) en lugar de irme ayer. Yo era quien debería haber conocido esas manos y esos ojos que fueron de mi visitante. Pero ya no importa, ya alguien escribirá sobre mí.
Es de noche, es un teatro. Hay una escenografía, un poco de luz, gente tosiendo a mi alrededor. Ahí delante hay dos actores diciendo un texto, moviéndose, haciendo de cuenta que son dos personas que no son ellos. Ser espectador puede ser sinónimo de cobardía, a veces, de comodidad. Otras, es poder compartir, ser la otra pata de un momento en el que hay algo ahí delante que está hecho para uno, que ese día es espectador. Cuando ese momento ocurre, el algo efímero, que si trato de tomar con las manos se me escapa como el agua. Si me esfuerzo por recordar cada segundo, sólo consigo imágenes y palabras. Pero es el cuerpo el que guarda ese instante.
Ahí delante hay dos actores diciendo un texto, que hoy es tan simple, tan sencillo. Y ahí está también ese momento, que llega, que se va a ir. No es malo suspender el mundo un rato, después de todo sigue ahí esperando que lo aceptemos o lo enfrentemos todos los días.
Cada estación es un mundo. A veces más pequeño, a veces más grande. En el kiosko de revistas se van deteniendo observadores, como haciendo fila. Van pasando sus ojos de portada en portada. Cada tanto, levantan la vista para inspeccionar los DVD´s que cuelgan, a ver si se imaginan viendo alguno de esos, o si el precio parece correcto. La mayor parte de estos observadores jamás compra nada. De ahí que se explique el ceño permanentemente fruncido de ese señor mayor que suele acompañar al kiosko de revistas como si fuera parte del mobiliario.
Si pasa una chica bonita por el molinete, es normal ver un tipo atrás (la edad puede variar), paseando su mirada de arriba a abajo furtivamente (aunque, en algunos casos, más que furtiva es como si el trasero de aquella chica tuviera un poderoso imán). Cruzado el molinete, está el peculiar ritual de elegir un lugar dentro del andén, con sus usuales reubicaciones mientras se espera la llegada del transporte.
A veces están personajes bizarros, que luego atraviesan el umbral del tren con una extraña energía. No permiten que nadie se les acerque, cuando no están hablando solos.
No sé si vieron que los vendedores ambulantes pertenecen al tren mismo. Es extremadamente difícil verlos fuera de él. Si pasan caminando los chicos que luego habrán de pedir una monedita, la gente suele mirarlos o, su reverso, hacer de cuenta que no están ahí.
En los colectivos, si una pareja se acaba de pelear, acostumbran ir mirando en direcciones opuestas, silentes. Se nota que viajan juntos, pero también que algo no anda bien, que hace ruido. Usualmente, cerca de la parada, se hablan de nuevo, aunque alguna vez he visto a alguno de los dos bajar intempestivamente una parada antes, con tal de evitar continuar la discusión en tierra firme.
En los andenes no, parece terreno neutral. Es como un espacio de suspensión. Las manos van juntas, se dan besos cariñosos, aunque no demasiado largos. En algunos casos, es narrar el día y sonreir. También hay otros, como yo, pensando en qué estarán pensando los demás, cuando no pensando, aunque sea secretamente, por qué no hay una mano tomando la mía.
Una vez adentro, todo se vuelve una gran identidad colectiva, donde compartimos sudores, resfríos, claustrofobia y cariño. Un codazo vuela cerca de la cara de una chica, que me mira y se ríe, sólo para salir despedida cuando otro malón de gente ingresa desesperada por que no le cierren la puerta antes de poder entrar. Lanzo un improperio al aire, una puteada, aunque nadie presta demasiada atención, salvo el que está al lado mío, que me expresa sus condolencias por el apretujón que acabo de sufrir.
Bajo, y es respirar un poco de aire fresco... bueno, ese aire con olor a cañerías de los andenes. Salgo, pero sabiendo que habré de volver.
Al hombre que no se asusta de mis sentimientos.
Al hombre que no se burla
Al que es capaz de agradecerle al amor
El que es capaz de tratar a una niña como a toda una mujer
Al que me hizo descubrir lo que es estar enamorada
Al que vuelve cualquier reacción una caricia.
El que cuida, al guardián de mis sueños.
Un verdadero príncipe.
Al que con su sola presencia ilumina la sala.
Al que aprecia la verdad.
Al de los ojos sinceros, claros.
Al hombre que ha tomado mi corazón lleno de ansias
y lo ha dejado reposar en una cajita entre algodones.
