Imágenes Alteradas

Historias de fantasmas

Written by Kappuz

November 6th, 2009 at 7:07 am

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 El otro día andaba por Nuñez y, como quien quiere la cosa, llegué hasta la ESMA. Cada vez que paso por delante de este predio, no puedo evitar preguntarme como habría sido entre el ´76 y el ´83. Digo, es como querer tapar un elefante con una frazada…

Lo rodeo. Ahora es el Museo de la Memoria, luego de años de disputa entre el gobierno nacional y el local (que, según me dicen, continúa) por ver quién se hacía cargo del lugar. ESMA trofeo… patético… En fin, lo veo de afuera, porque pegar una visita pegada es más complicado que ganar la lotería. Que tenés que llamar, pero no siempre te atienden… que te atienden, pero no tienen turno hasta dentro de dos semanas o dos meses. Mientras miro uno por uno por enésima vez los figurines que son la intervención artística sobre las rejas de la ex Escuela Superior de Mecánica de la Armada pienso que es coherente que, como sociedad con un serio problema de amnesia recurrente, nos sea tan difícil acceder al Museo de la Memoria (y eso sin mencionar que el Parque de la Memoria sigue sin terminarse, cuando el proyecto tiene más de diez años… mmm… es como una especie de patrón de comportamiento, ¿verdad?).

En el interior del predio, sentados al aire libre, medio embolados, dos cadetes de civil (si militares o policías quieren ingresar, deben hacerlo de civil, no de uniforme) me observan. Nomás que para molestar, amago con cruzar una de los portones. Uno de ellos se para, se acerca unos metros.

"¿Sí?"

"Nada, quería acercarme un toque, nada más"

"No está permitido, puede preguntar en informes por una visita guiada"

Hasta que, efectivamente, no retrocedo, él tampoco se mueve. Detrás suyo, una de las largas filas de árboles. Por ese camino, al final, en lo que era el gimnasio, está el centro cultural de las Madres de Plaza de Mayo. Una amiga ensayó ahí una obra el año pasado. "Por esa calle, los árboles lloran", me dijo. Me dan ganas de preguntarle al cadete qué opina del lugar que le toca custodiar, pero me vuelve a indicar con amable rigidez el camino de salida hacia el tráfico de avenida Libertador.

Salgo. Recuerdo que a una cuadra está el colegio Raggio, con cuyos alumnos compartí mi viaje de egresados.

Llego a la esquina de Comodoro Rivadavia. Del otro lado del boulevard (bulevar), está Defensores de Belgrano, donde algunos hinchas contaron algunas vez recordar ruidos que venían de la ESMA en la época en que era el centro de detención Selenio. A mi izquierda, una de las garitas que rodean el complejo. Adentro, un cana embolado.

Nunca he ido hasta el fondo, pero me han contado que hay otra garita que nadie quiere habitar. Dicen que se escuchan chicos jugando. Chicos que, por supuesto, nadie ve. También que hay unas escaleras por ahí que nadie quiere bajar, porque en el fondo se oye la voz de una mujer pidiendo ayuda. 

El otro día, en un laburo, un chofer me contaba cómo, cuando era la época del Mundial ’78 en la radio decían que la gente no venía a la Argentina porque se decía que acá había campos de concentración. Y él, con 15 años, pensaba "¡qué locura! ¿de qué hablan?", sólo para enterarse, unos años después, que a unas cuadras de su casa estaban el Olimpo y Automotores Orletti. Al Club Atlético lo desenterraron en el 2000 y ahí sigue siendo excavado debajo de la autopista en la avenida Paseo Colón y, parece, se descubrió otro en Virrey Zeballos e Independencia (o ahí nomás).

Mientras me dirijo hacia el colectivo, pienso en una de mis profesoras de la secundaria, que estrenó hace poco "La Santa Cruz". Fue lo que ocurrió en esa iglesia lo que un buen tiempo después haría famoso a Astiz, que en ese momento usaba el peculiar seudónimo de Gustavo Niño. Los cuerpos secuestrados en ese día y posteriores, algunos, al menos, habían aparecido en una orilla poco después, pero fueron sepultados en una fosa común en el cementerio de General Lavalle. Sólo en 2005 pudieron ser algunos de ellos (cuatro) identificados… algo así como 28 años esperando recuperar su nombre…

El colectivo llega. Subo. El chofer tiene la radio a todo volumen y el conductor está comentando sobre el reclamo por mayor seguridad de Marcelo Tinelli y que Mirtha Legrand llamó a marchar por el mismo pedido. Entre arranque y frenada brusca, la máquina bendita no me termina de tomar las monedas. Finalmente, me hago con el boleto (lo miro y pienso que extraño aquellos donde podía encontrar números capicúas, aunque, supongo, no así los choferes, que manejaba, cobraban y daban vuelto para entregar el dichoso boletito). Mientras camino hacia un asiento vacío en el fondo, llego a oír al conductor radial mencionando los diversos cortes de calle de la ciudad y que "es hora de poner orden".

Quien decide dormir en el colectivo, en líneas generales, suele tener un gesto en el rostro que indica incomodidad, pose forzada, escorzo insalubre, tortícolis en puerta. Esto suele ir acompañado de un abrazo de oso a la mochila o cartera de turno. El flaco que duerme atras mío, sin embargo, está, o parece, completamente relajado y ni frenadas ni banquinas alteran su paz adquirida.

Atrás queda la ESMA y, entonces, reparo en una chica, sentada en uno de los asientos con ventana, leyendo, concentrada. Se acomoda el mechón que se le escapa. Trato de descubrir qué lee y, en determinado instante, se da cuenta. Levanta la vista y me mira seria. Me muestra la tapa del libro y me sonríe.

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