Imágenes Alteradas

Voy en subte D, vuelvo en subte B

Written by Kappuz

November 3rd, 2009 at 6:04 am

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El transporte público es una pequeña jungla. Por alguna razón, los viajeros nos seguimos multiplicando, no obstante lo cual la cantidad de vehículos o vagones permanece igual, lo mismo que los autos particulares llenos de bocinazos esperando hacerse escuchar. Sumémosle a esto las medidas que toma el actual gobierno de la ciudad en cuanto a cortar más arterias de tránsito para destinar a calles peatonales y el adorable nuevo aumento de los peajes y entonces es una obviedad decir que el problema del traslado del propio cuerpo por la geografía porteña no se resuelve, sino que, meramente, se transforma en algo más incómodo. Pienso esto mientras, en un vagón del subte D, camino a Plaza de Mayo, una señora estampa su nariz en mi axila tras recibir un empujón de un trajeado desesperado por cual pieza de Tetris insertarse en lo que él interpretó como un espacio vacío del tren que estaba por partir llevándose las ilusiones de poder llegar a tiempo al laburo que si no le quitan el presentismo… 

Al menos, pienso luego, ya no pasan por el circuito cerrado de televisión los institucionales pidiéndole a los viajeros que traten de no usar el subte cuando necesiten movilizarse hacia algún destino. Eran unos clips algo cínicos que le indicaban al viajero que, si deseaba volver a su casa entre las 17 y las 19hs (es decir, cuando termina de trabajar), se le iba a hacer difícil el trayecto, con lo cual se le recomendaba elegir otros horarios. Personalmente, prefiero reírme como un idiota con los cortos animados de los Peques y pensar en las ganas que tengo de irme a El Bolsón o al parque Los Alerces (porque los duendecillos estos son de por esos lares). Pero, bajo la mirada y una mujer con cara de pocos amigos taclea impunemente a una chica para poder adelantarse y hacerse con el preciado asiento libre del vagón de turno.

Estando en la calle, recuerdo que necesito sacar turno para renovación del registro de conducir. Ingreso al sitio web de la ciudad, pero la información no me queda del todo clara. Llamo al 147, número indicado ahí para trámites. El conmutador me pregunta si quiero denunciar ñoquis, y siento el deseo lujurioso de decir que sí y apuntar los nombres de todo el gabinete porteño, aunque considero que ñoqui no sería el concepto apropiado y, entonces, opto por alguna de las otras opciones. Después de apretar azarosamente algunos numeritos, finalmente, alguien me atiende para comunicarme que están sin sistema. Declino amablemente el ofrecimiento de llenar telefónicamente una encuesta y me despido.

Fast forward… el día pasa en barrido, se va, se escurre y discurre. Llueve, sale el sol. La gente se agolpa, se apelmaza, allá, luego acá, luego por ahí. Un auto se sube a la vereda. Un peatón mira mal a un conductor; el conductor le devuelve la gentileza con un "¿qué te pasa, pelotudo?". Un motoquero se manda por donde no debe y, tras esquivar un poste de luz, gira mirando a ver a quién le puede echar la culpa de su maniobra. En la radio, la tele, los diarios e internet, se alternan los anuncios de Apocalipsis con las desmentidas. Para cuando uno se quiere dar cuenta, puf… ya se está haciendo de noche.

Café y dos churros bañados en chocolate en La Giralda (¿la Yiralda o la Jiralda?). Al salir, en lugar de ir hacia la estación Uruguay, opto por retroceder hacia la estación Carlos Pellegrini. Voy caminando en piloto automático, con lo cual no recuerdo si entro a la galería que corre por debajo de la avenida 9 de Julio o si voy directo al subte. Escucho música. Un flaco con su celu a todo lo que da escucha cumbia mientras cambia de la línea B a la D. Bajo las escaleras. Del lado que indica que va en dirección a Leandro N. Alem, un ciego vende curitas. Del otro costado, dos músicos van del jazz al tango entre tema y tema. La gente comienza a amucharse en el andén, calculando dónde caerá la puerta que les permita el primer paso hacia un asiento libre. Imagino que una hora antes esto debía estar mucho más repleto. Rostros cansados, serios, solos. Un par de chicas hablan animadamente y ríen con ruido.

El subte viene más vacío de lo esperado, hay lugar para todos. A esta hora ya no pasa el vendedor de soquetes Nike, pero hace un último intento el que ofrece "música para toda ocasión". Un chico hace malabares mientras otro chiquito mira por la ventana de la puerta opuesta hacia las vías que se escapan y, como si estuviera madrugando, luego cae el personaje que baila hip hop – en otro vagón, mientras, tocan cajón peruano -.

Llego a mi destino. Bajo. Me trepo a la escalera mecánica y, como hago siempre, me doy vuelta para observar quiénes suben. Alguno me mira extrañado.

Salgo a la calle pensando qué catzo cenar… Como si el día se lo hubiera dejado olvidado ahí, en la esquina del pasaje con murales de tango, sigue parado el hombre de lentes culo de botella que, cuando te ve pasar, grita tres veces, a cada vez más fuerte, "¡tres por seis! ¡tres por seis! ¡TRES POR SEIS!", para luego desactivarse de nuevo. Los chabonzuelos que se sientan a la puerta del cyber de frente azul que tiene pinta de cueva le dan un trago a lo que sea que estén tomando y comentan entre ellos que el cana de la esquina ya no los deja sentarse ahí. Al lado, en un negocio de cotillón, sigue en oferta el traje de diabla – que no pienso, precisamente, para mí -.

Cruzo.

El verdulero me saluda "¿cómo anda, amigo?". La fiambrería está cerrando y eso elimina la opción de queso y salamín. En el cafetín de la esquina, dos viejos empotrados a sendas sillas le dan un sorbo a su café mientras miran las noticias en la tele colgada de la pared (Crónica TV). El lavadero junto a mi edificio despide su ya tradicional olorcito a mugre. Saludo al kioskero, le compro chicles.

Abro la puerta del edificio. Saludo a la parejita de vecinos que me suelo cruzar; él saluda amablemente, ella, vaya uno a saber por qué, asiente con la cabeza con gesto de constipación, como siempre. Abro la puerta de mi casa y entro, ignorando los sobres con impuestos – quedarán en el suelo hasta el día siguiente -.

Arrojo la mochila en la silla de siempre. La remera transita el mismo camino. Los pequeños rituales del desensille se suceden.

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