Al que lo ha vuelto liviano como una pluma
para que yo pueda escribir estas palabras.
Al hombre que merece un poema.
A ese hombre le digo que:
cuando me despierto entre mañanas grises
ante la indiferencia del mundo,
sólo pensar en su nombre hace que salga el sol.
Al que logra que este poema pudiera ser eterno.
A ese hombre, simplemente, gracias.
Trató de ver su mano, pero simplemente no pudo. Se esforzó, lo intentó con todas sus fuerzas, aguzando la vista hasta que los ojos parecieron salírsele de las órbitas. Trató entonces de oir su respiración, los latidos de su corazón, las vibraciones del aire al ser alteradas por sonido. Sentir, convirtiéndose a sí mismo en cada poro, en cada extensión nerviosa, alcanzar el mundo percibiendo el contacto de las cosas. Paladear el aire, degustar la vida a través de las papilas gustativas. La nada fue la respuesta a su interrogatorio sensorial. Fue entonces que se dio cuenta de que no existía.
Una mujer (sola). Es de noche. Las luces nocturnas iluminan su rostro, sus ojos tristes y negros, sus labios melancólicamente entreabiertos. En el fondo, tras ella, un cuarto irrealmente iluminado. Es el cuarto poblado por él y por ella. Es el cuarto ahora habitado por su fantasma. Él se fue, ella le dijo que se fuera. No importa. Lo que queda es sólo la necesidad de ahogar el recuredo. Matar al fantasma, apagar las luces irreales para poder colocar otras nuevas, poder vivir de nuevo y volver a empezar.
Entra a la habitación. A sus espaldas, las luces de la ciudad se apagan, la ventana queda cubierta por un manto de profunda oscuridad. Siente las manos, los brazos, ajenos. Se ve en un espejo roto y nunca reparado ni cambiado, cubierta de sangre. A su alrededor, los colores se saturan a sus ojos. Las fotos que cubren paredes e inundan portarretratos, desplegadas por la habitación como una plaga, se despegan, se quiebran y disuelven.
Los ojos tristes, los labios melancólicos, se cierran sobre el cuerpo desnudo bañado en rojo, que ahora empapa el suelo y comienza a inundar la habitación. Los colores y las luces se vuelven aun más saturados, ardientes, aumentando desesperadamente su intensidad hasta volverse enceguecedores.
El celeste frío del amanecer es lentamente superado por el naranja aduraznado del sol que comienza a colarse desde algún lugar. Amanece. Una habitación en blanco y negro comienza a teñirse. Sobre sábanas blancas, ella abre los ojos.
Caminante
Dos de la mañana... varado girando en circulos que no llevan a ningún lado mas que a una indigestión, vista cansada y el mareo subsecuente...
Perseguido por historias que no son mias... perseguido por mis propias historias... atrapado en un slalom mental que por momentos me impide ver con claridad el panorama...
Caminando a tientas buscando la salida, buscando una concha calida donde esconderme un rato, buscando un abrazo que me permita la guardia bajar cinco minutos
El hombre sin estructura necesita una prestada, necesito poner limites...
Las ideas me llaman a gritos, pero estoy en esos dias en que camino ciego... blanco, verde, color el que sea, opaco, no me permite ver el camino... los gritos, su dirección me la tapa el resfrio... y entonces me encuentro perdido
Perdido por presentir un destino... perdido por no divisarlo... perdido por no poder terminar de diferencias entre las historias de los otros y la mia...
Laberinto de espejos en el cual veo solo mi reflejo, mi eco
lenguas que luchan
contracciones musculares
respiración sincronizada o cruzada
ojos tiernos carnívoros
tus manos que se cierran sobre la sábana
pliegues volviéndose olas
piel que habla con piel
pausa
te miro
te respiro
ese olor salado que me hace querer
play
enlacamadepiecontralaparedenunasilla sentadosenfrentadosestiradoshaciaatrásarqueados
humedad escurriéndose escurriéndose entre las piernas
me abandono
devorado por tu sexo
lengua
manos
pechos
piernas
a la caza de tu cuerpo
un grito ciego
me desgarra
levantando vuelo con el arqueo de mi espalda
temblor
y caigo planeando
en tu abrazo
Sentado en la penumbra. una música lejana se filtra traída por la brisa húmeda. las luces de la noche... la blanca teñida de azul de la luna, la verde de los tubos fluorescentes, la amarilla del alumbrado público...
