Imágenes Alteradas

Mirando la taza de te

Escrito por Kappuz

April 12th, 2010 at 3:51 am

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Bolichón. Esperando mi almuerzo. Otra ciudad. Miro la taza de té de coca, con la hojitas girando por el ultimo golpe de cuchara, y me pregunto qué hago acá.

Hay momentos donde te preguntas qué es lo que andás buscando y, simplemente, no tenés una respuesta. Vas, aunque sin saber del todo con certeza hacia qué y, de todos modos, sabés que es por ahí…

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De agua hasta el cuello y gente que va y que viene

Escrito por Kappuz

March 4th, 2010 at 9:25 am

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Tengo anotaciones que no conducen a ningún lado sobre pueblos inundados… no, hundidos, que no es lo mesmo. En el medio de las elucubraciones, llueve y terminamos navegando Buenos Aires en gomones mientras la historia insiste de manera muy grosera en repetirse y los vaticinios del fin del mundo (en Argentina, el resto del planeta seguirá tranquilamente su curso, por supuesto) se multiplican.

Sigo buscando la pista que me lleve por buen camino, que me haga entender un poco más la obsesión por esas pequeñas ciudades las cuales el agua se tragó. No fueron borradas del mapa; quedaron ahí abajo para quien quisiera buscarlas. Para los hijos de los que se fueron, esos pueblos sólo quedan en fotos y algún súper 8 gastado.

Alguien el año pasado me dejó también la cuestión de las migraciones. Como casi todo porteño, soy descendiente de inmigrantes. Uno nace en un lugar y lo da por sentado: el lugar existe, está ahí, es mío, ¿por qué habría de irme? Y, sin embargo, a veces armás la valija y te vas. De golpe sos un migrante… un emigrante en un lado, un inmigrante en el otro.

Mis abuelos paternos vinieron de Polonia. Siempre me pregunté por qué catzo habían venido acá cuando la mayoría de sus parientes había elegido otro destino. Porque había que elegir. Parece ser que a unos muchachos a caballo su aldea judía no les caía muy bien y, entre otras cosas, cada tanto se les daba por pasar a saludar y, de paso, quemar, rapiñar y golpear lo que podían. Así y todo, tres hermanos de mi abuelo optaron por quedarse.

Cena. Sobremesa familiar, influencia del alcohol mediante, mi hermano comienza a interrogar a mi padre sobre su historia – interrogatorio es el término adecuado -. Mi madre, que no le alcanza laburar lo que laburó en el día, amaga con levantar los platos, pero sendos bufidos de sus dos hijos la convencen de quedarse en el molde. Luego de mirar ansiosamente los platos por unos segundos, consigue relajarse (o eso aparenta).

Jugando con el tenedor, mi viejo contesta y se explaya – cosa que no siempre puede, porque los dos hijos le salieron bocones y algo egocéntricos -. Aparece, como siempre, el almacen, la parra, los vecinos, el conventillo.

Aparece mi abuelo y la pregunta sobre Argentina. Aparece mi abuelo que no tenía suficiente dinero para pagar el pasaje al otro destino y que no quiso préstamos, así que compró el pasaje, que sí podía pagar, a Buenos Aires. Que allá era carpintero y acá trabajó en el puerto y luego fue almacenero. Que le costaba reírse.

Está mi viejo armando sus valijas y yéndose, con mi abuelo el inmigrante llorando en el aeropuerto.

Está mi viejo de vuelta en Buenos Aires que no está ni allá ni acá, migrante, un poco de e y un poco de in… y mi viejo ahora mira en silencio y yo pienso que, tantos años después, sigue migrante…

Mi madre vuelve a mirar con ansiedad los platos, así que se los quitamos de la vista. Mi hermano lava la vajilla (la va-ji-li-a), mientras yo soluciono el último entuerto de mis padres con el procesador de texto. El diálogo siempre es el mismo:

– No sé qué pasó, se volvio loca la máquina

– ¿Sabés que poca credibilidad que tiene esa frase viniendo de ustedes? ¿Te acordás que tocaste?

