Imágenes Alteradas

Bicentenario: Una cuestión semántica (I)

Written by Kappuz

May 25th, 2010 at 5:10 pm

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Típico. Cuando necesitás que el subte venga rápido, ves cómo por la vía de enfrente pasa dos veces y el tuyo todavía no llega. Y eso, últimamente, cuando no bajás apurado la escalera y ves el cartelito de "Línea B con demora" o con algún paro sorpresivo del cual todos tienen la culpa (gremio, sindicato y empresa) y nadie tiene la culpa (gremio, sindicato y empresa). Llamémoslo el Sindrome del Gran Bonete, que está muy en boga a nivel internacional y local: "¿Quién señor? ¿Yo señor? No soy yo quien la tiene (la responsabilidad, la madurez, la autocrítica, y todas esas cosas que uno aprende que son como Papá Noel y los Reyes Magos, de los cuales se duda seriamente de su existencia)".

En fin… el señor delante mío se inclina 30 grados sobre las vías intentando ver a lo lejos las lucecitas esperanzadoras del próximo tren. Es ese momento donde ves que un reflejo dorado aparece y crece sobre las vías a lo lejos y empezás, si sos lo suficientemente obsesivo (¿yo señor?, no señor), que a partir de ese instante que se acerca en el cual pongas pie sobre el vagón, te faltan tantos minutos para llegar X cantidad de minutos tarde adonde se suponía que deberías haber llegado tantos minutos antes (obsesivo sí, puntual no). El hombre incrementa el ángulo de inclinación para intentar extender su visión más allá de la curva del túnel y temo que, en realidad, sólo esté juntando fuerzas para arrojarse a las vías y acabar con la terrible espera. Yo entiendo que esto del funcionamiento azaroso del subte le ponga suspenso a la cosa, pero a la gente se le va la mano.

Una pareja, sobre una de las paredes, aprovecha la demora para ponerse al día con la cuota de besos con lengua, o quizás están haciendo acopio.

Llega un tren. Lógicamente, las sardinas enlatadas viajan más cómodas. Se abren las puertas, y salen vomitadas, a saber: una señora mayor con un changuito de compras, una flaca y un flaco de estatura media-baja – con las caras bien rojas y respirando agitados como, por ejemplo, si hubieran estado, digamos, ahogándose -, otro flaco leyendo el diario, un celular y una billetera que han cambiado de manos, una chica que se arroja en clavado sobre el andén antes que le cierre la puerta, un perro. Entran: una señora mayor sacudiendo codazos con generosidad, un señor excedido en varios kilos que usa la panza como fuerza de choque, tres flacos que llegan corriendo y consiguen con potentes empujones el milagro de la fusión de cuerpos (que vayan dos donde sólo había lugar para uno), un perro. Uno de los muchachos con sindrome de ariete queda haciendo equilibrio como para que parezca que está dentro del coche y, entonces, se cierre la puerte y la presión lo mantenga estabilizado. "Flaco… ¡y la reconcha de tu madre! ¡me estás ahogando, pelotudo, bajate!", se escucha desde algún intersticio por el hueco carnoso de algún infinitesimal tunel humano entre un codo y un hombro. No hay lugar pa más nadie. Se cierra la puerta, nomás, y quedan visibles viajando acariciados por el viento: medio gabán, la punta de una mochila, la manga de una campera, un pedacito de pantalón. Ya disolviéndose en el aire, como un leve murmullo que se aleja con el traqueteo del tren, se escucha una vez más: "¡me ahogo, pelotudooooooo!".

El tren se va. El señor del cuerpo inclinado queda en el andén mirando… mira con el corazón partío, la cara hecha una mueca de desolación: los ojos bien abiertos, las cejas arqueadas, la boca que se le cae.

Fast forward.

Tres trenes después (¿o fueron cuatro?), el señor del cuerpo inclinado se aferra a una de las argollas del coche del subte en el cual logró infiltrarse como si su vida dependiera de ello. Mira con desconfianza a su alrededor. Contra una puerta, una chica habla sola, enojada; cada tanto hay alguno que la mira de reojo, curioso, preocupado o, simplemente, con temor de que se brote del todo y mate a alguien. Hay también quien la mira y, quizás, se pregunta si no es una actriz que en cualquier momento sacará la gorra al finalizar su acto. Ayuda que, en el vagón de al lado, un duo de comediantes recrea la rutina de la pareja problemática a los gritos.

Delante mío, sentadas, dos personas leen sendos diarios. En uno se lee que fulano de tal ganó un cargo por "unanimidad" (así, entrecomillado; el entrecomillado podría ser una cita, pero también la puesta en duda del término… "¿por unanimidad? ¿en serio? ¿seguro seguro? algo hubo detrás, cantado…"). En el otro, sin comillas, que lo ganó por consenso (léase: no hubo dudas, estaban todos de acuerdo que era la mejor opción, consenso equivale a dejar las diferencias afuera, diálogo, algo natural y lógico). Un señor mayor a mi lado empieza "¡Nunca hubo un momento peor en este país! ¡Somos una verguenza, una fantochada! ¡Qué pensarán de nosotros afuera!". Una señora igual de mayor lo mira y dice en voz alta, como para quien quiera escucharla "Hay algunos que tienen memoria selectiva, me parece…". El otro, insiste más fuerte, "¡Nunca hubo un momento peor en este país! Y mirá que yo viví los años de Perón".

 Salgo corriendo del subte (no, no es horror, aunque bien podría serlo), para encontrarme en Plaza de Mayo, rodeado de vallados, carros y extraños escenarios en cada uno de ellos…

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