Imágenes Alteradas

Seis meses

Escrito por Kappuz

Diciembre 14th, 2011 at 7:12 am

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Hace unos años, transitando una de las rutas que une dos pueblos del noroeste, comencé a escuchar una voz; a mi lado, una mujer llevaba varios minutos hablándome sin que me diera cuenta. Sonrió y ofreció tirarme las cartas para amenizar el viaje. Mientras leía lo que el tarot decía de mi porvenir, explicó "No te preocupes, si viera algo muy malo, no te lo diría; hay cosas que no se dicen". Para ejemplificar, contó la anécdota de una amiga suya de uno de los pueblos - y entremedio mencionó presenciar un exorcismo en Buenos Aires -.

En el pueblo en cuestión, uno de los viejos del lugar - conocido por sus capacidades de videncia - le había dicho un día a la amiga de mi temporal compañera de viaje: "Te quedan seis meses de vida". La mujer pasó los siguientes 180 días haciéndose análisis médicos y otras cuestiones, tratando de identificar al silencioso asesino dentro de su cuerpo, y mirando para todos lados cada vez que pisaba la calle esperando algún ataque imprevisto que fuera el que la diera por muerta. Acercándose la fecha de su vaticinado fallecimiento dejó de salir de su casa y arrojó todo lo que tuviera filo lejos de su vista. El contacto con sus amigos y parientes se limitó a alguna llamada telefónica aislada. El día que que su vida estaba destinada a acabar, sintió primero una paz absoluta seguida por un violento ataque de pánico. Asustada, salió corriendo para el hospital más cercano, donde le aseguraron que no era nada; le dieron un sedante y la mantuvieron en observación por esa noche. A la mañana siguiente despertó, desayunó y retornó a su hogar. "Ya pasó mucho tiempo", dice la viajera con respecto a su amiga, "pero todas las noches se va a dormir pensando que quizás ese sea su último sueño".

 

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Compra y venta de reos para la guerra

Escrito por Kappuz

Noviembre 15th, 2011 at 11:21 am

 Allá por 1901, el Ministro de Guerra Pablo Ricchieri llevó al Congreso el proyecto de Servicio Militar Obligatorio. El diputado correntino Juan Balestra se opuso apuntando a los posibles peligros de la creación de dicho aparato - “Yo pregunto a los hombres de ideas más liberales, si tendrían temor de un ejército compuesto de conscriptos. Esos hombres de pasiones generosas, ¿no han de poder decirme que ese ejército sería un peligro para las instituciones y el país? Los ciudadanos enrolados se verían obligados a obedecer ciegamente a sus jefes y oficiales sin el menor derecho a discutir sus órdenes”, eran algunas de sus palabras, en las que, sin embargo, también daba pie al argumento que terminó por conocerse como Obediencia Debida -. No obstante, Ricchieri insistió con un razonamiento que al día de hoy se sigue escuchando: "Para que a los dos años, al salir del ejército vayan a sus hogares y sean un poderoso elemento de moralización pública”. La historia dice que desde entonces y hasta 1994 hubo Servicio Militar Obligatorio, el que acabó por conocerse como Colimba - en alusión a que lo que se hacía ahí era "correr, limpiar y barrer" -.

Hablando con el documentalista Marcelo Goyeneche, que estrenó hace poco "SMO: El batallón olvidado" en el Centro Cultural de la Cooperación, me comentaba que los antecedentes del proyecto de Ricchieri se remontan a la Guerra del Paraguay (o Guerra de la Triple Alianza o Guerra Grande - como se la conoce en el propio Paraguay). “La primera vez que se quiere instaurar el servicio militar, o algo parecido, fue con la Guerra del Paraguay, porque no tenían gente para llevar a las filas”, explicaba Goyeneche, “Advierten que tienen un problema serio cuando empiezan a mandar tropas a Paraguay, comienzan a caer y no tienen de dónde sacar más. Lo que hace el Estado Nacional en la Guerra del Paraguay es comprarle gente a las provincias. Compran lo que se llamaba reos, tipos que estaban en la cárcel por X motivo - por hurto, por robo, por vagancia -. Los reclaman de las cárceles para el Estado Nacional y éste, a cambio, enviaba maquinaria u otras cosas. Hay un contrato con la provincia de Catamarca que es muy gracioso de siniestro que es: le vende grilletes para los presos - para que no se les escapen - a cambio de mil reos. Reo era un indigente, un ratero, un gaucho, un opositor político…”.