Sus ojos fijos en un punto, concentrados, van más allá de la simple mirada. Sus manos parecen moverse en espamos en el aire, pero en vez de eso están moldeando la figura. La interface registra sus movimientos y los traduce a forma. Cambia el material, cambia los colores y las texturas buscando los indicados, el trabajo de días, semanas o meses, cerca del final.
Sin mancharse las manos, traza contornos, afina detalles. El mundo alrededor se disuelve, queda exento de la conciencia.
Llega el final, las manos descansan, un poco temblorosas por la excitación, los ojos van recuperando la humedad al pestañear... "guardar"... un ultimo vistazo antes de dormir, la sonrisa incrédula del artista que pese a cierto dejo de inseguridad sabe que la obra, por lo menos este fragmento de la obra, está terminado... cierra la interface, apaga la máquina, el mundo recupera su ríspida realidad.
Las luces azules, amarillas y ambarinas lo traen de vuelta de su viaje sin moverse. La brisa que traía música se torna frío en la mejilla y en las manos antes activas, y siente que la nariz le moquea un poco. Vuelve.
Lentamente, se acomoda en un rincón. Junta los diarios que le darán un mínimo calor durante el resto de la noche y se cubre con ellos mientras mira el cielo y espera que no llueva. Los olores mezclados a los que más o menos se ha acostumbrado se le acercan, pero sin embargo no puede evitar dormirse con una sonrisa clavada en los labios.
Oscuridad. Silencio. Discontinuidad temporal del pensamiento. Embotamiento sensorial. Escucho pasos, la madera crujiendo bajo las botas, porque sé que eso es lo que usan. Botas. La madera cruje, se quiebra bajo suyo, se arrodilla ante su paso. Veo caras en la oscuridad, no las de ellos, sino las de mis conocidos. Sé que no están aquí, sé que sólo yo estoy aquí, de lo contrario los sentiría, su sudor frío contra el mío, las escamas de su piel contra las mías, el miedo uniéndonos a todos. La madera cruje nuevamente. Mueven los muebles, los abren, buscan. Buscan, buscan... ¿Por qué buscan?¿Qué les impide dejar de hacerlo? ¿Por qué esa insistencia maquinal? Todos ellos se mueven al unísono, son heridos al unísono, ríen al unísono, esa risa inhumana. El corazón me late con fuerza, tengo pánico de que me descubran, tengo miedo. Por primera vez en mi vida sé lo que es eso. Los pisos ceden ante su avance. ¡Por Dios, quisiera llorar, pero no puedo! Las lagrimas silenciosas me caen por las sucias mejillas, trazando zurcos en mi cara que yo no veo, mi mirada fija en la nada, en la muerte delante mío que me devuelve un guiño sarcástico, que se ríe desde su trono, desde el sillón donde tantas veces se sentó la abuela y que ahora es sólo un fragmento de mi imaginación. Quisiera gritar, quisiera lanzarme contra ellos y acabar con todo de una buena vez, pero no puedo. Trato de sentir el frío a mi alrededor, pero no puedo, no puedo sentir nada, mis miembros desconectados, han huido, exiliados de mi propio cuerpo, que ahora yace inerte contra una pared dentro de una estructura infernal de algún maniático que penso en cómo salvarse la vida del juicio final ocultándose en una realidad casi bidimensional. Siento un sonido, desde algún dormitorio están tocando música, ¡están tocando música! No puedo sacar la melodía, ¡pero también cantan! Algo se mueve cerca mío, a mis pies. Es una rata, estoy seguro. Me morderá primero, me catará, gourmet letal de la oscuridad. Luego llegarán los comensales. No es una rata, no sé bien lo que es pero no es una rata, aunque ahora se trepa por mi pierna... La madera cruje, están cerca, debo mantener la calma. Siguen cantando, canto que se extiende por todo el lugar, canto que llega hasta mis oídos como un mensaje de muerte, como mi carta de despedida escrita por otro. ¡¡Eso me agarró la pierna y lo pateé!! ¡Dios! ¡Dios! ¡Que error! Primero un gemido de dolor... el piso bajo sus botas... sus caras, sus rostros más allá de mi imaginación, tan iguales a mi y tan diferentes... sus ojos, el desierto invernal en ellos... luego del gemido, el llanto... “¡¡¡¡¡maaaamiiii!!!!!”... nene no llores, por favor, por favor!!!... sus rostros, sus ojos, dándose vuelta, observando la pared, a través de ella, viendo mi cuerpo semidesnudo, sucio, derrotado... silencio... no llo_...”¡¡¡¡maaaaaamiiiiiiiiiii!!!!”... el canto, himno gutural... la madera cruje, escucho un click... veo sus ojos, veo su invierno... están aquí...