– No, de repente se puso así y se borró todo. Máquina de mierda, la odio.

Vuelvo a casa caminando, pasando por el edificio de la esquina, el que está ocupado por varias familias peruanas, el que está a una cuadra de la fila de supermercados chinos – son cuatro y cada uno a media cuadra del otro -, al lado del tallercito de costura de la rusa que se instaló hace unos meses. Saco lo que queda de mi reposera al balcón y me siento a mirar un rato mi luna.

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Tormenta de ideas…

Escrito por Kappuz

February 28th, 2010 at 3:59 pm

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Un taxi atravesó flotando la avenida sin conductor. Lo hizo lento, pausado. En el medio, un colectivo de la línea 92 por poco pasa haciendo sapito.

Con el agua trepando los cuatro escalones hasta la entrada del edificio, mi portero mira entre resignado y asombrado. Uno de los vecinos va de aquí para allá hecho una furia mirando con bronca su celular. Le pregunto a quien llama…

"A los bomberos"

Lo atienden

"Sí, señorita. Mire, llamo para pedirles, por favor, que manden alguien para cortar el tráfico en Ángel Gallardo y Corrientes, porque estamos con un metro de agua y siguen pasando todos los colectivos haciendo olas… ¿Cómo que no puede hacer nada? No, señorita, ya llamé a Defensa Civil y me dijeron que llame acá… No, señorita, ya llamé a la policía y me dijeron que llame a Defensa Civil… "

La llamada se continúa y mi vecino llega al punto en que se le está por escapar una diarrea de puteadas.

"¡Hola! ¿Hola? ¡Hola! Me cortó…"

Delante del edificio pasa un convoy de tachos de basura en dirección oeste. Baja un vecino de los viejos… mira y dice, para quien lo quiera escuchar:

"Es el lago del Parque Centenario, que desborda cuando llueve así"

Mi vecino lo mira y temo que lo ahorque.

Pasa un auto a todo lo que da y varias olas revientan contra las paredes del edificio. Se escucha un "¡Y la puta que te remil parió!", que cobra cuerpo cuando un flaco de baja estatura aparece con el agua hasta la cintura, pero mojado como si hubiera salido a nadar, seguido de un tacho de basura que se separó del convoy, a su vez seguido de una valiza que ha devenido claraboya nómade.

Para cuando los nenes del vecino del primero salen corriendo con sus tablas de telgopor para barrenar – la abuela, parece ser, les grita "¡Tengan cuidado con los colectivos!", para de llover, el agua ya está bajando, y vuelven desilusionados a su casa.

Pasan 15 minutos y ya no hay rastros del agua, salvo en los edificios que se quedaron sin luz (y, más tarde, irónicamente, sin agua). Cacerolazos por segunda vez en la semana. Los nenes del primero salen corriendo con sus cacerolas a la calle.

Ya dos días después, no hay más agua donde no debe y se ha hecho la luz. Se puede retornar tranquilamente a los anuncios del próximo Apocalipsis.

El vecino de arriba tiene la tele con el volumen bien a tope y se escucha que es claro el inminente colapso total de la Argentina hasta profundidades jamás jamás jamás vistas. Del otro lado de la calle, "¡Gooooooooooool! ¡Vamos River, carajo y la concha de su madre!", a lo que alguien que pasa por ahí le responde "¡Callate, gallina puta!". Todo ha vuelto a la normalidad.

