Imágenes Alteradas

“Señor no: compañero”

Written by Kappuz

Noviembre 2nd, 2010 at 4:37 am

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Era un miércoles. Por una de esas cosas del destino, había aceptado trabajar (en aquello que digo que "me paga las cuentas" mientras mis cosas comienzan a moverse también con retorno en forma de vil metal). Luchando contra la fiaca, pegué un salto de la cama para tratar de aprovechar la mañana y dejar algunas cosas encaminadas de la interminable lista de cosas por resolver (que siempre me las ingenio para incrementar). No prendí la tele ni leí ningún diario. Simplemente, me puse a escribir, mandar mails, editar, mientras calculaba el tiempo para hacerme una escapada a alguna escuela en caso de que el censista no llegara antes que yo tuviera que partir. A punto de largarme hacia la aventura, sonó el timbre, bajé a la planta baja como el resto de mis vecinos, me censé y subí para agarrar mis bártulos y volar, sólo para darme cuenta que en realidad todavía me quedaba una hora de tiempo…

Desensillé nuevamente y, por una de esas cuestiones, se me ocurrió chequear Facebook. Un amigo se indignaba ante los comentarios burlones frente a la muerte de Nestor Kirchner… ¿Eh? Este hombre tiene la tendencia a la exageración, y las bromas pesadas tampoco se inventaron ayer. Recién ahí entré a buscar noticias por primera vez en el día…

El año pasado se enterró a Raul Alfonsín, un recuerdo de mi niñez, asociado más bien en mi casa a la experiencia de mi padre. Yo era un purrete por aquel entonces, y si bien los libros de historia y los documentos te informan, no por eso se produce un ligue afectivo a esa época. Sencillamente, uno ve con otros ojos. Lo que ocurrió el miércoles 27 de octubre de 2010 atravesaba diez años de mi vida adulta, comenzando a partir de la crisis galopante con la que dimos la bienvenida al nuevo siglo.

La muerte, en general, me desconcierta… ¿qué se supone que uno debe sentir? El error ahí es la palabrita "debe". No hay recetas. No siendo ya extraña la muerte en mi historia familiar, sin embargo creo que, por primera vez, sentimientos contradictorios me tomaron por asalto… miedo, enojo, tristeza, fuera el miedo… Y no me considero ni peronista ni kirchnerista, tampoco acrítico, pero se me hizo evidente, aun más que antes, que por primera vez en mis 33 años me vengo sintiendo representado por un grupo de miembros de la clase política, incluso a pesar de las contradicciones y los aspectos negativos. No es algo menor…

Tuve que pasar por Plaza de Mayo al mediodía y ya estaba llegando gente por las calles de los costados. De a uno, de a dos, en grupo. Y había llanto, y carteles ya pegados sobre las rejas de la Casa Rosada. Las cámaras se iban apostando, con algunas notorias ausencias apocalípticas.

Volví a la plaza por la noche. De esa plaza que iba llenándose lentamente al mediodía se había pasado una repleta, y repleta de todo… Había banderas de múltiples agrupaciones, pero también gente suelta y grupos sin banderas específicas. Había gente joven y gente anciana. Había también quien aprovechaba la muchedumbre para vender Coca Cola en vasos de Starbucks (no quiero saber de dónde los sacó), panchos y cerveza. Había mate, onda fogón, y también abrazos desconsolados. Había cánticos y necesidad de silencio. Había gente haciendo fila para poder acercarse a la Casa y otros que se conformaban con mirar por entre el vallado. Había turistas curiosos con mirada fascinada por el espectáculo y bebes que quizás nunca fueran a recordar el momento. Había una pila de mensajes en el centro, al lado de la Pirámide de Mayo (pirámide que, en realidad, es un obelisco trunco…); una chica que venía sacando fotos se arrodilló para leer más detenidamente los mensajes que se iban superponiendo, hasta que llegó a uno que decía, simplemente, "Nos vemos, compa", y lloró. Había un muñeco inflable de Evita, también una bandera con NK vestido de Eternauta.

La muerte, con eso que tiene de inexplicable, trae estas cosas. Es un hecho extremo que te interpela, que se te viene encima y te espeta sin asco "¿y vos que haces de tu vida?". El espacio público es lo que nosotros hacemos de él, que es algo que no siempre se entiende. Sobre todo, después de los ’90s, se asume que el espacio público es de otro. Es de todos únicamente cuando te cortan la calle con un piquete - ahí cuando siempre salta algún "¡a estos negros de mierda hay que matarlos a todo, loco, no puede ser así!" -. Pero cuando hay que defenderlo, o hacerse cargo de qué hacer con él, puf, gana la fiaca. Total, estimados, asumámoslo, es siempre más fácil decir que el otro es un hijo de puta que decidir y accionar sobre cómo queremos vivir. Es doloroso hacerlo, pero es más fácil renunciar que luchar por algo…

Cuando el 19 de diciembre de 2001, por la noche, llegué al Congreso en medio de calles que festejaban la renuncia de Cavallo, en un día que había visto saqueos extrañamente sincronizados, una mujer entrada en años trepada a una de las esculturas de las escalinatas me señalaba la bandera argentina que sostenía. Me miró, señaló el gentío y me gritó "¡Esto es para vos, flaco, es para ustedes!", cuando pocos meses antes un hombre mayor, en otra marcha, me pedía disculpas por el país que nos habían dejado a los jóvenes…

El 27 de octubre, por la noche, mientras caminaba por la plaza repleta, repleta de todo, un abrazo me agarró por sorpresa. Un pendejo con quien había jugado al basket, un flaco que hace tres años me sacaba de quicio. Yo era primera y él un cadete creído, al que consideraba que no le importaba nada. Me tomó por sorpresa, me saludó con ganas y me tiró un "volvé, así tengo con quien hablar de política". Me quedé mudo, estupefacto, dije alguna boludez como "¡qué grande que estás!". El flaco milita en la Campora, el flaco eligió jugarse por algo, que algo le importe, algo que le hace querer debatir y pensar cómo quiere vivir. Cuando se fue, para pasar pidió permiso "Permiso, señor", el otro se dio vuelta, le sonrió "Señor, no: compañero". Y ahí me quedé unos minutos, mudo, estupefacto, tarado, emocionado.

Mientras todavía pienso en eso, más tarde, ahora en una pizzería de Corrientes y Callao, en la tele pasan por enésima vez un clip memoria sobre NK. En las redacciones apocalípticas, editores furiosos afilan los dientes. Ese mismo día, don Rosendo Fraga ya, de hecho, se ha tomado la libertad de enviarle vía La Nación una lista de recetas a CFK con puntos a modificar del modelo. Ataco la fugazzeta y me quedo pensando en la condescendencia de un país patriarcal, en lo que se viene, en buitres y anuncios de fin del mundo, cuando un aplauso cerrado me arranca de mis divagues. En la pantalla, NK hace bajar las fotos de Videla y Bignone de las paredes del Colegio Militar.

La muerte de NK me pegó como no me imaginaba que pudiera hacerlo. Pero, a diferencia de otras muertes, donde son el final de algo, la conclusión, incluso cuando es apresurada, precoz, antes de tiempo, esta fue otra cosa. Caminando por la plaza, no podía evitar estar cada vez más convencido de algo: esto recién comienza, pese a quien le pese.

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