El beso
Acabo de terminar un laburo y me dirijo hacia el subte. Estoy en el centro, lugar que odio frecuentar, así que voy esquivando autos y gente en pos de la boca que habrá de tragarme para verme salir en otro punto de la ciudad. Me pierdo pensando que Roque Saenz Peña (más conocida como la Diagonal Norte; la Diagonal Sur, de forma muy coherente, es Julio Argentino Roca… y ambas diagonales apuntan a y salen de Plaza de Mayo…) conduce a Hipólito Yrigoyen (la Diagonal Sur también desemboca en don Hipólito)… ¿cómo es entonces que Leandro N. Alem lleva a Rivadavia? A todo esto, Juan Domingo Perón se cruza con Leandro N. mirando al Luna Park, que es donde Juan Domingo conoció a Eva… Eludo un colectivo y, al girar para propinarle una mirada amenazante (o una puteada si el espíritu me mueve), avanza el paquidermo y despeja el paisaje; reparo en el celeste del cielo que la tarde va oscureciendo y que desciende en un degradé que se va ensuciando a medida que se acerca al suelo del horizonte. Sobre esa línea imaginaria, y por encima de los árboles, se eleva el edificio Libertador como un monolito antiquísimo que observa en dirección de la Casa Rosada (pienso en la ironía de que Hipólito Yrigoyen termine mirando a un edificio construido por Agustín P. Justo…). Más a la izquierda, recibiendo las últimas luces del día en sus torres, Puerto Madero - que, si nos guiásemos por la Constitución, probablemente en realidad sea sólo un espejismo, porque no debería estar ahí -.
Recuerdo entonces que estoy a metros de la Línea B: giro sobre mis talones y enfilo hacia las escaleras. Por suerte, no hay cola para sacar pasaje. Compro de a uno y con billete de dos pesos, porque necesito el cambio. Bajo tranquilo, especulando con que apurarse es inútil en tanto es hora pico y es de esperar una marea humana que se reproduce por inercia. En el último escalón, veo un tren irse con gente saliendo por las ventanas. Para mi sorpresa, en el otro andén, otro tren ya espera, aun semivacío. Me doy el lujo de elegir vagón y, cómodamente, me apoltrono. Las puertas se cierran, la formación avanza hacia mi destino.
En 9 de Julio, cuerpos ansiosos invaden el vagón, aunque no llegan a la categoría de malón. Se me ocurre que los transportes públicos son apologías libidinosas, en tanto si uno mantiene la vista en el frente, termina mirando en dirección al sexo de la persona que haya decidido pararse delante nuestro. Cuánta hipocresía…
En medio de este soliloquio interno y silencioso insensato, noto a un hombre y una mujer parados en la otra vereda del vagón. Charlan la charla que comenzaran vaya uno a saber cuándo. No hay nada de particular en eso. Visten como de oficina, así que asumo que salen del trabajo. Como en el subte hace calor, llevan su campera y su saquito en la mano o colgando de la cartera. Él viste monocromo (salvo por la campera color tierra). Ella combina gris en el pantalón que dibuja sus curvas, con uva en un sweater fino más o menos pegado al cuerpo sin ser ostentoso (no recuerdo la tonalidad del saco ni el de la cartera); lleva un piercing discreto en la nariz.