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Un divague de sábado

Escrito por Kappuz

February 13th, 2010 at 5:52 am

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De chico no era bueno jugando al fútbol. En la clase de gimnasia – la cual teníamos en el club Almagro, que ahora está cubierto en su mayoría por una cadena de gimnasios que empieza con M -, de vez en cuando, terminaba lagrimón frente a la cruel ignominia a la que me tenían sometido mis compañeritos, que hasta me sacaban la pelota de los pies si veían que el balón se me acercaba. Corría de aquí para allá, infructuosamente, como bola sin manija, hasta que me cansaba y me salía de la cancha… total, nadie se daba cuenta… Absolutamente frustrante.

Un día, vaya uno a saber por qué, la cosa cambió. Fue en Villa Gesell, en un partido playero. De la nada, mis pies respondían coordinadamente a las órdenes dictadas por mi cerebro. Me convertí en un jugador elegante, de gambeta larga, tacos, caños, rabonas y buena pegada. Hasta pensé en probarme en algún club pero, por motivos diversos, eso nunca ocurrió. De hecho, con el tiempo, terminé por orientarme hacia otro deporte que había comenzado a practicar de purrete: el basket (o basquetbol, o basquetbOl, con acento en la o según algunas versiones castellanizadas).

Por un lado, supongo que fue la influencia de mi padre que, siempre patadura para el fútbol, todavía conservaba en mi niñez algunas habilidades de sus épocas pasadas de joven basquetbolista y jugábamos de vez en cuando. Por otro, mi mejor amigo de la primaria (algo que no me abundaba por aquellos tiempos) se había metido en Atlanta y yo lo seguí – así, también terminé practicando karate, pero eso es otra historia -. Le estaba agarrando la mano a la cuestión del enceste, cuando el club se fue al tacho. Era 1988, la revista El Gráfico cambiaba de precio de número a número y otras dos millones de cosas más en el país también. El golpe de estado no vino con uniformes, sino con un prolongado boicot económico, al final del cual los australes no servían ya ni para hacer papel machè. Mientras tanto, un señor de pera / mentón pronunciada/o le gritaba a Doña Rosa "¡se puede!" y otro, de patillas aun más pronunciadas que la/el pera/mentón del otro señor, avisaba que "vuelve el carnaval", "se viene la Revolución Productiva" y "¡Siganmé!, que no los voy a defraudar". La competencia por quedarse con los restos del naufragio se la quedó el de las patillas y los atuendos bizarros… ahora bien, cumplir, cumplió. El carnaval volvió, aunque él nunca había aclarado los detalles ni para quién era que retornaría o qué entendía por carnaval. La segunda frase, estoy convencido, había sido dicha con tono sarcástico, pero, por alguna tendenciosa razón (seguro), la gente eligió entenderla literalmente y de ahí el malentendido. La tercer frase estaba tomada del Flautista de Hamelin, y nadie se dio cuenta de brutos que somos. (si no saben quién es el Flautista de Hamelin, búsquenlo en el todopoderoso Google). La cuestión es que se acabó el basket en Atlanta (y karate también).

Años después, el retorno a las canchas era ineludible, y así fue. No obstante, en el último tiempo, por horarios complicados, no hay espacio para entrenamientos o torneos, así que hay que conformarse con el picado. Cada sábado que se puede, entonces, cumplo con la pequeña ceremonia. Ahora bien, cuando el picado es al aire libre y estuvo lloviendo toda la noche, se complica la asistencia… Entonces, por esas cosas que uno hace de probar de todos modos porque se necesita despuntar el vicio, vas. Cuando llegás, no está ni el loro, o el loro está, pero está solo y, ante tanta soledad, está muy cómodo chupando una cerveza. A lo sumo, le arrancás la pelota del bolso y te vas a tirar un rato, hasta que el loro te intima que se tiene que ir, y tirar al aro con una pelota imaginaria tiene aun menos gracia.