Resulta que era la época de la Guerra del Paraguay, la que muy pocos salvo Bartolomé Mitre querían pelear, y entonces ocurrían dos cosas: las tropas porteñas no eran suficientes por sí mismas y en las provincias el nivel de deserción era muy alto. El contrato al que se refería Goyeneche sería uno por 200 grilletes, pero también se compraban cepos y látigos entre varios aditamentos y eran para ser aplicados sobre los propios soldados "reclutados". El problema no era el batallar per se, sino el "enemigo" elegido. Paraguay era amigo y el de la pica era Buenos Aires, no a la inversa. Ironías del destino, esa empresa dificultosa de encontrar gentes que obedecieran ir a derramar sangre aliada en nombre de intereses imperiales foráneos - aunque Mitre insistiera que su aventura era la de llevar "civilización" a los "bárbaros" -, iba a acabar por conformar el Ejército Argentino que tiempo después sería el encargado de limpiar de indios la Patagonia. 

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“Señor no: compañero”

Escrito por Kappuz

Noviembre 2nd, 2010 at 4:37 am

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Era un miércoles. Por una de esas cosas del destino, había aceptado trabajar (en aquello que digo que "me paga las cuentas" mientras mis cosas comienzan a moverse también con retorno en forma de vil metal). Luchando contra la fiaca, pegué un salto de la cama para tratar de aprovechar la mañana y dejar algunas cosas encaminadas de la interminable lista de cosas por resolver (que siempre me las ingenio para incrementar). No prendí la tele ni leí ningún diario. Simplemente, me puse a escribir, mandar mails, editar, mientras calculaba el tiempo para hacerme una escapada a alguna escuela en caso de que el censista no llegara antes que yo tuviera que partir. A punto de largarme hacia la aventura, sonó el timbre, bajé a la planta baja como el resto de mis vecinos, me censé y subí para agarrar mis bártulos y volar, sólo para darme cuenta que en realidad todavía me quedaba una hora de tiempo…

Desensillé nuevamente y, por una de esas cuestiones, se me ocurrió chequear Facebook. Un amigo se indignaba ante los comentarios burlones frente a la muerte de Nestor Kirchner… ¿Eh? Este hombre tiene la tendencia a la exageración, y las bromas pesadas tampoco se inventaron ayer. Recién ahí entré a buscar noticias por primera vez en el día…

El año pasado se enterró a Raul Alfonsín, un recuerdo de mi niñez, asociado más bien en mi casa a la experiencia de mi padre. Yo era un purrete por aquel entonces, y si bien los libros de historia y los documentos te informan, no por eso se produce un ligue afectivo a esa época. Sencillamente, uno ve con otros ojos. Lo que ocurrió el miércoles 27 de octubre de 2010 atravesaba diez años de mi vida adulta, comenzando a partir de la crisis galopante con la que dimos la bienvenida al nuevo siglo.

La muerte, en general, me desconcierta… ¿qué se supone que uno debe sentir? El error ahí es la palabrita "debe". No hay recetas. No siendo ya extraña la muerte en mi historia familiar, sin embargo creo que, por primera vez, sentimientos contradictorios me tomaron por asalto… miedo, enojo, tristeza, fuera el miedo… Y no me considero ni peronista ni kirchnerista, tampoco acrítico, pero se me hizo evidente, aun más que antes, que por primera vez en mis 33 años me vengo sintiendo representado por un grupo de miembros de la clase política, incluso a pesar de las contradicciones y los aspectos negativos. No es algo menor…

Tuve que pasar por Plaza de Mayo al mediodía y ya estaba llegando gente por las calles de los costados. De a uno, de a dos, en grupo. Y había llanto, y carteles ya pegados sobre las rejas de la Casa Rosada. Las cámaras se iban apostando, con algunas notorias ausencias apocalípticas.

