Imágenes Alteradas

De agua hasta el cuello y gente que va y que viene

Written by Kappuz

March 4th, 2010 at 9:25 am

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Tengo anotaciones que no conducen a ningún lado sobre pueblos inundados… no, hundidos, que no es lo mesmo. En el medio de las elucubraciones, llueve y terminamos navegando Buenos Aires en gomones mientras la historia insiste de manera muy grosera en repetirse y los vaticinios del fin del mundo (en Argentina, el resto del planeta seguirá tranquilamente su curso, por supuesto) se multiplican.

Sigo buscando la pista que me lleve por buen camino, que me haga entender un poco más la obsesión por esas pequeñas ciudades las cuales el agua se tragó. No fueron borradas del mapa; quedaron ahí abajo para quien quisiera buscarlas. Para los hijos de los que se fueron, esos pueblos sólo quedan en fotos y algún súper 8 gastado.

Alguien el año pasado me dejó también la cuestión de las migraciones. Como casi todo porteño, soy descendiente de inmigrantes. Uno nace en un lugar y lo da por sentado: el lugar existe, está ahí, es mío, ¿por qué habría de irme? Y, sin embargo, a veces armás la valija y te vas. De golpe sos un migrante… un emigrante en un lado, un inmigrante en el otro.

Mis abuelos paternos vinieron de Polonia. Siempre me pregunté por qué catzo habían venido acá cuando la mayoría de sus parientes había elegido otro destino. Porque había que elegir. Parece ser que a unos muchachos a caballo su aldea judía no les caía muy bien y, entre otras cosas, cada tanto se les daba por pasar a saludar y, de paso, quemar, rapiñar y golpear lo que podían. Así y todo, tres hermanos de mi abuelo optaron por quedarse.

Cena. Sobremesa familiar, influencia del alcohol mediante, mi hermano comienza a interrogar a mi padre sobre su historia – interrogatorio es el término adecuado -. Mi madre, que no le alcanza laburar lo que laburó en el día, amaga con levantar los platos, pero sendos bufidos de sus dos hijos la convencen de quedarse en el molde. Luego de mirar ansiosamente los platos por unos segundos, consigue relajarse (o eso aparenta).

Jugando con el tenedor, mi viejo contesta y se explaya – cosa que no siempre puede, porque los dos hijos le salieron bocones y algo egocéntricos -. Aparece, como siempre, el almacen, la parra, los vecinos, el conventillo.

Aparece mi abuelo y la pregunta sobre Argentina. Aparece mi abuelo que no tenía suficiente dinero para pagar el pasaje al otro destino y que no quiso préstamos, así que compró el pasaje, que sí podía pagar, a Buenos Aires. Que allá era carpintero y acá trabajó en el puerto y luego fue almacenero. Que le costaba reírse.

Está mi viejo armando sus valijas y yéndose, con mi abuelo el inmigrante llorando en el aeropuerto.

Está mi viejo de vuelta en Buenos Aires que no está ni allá ni acá, migrante, un poco de e y un poco de in… y mi viejo ahora mira en silencio y yo pienso que, tantos años después, sigue migrante…

Mi madre vuelve a mirar con ansiedad los platos, así que se los quitamos de la vista. Mi hermano lava la vajilla (la va-ji-li-a), mientras yo soluciono el último entuerto de mis padres con el procesador de texto. El diálogo siempre es el mismo:

– No sé qué pasó, se volvio loca la máquina

– ¿Sabés que poca credibilidad que tiene esa frase viniendo de ustedes? ¿Te acordás que tocaste?

– No, de repente se puso así y se borró todo. Máquina de mierda, la odio.

Vuelvo a casa caminando, pasando por el edificio de la esquina, el que está ocupado por varias familias peruanas, el que está a una cuadra de la fila de supermercados chinos – son cuatro y cada uno a media cuadra del otro -, al lado del tallercito de costura de la rusa que se instaló hace unos meses. Saco lo que queda de mi reposera al balcón y me siento a mirar un rato mi luna.

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