Pero el día no se ha acabado, ya estás afuera y, entonces, ya que estoy por ahí, opto por caminar hasta la costanera, hasta el parador que a mi me gusta. El camino está lleno de pescadores, gente paciente que se pasa el día. Está también el que se trae su pequeña casa rodante llena hasta el techo de cosas y cositas para vender, desde carnada a mate, pasando por sillas y creo haber visto hasta un tiki taka. Vivimos al lado del río y no lo vemos, prácticamente, jamás, pienso…

Me siento en uno de los bancos del pasillo que avanza sobre el río, detrás del parador. Paso una papa frita por el ketchup y me quedo mirando el paisaje. El agua me calma, siempre, y el río este se extiende hasta perderse de vista. En un paseo en Vicente López (¿o es ya Olivos ahí?), se da incluso que si uno cierra los ojos, el río suena a mar. Hoy no suena el celular, cualquier pantalla relacionada conmigo está a un par de kilómetros de distancia, los ruidos infernales de la interminable construcción de al lado no llegan y las profecías del fin de la Argentina se toman un respiro. El cielo parece una pintura mate…

 Con los avances tecnológicos, se ha ido perdiendo la tradición de la pintura mate. Artistas especializados armaban cielos, paisajes o mundos para las películas, imposibles o extremadamente caros de construir en la realidad. Ahora lo mismo se hace, en la mayoría de los casos, en la computadora, pero no es lo mismo pintar con el mouse o con instrucciones o cálculos matemáticos que tocando el material realmente con las manos… está bueno embarrarse un poco… La cuestión es que el cielo hoy se me parece una pintura mate…

Detrás mío, una familia se cuenta historias de fantasmas (y yo me pongo a pensar en la del siniestro pitufo maléfico de las largas tijeras oculto en el estampado de una cortina infantil), mientras se pasan el mate (el de la yerba y la bombilla).

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Caleidoscopio

Escrito por Kappuz

January 18th, 2010 at 4:34 am

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 Siguen saliendo las noticias sobre el desastre de Haití. Al margen del horror y la compasión, hay una fascinación morbosa por las cifras de muertos, por las historias, por la enormidad de la cosa. Haití, hoy, para usar alguno de los títulos dando vueltas, es un gran cementerio. Haití lleno de "nuevos desaparecidos"; miles y miles de cadáveres aun no identificados arrojados a las masivas fosas comunes. Y todos miramos, aunque sea una vez al día. Y, en ese instante, dejamos de ver al tipo que vive debajo de la autopista, donde come, duerme y caga, a sólo metros del casino flotante y de Puerto Madero.

Y, mientras tanto, en diarios y pantallas, chicanas, trompadas, torpezas y tacles politicos de todos los gustos y colores, y monstruos muertos vivos del pasado no tan lejano que reclaman seriedad. También está quien tiene abono semanal para anunciar algún apocalipsis. Y, también también también, está la gente de todas las edades que va por la calle repitiendo, y de golpe te encontrás no frente a un geronte con pinta de milico, sino frente a un pendejo que se queda a esto de defender a Videla, so pena de "la inseguridad que siente la gente hoy en día", y que, claro, "porque en aquella época, por lo menos, había orden… a un precio terrible, pero había orden". Cereza del postre, después mirás la potencial lista de candidatos a presidente para el 2011, y el Laberinto del Terror del Italpark (que estaba donde está ahora el muy paquete Parque Thais, con su escultura Botero) daba menos miedo. Mano dura, señores, sí, porque los negros con paco hasta el cuello dan miedo y es más fácil sacudir cabezas, el entongue o comprar dignidades que dar trabajo, educación, salud y, tengamos un brote de sinceridad: parte del asunto es que seguimos esperando el Mesías que venga y ponga el cuerpo por todos nosotros. Nos come el silencio, nos come esta cosa de pensar que todo "siempre ha sido así", que entonces sólo queda agachar la cabeza y seguir pa delante, que, lógicamente, entonces, no vale la pena jugarse por nada, porque acá "es siempre igual". Alguien, muchos, dirán, "pero yo me rompo el culo laburando, ¿de qué me estás hablando?"… y es que una cosa no tiene, necesariamente, que ver con la otra, no sé si se entiende…