Volví a la plaza por la noche. De esa plaza que iba llenándose lentamente al mediodía se había pasado una repleta, y repleta de todo… Había banderas de múltiples agrupaciones, pero también gente suelta y grupos sin banderas específicas. Había gente joven y gente anciana. Había también quien aprovechaba la muchedumbre para vender Coca Cola en vasos de Starbucks (no quiero saber de dónde los sacó), panchos y cerveza. Había mate, onda fogón, y también abrazos desconsolados. Había cánticos y necesidad de silencio. Había gente haciendo fila para poder acercarse a la Casa y otros que se conformaban con mirar por entre el vallado. Había turistas curiosos con mirada fascinada por el espectáculo y bebes que quizás nunca fueran a recordar el momento. Había una pila de mensajes en el centro, al lado de la Pirámide de Mayo (pirámide que, en realidad, es un obelisco trunco…); una chica que venía sacando fotos se arrodilló para leer más detenidamente los mensajes que se iban superponiendo, hasta que llegó a uno que decía, simplemente, "Nos vemos, compa", y lloró. Había un muñeco inflable de Evita, también una bandera con NK vestido de Eternauta.

La muerte, con eso que tiene de inexplicable, trae estas cosas. Es un hecho extremo que te interpela, que se te viene encima y te espeta sin asco "¿y vos que haces de tu vida?". El espacio público es lo que nosotros hacemos de él, que es algo que no siempre se entiende. Sobre todo, después de los ’90s, se asume que el espacio público es de otro. Es de todos únicamente cuando te cortan la calle con un piquete - ahí cuando siempre salta algún "¡a estos negros de mierda hay que matarlos a todo, loco, no puede ser así!" -. Pero cuando hay que defenderlo, o hacerse cargo de qué hacer con él, puf, gana la fiaca. Total, estimados, asumámoslo, es siempre más fácil decir que el otro es un hijo de puta que decidir y accionar sobre cómo queremos vivir. Es doloroso hacerlo, pero es más fácil renunciar que luchar por algo…

Cuando el 19 de diciembre de 2001, por la noche, llegué al Congreso en medio de calles que festejaban la renuncia de Cavallo, en un día que había visto saqueos extrañamente sincronizados, una mujer entrada en años trepada a una de las esculturas de las escalinatas me señalaba la bandera argentina que sostenía. Me miró, señaló el gentío y me gritó "¡Esto es para vos, flaco, es para ustedes!", cuando pocos meses antes un hombre mayor, en otra marcha, me pedía disculpas por el país que nos habían dejado a los jóvenes…

El 27 de octubre, por la noche, mientras caminaba por la plaza repleta, repleta de todo, un abrazo me agarró por sorpresa. Un pendejo con quien había jugado al basket, un flaco que hace tres años me sacaba de quicio. Yo era primera y él un cadete creído, al que consideraba que no le importaba nada. Me tomó por sorpresa, me saludó con ganas y me tiró un "volvé, así tengo con quien hablar de política". Me quedé mudo, estupefacto, dije alguna boludez como "¡qué grande que estás!". El flaco milita en la Campora, el flaco eligió jugarse por algo, que algo le importe, algo que le hace querer debatir y pensar cómo quiere vivir. Cuando se fue, para pasar pidió permiso "Permiso, señor", el otro se dio vuelta, le sonrió "Señor, no: compañero". Y ahí me quedé unos minutos, mudo, estupefacto, tarado, emocionado.

Mientras todavía pienso en eso, más tarde, ahora en una pizzería de Corrientes y Callao, en la tele pasan por enésima vez un clip memoria sobre NK. En las redacciones apocalípticas, editores furiosos afilan los dientes. Ese mismo día, don Rosendo Fraga ya, de hecho, se ha tomado la libertad de enviarle vía La Nación una lista de recetas a CFK con puntos a modificar del modelo. Ataco la fugazzeta y me quedo pensando en la condescendencia de un país patriarcal, en lo que se viene, en buitres y anuncios de fin del mundo, cuando un aplauso cerrado me arranca de mis divagues. En la pantalla, NK hace bajar las fotos de Videla y Bignone de las paredes del Colegio Militar.