Siguiente estación. Las puertas se abren y entra más gente. Una chica se para delante mío y un hombre al otro costado, reencuadrando mi visión, dejándome apenas una ventana que da a la charla de enfrente. Hablan y sonríen. En determinado momento, una pausa. La sonrisa permanece, las miradas también. 1, 2, 3… reanudan lo que sea que se estén diciendo. Los cuerpos mantienen, en general, la distancia: ni muy cerca, ni muy lejos, pero más cerca que lejos. Los ojos de ella, cada tanto, miran más abajo de los ojos de él (y no es a la nariz donde apuntan). Los de él hacen lo mismo. En cierto momento, él o ella se acercan al otro, rompen por un instante esa suerte de frontera invisible. Espero mirando de reojo el beso cálido, evidente, pero no. Ella le dice algo al oído. Sus labios rozan la mejilla hasta alcanzar la oreja. Palabras inaudibles brotan, y retrocede de nuevo. Él hace lo mismo. Retoman la distancia inicial. 1, 2, 3…
Otra estación más (o menos, porque no falta tanto para que me baje). La chica que me reencuadra la visión descubre un asiento vacío y se lanza de cabeza sobre él, so pena de taclear a quien se le ponga en el camino. El panorama queda despejado, pero no por mucho tiempo. Un señor relativamente voluminoso ocupa el lugar de la chica en el cuadro, reduciendo aún más la visibilidad. Me quedan fragmentos de escena. Arriba tengo los rostros, en el medio sólo veo las manos, abajo un poco de las piernas y los pies.
Entra un mensaje a mi celular, y es cuando separo la vista de la pantallita que veo los pies de ella insertarse entre los pies de él. Otra vez el se acerca al oído de ella y dice algo. Se retira rápido. Ella hace lo mismo. Él responde nuevamente, pero acercándose un poco más al cuello y luego retrocede más lentamente. Espero alguna caricia delatora, pero nada. Ella lo mira y sonríe. El bamboleo del subte hace que, por momentos, la distancia entre las bocas se acorte. Ella mueve otra vez el pie hacia atrás, pero avanza nuevamente… a último momento inclina la cabeza, sobrevolando la mejilla del otro y aterrizando en la oreja. 1, 2, 3…
Parada, sube gente, baja gente. Ellos ni miran. La pausa, esta vez, se hace un poco más larga. ¿Respiran más pesado? ¿Tendrán el aliento caliente? La boca de ella se prepara, la de él también. Los pies de ella se adaptan para un posible impulso. Los pasajeros que entran y salen, ajenos a todo esto. Ella modifica la posición de la espalda levemente, resaltándo la curva de sus pechos (pienso en la palabra pechos como algo más apropiada - en realidad, no pienso en palabras (porque las palabras sobran - entonces, pechos o tetas da lo mismo -)-) contra el sweater Él va hacia delante, esquiva la boca y es fácil adivinar dónde se detiene de nuevo. Sin embargo, esta vez empuja con los labios la piel de ella y la recorre unos leves centímetros, aunque sin propinar el conocido movimiento de succión que implica un beso. Él retrocede, la mira. De nuevo el silencio y los segundos, de nuevo ella que responde acercándose, diciéndole algo que, en el fondo, no importa y estacionándose ahí, respirando (¿más pesado? ¿más profundo? ¿más caliente?). Los pechos de ella rozan ahora el hombro y el brazo de él. No hay frenadas bruscas que quiebren el equilibrio en puntas de pie de ella hacia los brazos de él; es apenas tiempo… Ella retrocede y ríe y sonríe mirándolo, mirándolo mucho, pestañando sólo de vez en cuando y muy suavemente; él hace lo mismo (sin el pestañeo). Se mojan los labios con la lengua mientras los ojos van de los ojos a los labios.
El señor voluminoso se corre hacia su derecha, bloqueándome por completo.
Nueva parada, la próxima es la mía. Más gente pa dentro, más gente pa fuera. El señor voluminoso continúa su camino hacia la derecha, como uno de esos cangrejos extraños, ahora despejando la visual. No están más. Tratando de no ser demasiado obvio, oteo el horizonte en su búsqueda, pero sin éxito. Nuevo mensaje en el celular.
Me levanto y voy en dirección a la puerta. Me preparo para descender al tiempo que las puertas comienzan a abrirse. A último momento, ya con un pie en el andén, miro hacia atrás y los veo en una esquina del vagón, sentados. El cuerpo mira hacia delante, las manos sobre el saco y la campera, los pies en paralelo, pero los cuellos en escorzo y los ojos yendo de los ojos a los labios, las bocas en pausa.
Obviamente, el tren arranca y se va.