Necesito despejarme… A falta de playa o montaña, al menos por ahora, me subo a un colectivo y parto hacia alguna feria…

En medio del calor agobiante, en la Feria de Mataderos, un gaucho retobau insiste con payar, aunque no se le escapa ni una palabra clara. La gente sonríe y aplaude igual; un aplauso y un beso no se le niegan a nadie, me dijo una vez una amiga. Entre choripanes, vacipanes y cerveza bien fría, vuelvo un rato sobre mí mismo y me quedo pensando qué es lo que me están contando estos pueblos hundidos bajo las aguas que tengo en el anotador…

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Hoja en blanco

Escrito por Kappuz

January 10th, 2010 at 6:07 am

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 Afuera, cuarenta de térmica, el cielo gris, y los truenos que amenazan (o amagan, depende de cómo lo quieras ver). Un viejo camina por la calle de enfrente con un paquete entre las manos. Frena, se encorva un poquito más, como si el calor se le cayera encima. Se apoya sobre la pared, se seca la frente con un pañuelo, y avanza de nuevo. Otro trueno.

He comenzado a pergeñar un documental. Pensaba que tenía una idea clara de hacia dónde quería ir, pero hete aquí que no. Ando acumulando anécdotas, historias, que no tengo claro en qué dirección me llevan. Quisiera contar más, pero no puedo aun…

Ahora sopla viento. Veremos qué es lo que se lleva y qué es lo que trae

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Ciudad cebolla

Escrito por Kappuz

December 20th, 2009 at 6:41 am

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 Horas delante de una pantalla en blanco. Te sentás dispuesto a escribir y… nada… Vas a la cocina, pispeás qué hay para picotear… nada inspirado y el bolsillo no da para darse demasiados gustos. Volvés. Ponés música. Buscás algo que te tire un salvavidas… nada… El proceso se repite varios días…

Salgo a la calle a encontrar escenas, pero todas se me hacen un poco parecidas. Pienso que el clima esquizofrénico y la humedad, sumados al cansancio, finalmente están haciendo sentir su erosión. El calor suele traer vestuario más liviano por parte del sexo femenino y eso uno lo agradece, al menos es un bálsamo para la falta de inspiración y el agobio que, a veces, significa vivir en Buenos Aires. No bien termino de pensar eso, que en la esquina de un semáforo un concierto de bocinazos me trae de vuelta a la tierra. Alguien se cruzó por donde otro quería interceptar a un tercero que trataba de girar hacia donde aquel decidía detenerse… 

Me arrojo de cabeza dentro del primer café que veo. Evito pedir, de hecho, café, porque, en momentos como este, sólo alimenta mi ansiedad y, sinceramente, no necesito más. Además, hoy la presión está por el piso, seguro que va a llover. Cuando siento que la cabeza se me parte, es que llueve… La televisión está prendida y pasan, por enésima vez, "¡Urgente! Asesinato brutal", que es el mismo que seguía siendo última noticia por la mañana, pero que ya lo deben haber pasado unas 500 veces, con lo cual podríamos decir que ya hubo 500 asesinatos brutales… o no… o me estoy yendo por las ramas… Una señora de labios mezquinos se indigna bajando la mirada hacia su té. Otro señor, que descubro leía en el diario la misma noticia que ahora se ve en la tele, levanta las cejas y le espeta al mozo que tiene parado a su lado "¡Hay que poner orden! ¡Así no se puede vivir!"

Mientras decido entre las cuatro opciones de bebida sin alcohol (aunque puede que termine optando por una cerveza), porque voy lento hasta con eso, los vidrios de la ventana del frente del bar tiemblan ante lo que parece una explosión. Pero no, es un trueno. Por un momento, pienso en las pelotas de golf que cayeron del cielo hace unos años y dejaron cientos o miles de coches en manos de los sacabollos (señores que se especializan en corregir las abolladuras producto de un choque o, como en este caso, un caso serio de granizado con premeditación y alevosía que te dejó el auto troquelado) y los seguros (¿el seguro te cubre por desastre natural?). Segundos después, la calle no se ve más. Una cortina de agua cae con violencia.