La muerte de NK me pegó como no me imaginaba que pudiera hacerlo. Pero, a diferencia de otras muertes, donde son el final de algo, la conclusión, incluso cuando es apresurada, precoz, antes de tiempo, esta fue otra cosa. Caminando por la plaza, no podía evitar estar cada vez más convencido de algo: esto recién comienza, pese a quien le pese.

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Segundo aire

Escrito por Kappuz

Octubre 14th, 2010 at 6:56 am

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Es el momento del año donde siento que es todo un chicle, que mover los pies es como querer nadar en el barro. Y la impaciencia me carcome los nervios, porque ya sé que se me va a pasar, que son esos momentos donde necesito meterme en alguna cueva y dejar descansar la casilla de mails o los mensajitos del celular.

Como la vida muchas veces es medio esquizo, ayer estaba otra vez en Ezeiza, no para tomarme un avión, sino esperando a alguien con un cartelito. No dejan de gustarme los saludos de recibimiento… me pregunto qué relato habrá detrás de cada gesto de ansiedad, de cada sonrisa (no aplica para los choferes a mis espaldas, todos embolados, de traje, con zapatos que aprietan de tanto estar parados). Un flaco sale por la puerta de arribos, mira un poco en derredor, no encuentra a quien busca… Cuando vuelvo a mirar, ahí está, abrazado por ella, que por poco lo tira al piso. Y así se quedan, un rato largo, mirándose, un beso por aquí un beso por allá. No puedo evitar espiar de reojo, porque no me da morbo, sino ternura. Hablan, ella pasea su dedo índice por el brazo de él, sonríe, lo cacha de los pelos, le estampa otro beso.

Volviendo en el subte, en esta ocasión no a casa. Línea D con demora. Claro, entonces el subte viene con gente respirando por las ranuras del metal del coche. Entramos justo, y un pelado se tira de cabeza, poco menos que partiéndole las costillas a una mujer que estaba de espaldas: "¿Qué quiere, señora? ¡Me quedaba en el andén!". A mi derecha, una chica hace control de respiración y mira al infinito.

El proyecto marcha, las historias van apareciendo, por ahora pequeñas. Veremos qué sale. Igual, todavía no hay ni una imagen, ni una palabra grabada, está todo en potencia y en suspenso. Alienado por las averiguaciones técnicas y las planificaciones (las que después hago un bollo cuando paso a los hechos…), imagino que me habré ganado más de una puteada amiga…

Llego, finalmente, a casa, y me recibe la heladera chillona.

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La calesita…

Escrito por Kappuz

Setiembre 17th, 2010 at 7:22 pm

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Mi calesita (porque era "mía", por supuesto), estaba en la Plaza Palermo Viejo (a la que yo llamaba Plaza Costa Rica). No estaba dentro del parque, sino metida en el espacio que quizás alguna vez haya sido ocupado por una casa chorizo.

Además de la calesita propiamente dicha, habían agregado un sector de kartings al que cada tanto me mandaba; te vibraba todo y salías como si te hubieran dado un masaje en todo el cuerpo…

Podía estar toda la tarde ahí, de preferencia en el caballo, que era el que subía y bajaba. Gracias a mi habilidad innata para hacerme de la sortija, en más de una ocasión pasé horas ahí. Mi viejo se sentaba y, mientras estudiaba sus partituras, cada vez que me veía pasar me guiñaba un ojo; era nuestro código.

Recuerdo esto mientras continúo tomando notas para mi proyecto, hoy sentado en un banco de la Plaza Palermo Viejo. Necesito un par de historias para poder seguir y creo haber dado, quizás, ya con una de ellas…

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Otra vez lluvia

Escrito por Kappuz

Setiembre 3rd, 2010 at 11:28 am

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Llueve con frío. Detesto el frío. J dice que soy como una cacatúa: tolerancia cero al frío. Pero, además, llueve y el balcón, que está mal construido, se convierte en una laguna artificial.

