Imágenes Alteradas

Un divague de sábado

Written by Kappuz

February 13th, 2010 at 5:52 am

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De chico no era bueno jugando al fútbol. En la clase de gimnasia – la cual teníamos en el club Almagro, que ahora está cubierto en su mayoría por una cadena de gimnasios que empieza con M -, de vez en cuando, terminaba lagrimón frente a la cruel ignominia a la que me tenían sometido mis compañeritos, que hasta me sacaban la pelota de los pies si veían que el balón se me acercaba. Corría de aquí para allá, infructuosamente, como bola sin manija, hasta que me cansaba y me salía de la cancha… total, nadie se daba cuenta… Absolutamente frustrante.

Un día, vaya uno a saber por qué, la cosa cambió. Fue en Villa Gesell, en un partido playero. De la nada, mis pies respondían coordinadamente a las órdenes dictadas por mi cerebro. Me convertí en un jugador elegante, de gambeta larga, tacos, caños, rabonas y buena pegada. Hasta pensé en probarme en algún club pero, por motivos diversos, eso nunca ocurrió. De hecho, con el tiempo, terminé por orientarme hacia otro deporte que había comenzado a practicar de purrete: el basket (o basquetbol, o basquetbOl, con acento en la o según algunas versiones castellanizadas).

Por un lado, supongo que fue la influencia de mi padre que, siempre patadura para el fútbol, todavía conservaba en mi niñez algunas habilidades de sus épocas pasadas de joven basquetbolista y jugábamos de vez en cuando. Por otro, mi mejor amigo de la primaria (algo que no me abundaba por aquellos tiempos) se había metido en Atlanta y yo lo seguí – así, también terminé practicando karate, pero eso es otra historia -. Le estaba agarrando la mano a la cuestión del enceste, cuando el club se fue al tacho. Era 1988, la revista El Gráfico cambiaba de precio de número a número y otras dos millones de cosas más en el país también. El golpe de estado no vino con uniformes, sino con un prolongado boicot económico, al final del cual los australes no servían ya ni para hacer papel machè. Mientras tanto, un señor de pera / mentón pronunciada/o le gritaba a Doña Rosa "¡se puede!" y otro, de patillas aun más pronunciadas que la/el pera/mentón del otro señor, avisaba que "vuelve el carnaval", "se viene la Revolución Productiva" y "¡Siganmé!, que no los voy a defraudar". La competencia por quedarse con los restos del naufragio se la quedó el de las patillas y los atuendos bizarros… ahora bien, cumplir, cumplió. El carnaval volvió, aunque él nunca había aclarado los detalles ni para quién era que retornaría o qué entendía por carnaval. La segunda frase, estoy convencido, había sido dicha con tono sarcástico, pero, por alguna tendenciosa razón (seguro), la gente eligió entenderla literalmente y de ahí el malentendido. La tercer frase estaba tomada del Flautista de Hamelin, y nadie se dio cuenta de brutos que somos. (si no saben quién es el Flautista de Hamelin, búsquenlo en el todopoderoso Google). La cuestión es que se acabó el basket en Atlanta (y karate también).

Años después, el retorno a las canchas era ineludible, y así fue. No obstante, en el último tiempo, por horarios complicados, no hay espacio para entrenamientos o torneos, así que hay que conformarse con el picado. Cada sábado que se puede, entonces, cumplo con la pequeña ceremonia. Ahora bien, cuando el picado es al aire libre y estuvo lloviendo toda la noche, se complica la asistencia… Entonces, por esas cosas que uno hace de probar de todos modos porque se necesita despuntar el vicio, vas. Cuando llegás, no está ni el loro, o el loro está, pero está solo y, ante tanta soledad, está muy cómodo chupando una cerveza. A lo sumo, le arrancás la pelota del bolso y te vas a tirar un rato, hasta que el loro te intima que se tiene que ir, y tirar al aro con una pelota imaginaria tiene aun menos gracia.

Pero el día no se ha acabado, ya estás afuera y, entonces, ya que estoy por ahí, opto por caminar hasta la costanera, hasta el parador que a mi me gusta. El camino está lleno de pescadores, gente paciente que se pasa el día. Está también el que se trae su pequeña casa rodante llena hasta el techo de cosas y cositas para vender, desde carnada a mate, pasando por sillas y creo haber visto hasta un tiki taka. Vivimos al lado del río y no lo vemos, prácticamente, jamás, pienso…

Me siento en uno de los bancos del pasillo que avanza sobre el río, detrás del parador. Paso una papa frita por el ketchup y me quedo mirando el paisaje. El agua me calma, siempre, y el río este se extiende hasta perderse de vista. En un paseo en Vicente López (¿o es ya Olivos ahí?), se da incluso que si uno cierra los ojos, el río suena a mar. Hoy no suena el celular, cualquier pantalla relacionada conmigo está a un par de kilómetros de distancia, los ruidos infernales de la interminable construcción de al lado no llegan y las profecías del fin de la Argentina se toman un respiro. El cielo parece una pintura mate…

 Con los avances tecnológicos, se ha ido perdiendo la tradición de la pintura mate. Artistas especializados armaban cielos, paisajes o mundos para las películas, imposibles o extremadamente caros de construir en la realidad. Ahora lo mismo se hace, en la mayoría de los casos, en la computadora, pero no es lo mismo pintar con el mouse o con instrucciones o cálculos matemáticos que tocando el material realmente con las manos… está bueno embarrarse un poco… La cuestión es que el cielo hoy se me parece una pintura mate…

Detrás mío, una familia se cuenta historias de fantasmas (y yo me pongo a pensar en la del siniestro pitufo maléfico de las largas tijeras oculto en el estampado de una cortina infantil), mientras se pasan el mate (el de la yerba y la bombilla).

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