Una parejita ingresa corriendo. Están empapados. Primero, mandan, como corresponde, al aguacero a la puta que lo parió. Acto seguido, como ya el vendaval queda afuera, se miran hechos sopa, se ríen a carcajadas y se besan. El mozo se apiada de ellos y les alcanza una toalla. 

En la tele siguen anunciando el Apocalipsis, pero ahora con un gorrito de Navidad en el logo del canal.

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Historias de fantasmas

Escrito por Kappuz

November 6th, 2009 at 7:07 am

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 El otro día andaba por Nuñez y, como quien quiere la cosa, llegué hasta la ESMA. Cada vez que paso por delante de este predio, no puedo evitar preguntarme como habría sido entre el ´76 y el ´83. Digo, es como querer tapar un elefante con una frazada…

Lo rodeo. Ahora es el Museo de la Memoria, luego de años de disputa entre el gobierno nacional y el local (que, según me dicen, continúa) por ver quién se hacía cargo del lugar. ESMA trofeo… patético… En fin, lo veo de afuera, porque pegar una visita pegada es más complicado que ganar la lotería. Que tenés que llamar, pero no siempre te atienden… que te atienden, pero no tienen turno hasta dentro de dos semanas o dos meses. Mientras miro uno por uno por enésima vez los figurines que son la intervención artística sobre las rejas de la ex Escuela Superior de Mecánica de la Armada pienso que es coherente que, como sociedad con un serio problema de amnesia recurrente, nos sea tan difícil acceder al Museo de la Memoria (y eso sin mencionar que el Parque de la Memoria sigue sin terminarse, cuando el proyecto tiene más de diez años… mmm… es como una especie de patrón de comportamiento, ¿verdad?).

En el interior del predio, sentados al aire libre, medio embolados, dos cadetes de civil (si militares o policías quieren ingresar, deben hacerlo de civil, no de uniforme) me observan. Nomás que para molestar, amago con cruzar una de los portones. Uno de ellos se para, se acerca unos metros.

"¿Sí?"

"Nada, quería acercarme un toque, nada más"

"No está permitido, puede preguntar en informes por una visita guiada"

Hasta que, efectivamente, no retrocedo, él tampoco se mueve. Detrás suyo, una de las largas filas de árboles. Por ese camino, al final, en lo que era el gimnasio, está el centro cultural de las Madres de Plaza de Mayo. Una amiga ensayó ahí una obra el año pasado. "Por esa calle, los árboles lloran", me dijo. Me dan ganas de preguntarle al cadete qué opina del lugar que le toca custodiar, pero me vuelve a indicar con amable rigidez el camino de salida hacia el tráfico de avenida Libertador.

Salgo. Recuerdo que a una cuadra está el colegio Raggio, con cuyos alumnos compartí mi viaje de egresados.

Llego a la esquina de Comodoro Rivadavia. Del otro lado del boulevard (bulevar), está Defensores de Belgrano, donde algunos hinchas contaron algunas vez recordar ruidos que venían de la ESMA en la época en que era el centro de detención Selenio. A mi izquierda, una de las garitas que rodean el complejo. Adentro, un cana embolado.

Nunca he ido hasta el fondo, pero me han contado que hay otra garita que nadie quiere habitar. Dicen que se escuchan chicos jugando. Chicos que, por supuesto, nadie ve. También que hay unas escaleras por ahí que nadie quiere bajar, porque en el fondo se oye la voz de una mujer pidiendo ayuda. 