Son los primeros días del mes, en los cuales no tengo ni la más pálida idea de cómo voy a llegar al mes siguiente. La clave está en terminar de aceptar que lo que uno eligió es así. Algo siempre sale y llegar, de alguna manera, siempre se llega. Más fácil decirlo que hacerlo, por supuesto, sobre todo cuando pasás por el súper y te imaginás una larga semana de arroz y fideos. Bueno, polenta todavía sirve y rinde. Me salva que como muy poca carne, casi nada.

 

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De crisis y trampolines

Escrito por Kappuz

Agosto 17th, 2010 at 7:29 pm

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En medio de una clase, pregunto quién no ha tenido nunca una crisis. Nadie levanta la mano, pero todavía nadie comprende bien a qué catzo apunto. Insisto… "¿qué es lo primero que sentimos o intentamos hacer cuando aparece la sensación de crisis?"; lentamente, comienzan a aparecer algunas respuestas: angustia, incertidumbre, vacío, querer reparar, querer mejorar, querer cambiar… "La cuestión", agrego, "es que la crisis también nos mete la cuestión del tiempo: lo que se rompió, en nosotros como seres humanos, por más que queramos repararlo, no puede volver a ser como antes, no podemos volver atrás".

Tengo dos libros con señalador en la mochila y cada señalador está, a su vez, todo escrito con anotaciones sobre un próximo proyecto. Mientras atravieso la ciudad de punta a punta en el 71, quisiera aflojar la cabeza y dormir, pero no puedo parar de pensar en lo mucho que quiero comenzar esta nueva idea y, al mismo tiempo, para decirlo de una manera delicada elegante adecuada y diplomática, el cagazo que me da hacerlo. Insisto con la imagen de cuando uno se sube al trampolin para tirarse al agua. Ya está, ya estás ahí arriba, te acercás a la punta y amagás para que ¡opa! te de vértigo; ahora sólo queda dejarse de joder y tirarse…

Mientras en la tele ahora ya son varios los que anuncian un Apocalipsis en cada esquina (y cada falso profeta hace esfuerzos por anunciar el más original y terrible de todos), yo me pido un café con leche y medialunas en un bar donde el loquero de Once no se siente y sigo garabateando notas en mis señaladores…

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Pensamiento fugaz

Escrito por Kappuz

Agosto 6th, 2010 at 6:23 pm

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Una serie de eventos felices me tienen repitiendo la palabra "emocionado". No soy de los que están acostumbrados a dejarse emocionar por los momentos felices. Soy más bien de estar en guardia, saltando una valla tras otra con la mirada fija en la meta (que vaya uno a saber dónde está). Pero, entonces, ocurre: bajo un cambio, miro el camino (muchas veces recorrido en soledad, algunas, que por suerte se van acumulando, junto a otros) o una situación me dispara la vivencia pasada y algo enterrada de momentos gratos y más inocentes y me descubro, oh terrible pecado, feliz.

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Bicentenario: una cuestión semántica (II)

Escrito por Kappuz

Julio 14th, 2010 at 12:48 pm

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Hace aproximadamente un año, por cuestiones de trabajo, me encontré en un almuerzo inolvidable. A los cinco minutos de sentados, la charla había tomado dirección política, y volaban frases como "Entre Kirchner y Videla, me quedo con Videla, toda la vida". Uno de los comenzales, particularmente, se quejaba arqueando los labios en gesto de indignación, que no entendía lo que le contaban sus hijos, ¿qué es lo que les estaban enseñando en el colegio? Esa no era la realidad que él y su esposa recordaban y se preguntaba por qué no había textos de historia más objetivos… Fui un profesional: me atraganté con la comida, se me revolvió el estómago, miré con cara de póker y a la primera de turno me ausenté por un buen rato… Al día de hoy sigo pensando que, cuando menos, me tendría que haber levantado e ido.

El Comenzal de la historia objetiva pedía un cuento que dejara mejor parada a su visión del mundo. Porque la historia, en un punto, es eso, un cuento, o una novela… a veces también es poesía o una canción. En definitiva, es algo que se escribe y es escrito por alguien. La realidad es esto que ocurre ahora, lo demás es otra cosa…

A ver, yo en la primaria aprendí que Colón era un fenómeno, que San Martín era un póster de Billiken de un tipito cruzando Los Andes, que el 25 de Mayo de 1810 la plaza estaba llena, llovía y había paraguas negros por doquier. En la secundaria, la historia se acababa en la década del ‘30 (oficialmente, no había peronismo ni dictaduras de todos los gustos y colores ni Proceso de Reorganización Nacional con gente que desaparecía del mapa con un truco de magia bárbaro). Y esto era así hasta al menos 15 años pa tras. Y eso sólo si hablamos de aquisito nomás. Quien cuenta la historia, construye mundos. Ahora, te pueden gustar más unos que otros…

El asunto es que en algunas de esos mundos que se arman está bien mandar gente a la hoguera, ponerle numeritos, muros, bloqueos, bombas y otras tantas bellezas por pensar o verse distinto. Y en todos esos casos, el argumento suele plantearse como "natural".

Hace poco, en una charla sobre dictadura, una estudiante extranjera preguntó si la llegada de los militares en 1976 no respondería a una sensación de indefensión por parte de la población, que quedaba en el medio de una disputa con la cual nada tenía que ver. La respuesta fue que la disputa tenía todo que ver con la "gente", ya que la disputa giraba alrededor de qué mundo construir y, por eso, era necesario tomar una posición, alguna que tuviera que ver con el mundo en el que cada uno quería (quiere) vivir. Fue, en alguna medida, esa sensación de no tener que ver con lo que se discutía lo que hizo para muchos ver la llegada de los militares como lo que habría de "poner un poco de orden"…

Alguna vez, alguien me dijo "Queríamos vivir como escribíamos y escribir como vivíamos". La realidad es lo que ocurre y las decisiones que tomamos, y es a partir de esas decisiones que escribimos historia y construímos mundos.

Hoy, 14 de julio de 2010, se debate en el Senado (como se supone ocurre cada tanto). El término disparador, el temido "Matrimonio Gay" (aunque debería ser "Matrimonio Igualitario"), no es realmente lo que se está debatiendo, sino aquello por lo cual muchos ya fueron pateados, rechazados, torturados y asesinados. Por eso, la palabra que mejor resume lo que se está debatiendo es: Igualdad.

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Bicentenario: Una cuestión semántica (I)

Escrito por Kappuz

Mayo 25th, 2010 at 5:10 pm

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Típico. Cuando necesitás que el subte venga rápido, ves cómo por la vía de enfrente pasa dos veces y el tuyo todavía no llega. Y eso, últimamente, cuando no bajás apurado la escalera y ves el cartelito de "Línea B con demora" o con algún paro sorpresivo del cual todos tienen la culpa (gremio, sindicato y empresa) y nadie tiene la culpa (gremio, sindicato y empresa). Llamémoslo el Sindrome del Gran Bonete, que está muy en boga a nivel internacional y local: "¿Quién señor? ¿Yo señor? No soy yo quien la tiene (la responsabilidad, la madurez, la autocrítica, y todas esas cosas que uno aprende que son como Papá Noel y los Reyes Magos, de los cuales se duda seriamente de su existencia)".

En fin… el señor delante mío se inclina 30 grados sobre las vías intentando ver a lo lejos las lucecitas esperanzadoras del próximo tren. Es ese momento donde ves que un reflejo dorado aparece y crece sobre las vías a lo lejos y empezás, si sos lo suficientemente obsesivo (¿yo señor?, no señor), que a partir de ese instante que se acerca en el cual pongas pie sobre el vagón, te faltan tantos minutos para llegar X cantidad de minutos tarde adonde se suponía que deberías haber llegado tantos minutos antes (obsesivo sí, puntual no). El hombre incrementa el ángulo de inclinación para intentar extender su visión más allá de la curva del túnel y temo que, en realidad, sólo esté juntando fuerzas para arrojarse a las vías y acabar con la terrible espera. Yo entiendo que esto del funcionamiento azaroso del subte le ponga suspenso a la cosa, pero a la gente se le va la mano.

Una pareja, sobre una de las paredes, aprovecha la demora para ponerse al día con la cuota de besos con lengua, o quizás están haciendo acopio.

Llega un tren. Lógicamente, las sardinas enlatadas viajan más cómodas. Se abren las puertas, y salen vomitadas, a saber: una señora mayor con un changuito de compras, una flaca y un flaco de estatura media-baja - con las caras bien rojas y respirando agitados como, por ejemplo, si hubieran estado, digamos, ahogándose -, otro flaco leyendo el diario, un celular y una billetera que han cambiado de manos, una chica que se arroja en clavado sobre el andén antes que le cierre la puerta, un perro. Entran: una señora mayor sacudiendo codazos con generosidad, un señor excedido en varios kilos que usa la panza como fuerza de choque, tres flacos que llegan corriendo y consiguen con potentes empujones el milagro de la fusión de cuerpos (que vayan dos donde sólo había lugar para uno), un perro. Uno de los muchachos con sindrome de ariete queda haciendo equilibrio como para que parezca que está dentro del coche y, entonces, se cierre la puerte y la presión lo mantenga estabilizado. "Flaco… ¡y la reconcha de tu madre! ¡me estás ahogando, pelotudo, bajate!", se escucha desde algún intersticio por el hueco carnoso de algún infinitesimal tunel humano entre un codo y un hombro. No hay lugar pa más nadie. Se cierra la puerta, nomás, y quedan visibles viajando acariciados por el viento: medio gabán, la punta de una mochila, la manga de una campera, un pedacito de pantalón. Ya disolviéndose en el aire, como un leve murmullo que se aleja con el traqueteo del tren, se escucha una vez más: "¡me ahogo, pelotudooooooo!".

El tren se va. El señor del cuerpo inclinado queda en el andén mirando… mira con el corazón partío, la cara hecha una mueca de desolación: los ojos bien abiertos, las cejas arqueadas, la boca que se le cae.

Fast forward.

Tres trenes después (¿o fueron cuatro?), el señor del cuerpo inclinado se aferra a una de las argollas del coche del subte en el cual logró infiltrarse como si su vida dependiera de ello. Mira con desconfianza a su alrededor. Contra una puerta, una chica habla sola, enojada; cada tanto hay alguno que la mira de reojo, curioso, preocupado o, simplemente, con temor de que se brote del todo y mate a alguien. Hay también quien la mira y, quizás, se pregunta si no es una actriz que en cualquier momento sacará la gorra al finalizar su acto. Ayuda que, en el vagón de al lado, un duo de comediantes recrea la rutina de la pareja problemática a los gritos.

Delante mío, sentadas, dos personas leen sendos diarios. En uno se lee que fulano de tal ganó un cargo por "unanimidad" (así, entrecomillado; el entrecomillado podría ser una cita, pero también la puesta en duda del término… "¿por unanimidad? ¿en serio? ¿seguro seguro? algo hubo detrás, cantado…"). En el otro, sin comillas, que lo ganó por consenso (léase: no hubo dudas, estaban todos de acuerdo que era la mejor opción, consenso equivale a dejar las diferencias afuera, diálogo, algo natural y lógico). Un señor mayor a mi lado empieza "¡Nunca hubo un momento peor en este país! ¡Somos una verguenza, una fantochada! ¡Qué pensarán de nosotros afuera!". Una señora igual de mayor lo mira y dice en voz alta, como para quien quiera escucharla "Hay algunos que tienen memoria selectiva, me parece…". El otro, insiste más fuerte, "¡Nunca hubo un momento peor en este país! Y mirá que yo viví los años de Perón".

 Salgo corriendo del subte (no, no es horror, aunque bien podría serlo), para encontrarme en Plaza de Mayo, rodeado de vallados, carros y extraños escenarios en cada uno de ellos…

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