El otro día, en un laburo, un chofer me contaba cómo, cuando era la época del Mundial ’78 en la radio decían que la gente no venía a la Argentina porque se decía que acá había campos de concentración. Y él, con 15 años, pensaba "¡qué locura! ¿de qué hablan?", sólo para enterarse, unos años después, que a unas cuadras de su casa estaban el Olimpo y Automotores Orletti. Al Club Atlético lo desenterraron en el 2000 y ahí sigue siendo excavado debajo de la autopista en la avenida Paseo Colón y, parece, se descubrió otro en Virrey Zeballos e Independencia (o ahí nomás).

Mientras me dirijo hacia el colectivo, pienso en una de mis profesoras de la secundaria, que estrenó hace poco "La Santa Cruz". Fue lo que ocurrió en esa iglesia lo que un buen tiempo después haría famoso a Astiz, que en ese momento usaba el peculiar seudónimo de Gustavo Niño. Los cuerpos secuestrados en ese día y posteriores, algunos, al menos, habían aparecido en una orilla poco después, pero fueron sepultados en una fosa común en el cementerio de General Lavalle. Sólo en 2005 pudieron ser algunos de ellos (cuatro) identificados… algo así como 28 años esperando recuperar su nombre…

El colectivo llega. Subo. El chofer tiene la radio a todo volumen y el conductor está comentando sobre el reclamo por mayor seguridad de Marcelo Tinelli y que Mirtha Legrand llamó a marchar por el mismo pedido. Entre arranque y frenada brusca, la máquina bendita no me termina de tomar las monedas. Finalmente, me hago con el boleto (lo miro y pienso que extraño aquellos donde podía encontrar números capicúas, aunque, supongo, no así los choferes, que manejaba, cobraban y daban vuelto para entregar el dichoso boletito). Mientras camino hacia un asiento vacío en el fondo, llego a oír al conductor radial mencionando los diversos cortes de calle de la ciudad y que "es hora de poner orden".

Quien decide dormir en el colectivo, en líneas generales, suele tener un gesto en el rostro que indica incomodidad, pose forzada, escorzo insalubre, tortícolis en puerta. Esto suele ir acompañado de un abrazo de oso a la mochila o cartera de turno. El flaco que duerme atras mío, sin embargo, está, o parece, completamente relajado y ni frenadas ni banquinas alteran su paz adquirida.

Atrás queda la ESMA y, entonces, reparo en una chica, sentada en uno de los asientos con ventana, leyendo, concentrada. Se acomoda el mechón que se le escapa. Trato de descubrir qué lee y, en determinado instante, se da cuenta. Levanta la vista y me mira seria. Me muestra la tapa del libro y me sonríe.

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Voy en subte D, vuelvo en subte B

Escrito por Kappuz

November 3rd, 2009 at 6:04 am

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El transporte público es una pequeña jungla. Por alguna razón, los viajeros nos seguimos multiplicando, no obstante lo cual la cantidad de vehículos o vagones permanece igual, lo mismo que los autos particulares llenos de bocinazos esperando hacerse escuchar. Sumémosle a esto las medidas que toma el actual gobierno de la ciudad en cuanto a cortar más arterias de tránsito para destinar a calles peatonales y el adorable nuevo aumento de los peajes y entonces es una obviedad decir que el problema del traslado del propio cuerpo por la geografía porteña no se resuelve, sino que, meramente, se transforma en algo más incómodo. Pienso esto mientras, en un vagón del subte D, camino a Plaza de Mayo, una señora estampa su nariz en mi axila tras recibir un empujón de un trajeado desesperado por cual pieza de Tetris insertarse en lo que él interpretó como un espacio vacío del tren que estaba por partir llevándose las ilusiones de poder llegar a tiempo al laburo que si no le quitan el presentismo… 

Al menos, pienso luego, ya no pasan por el circuito cerrado de televisión los institucionales pidiéndole a los viajeros que traten de no usar el subte cuando necesiten movilizarse hacia algún destino. Eran unos clips algo cínicos que le indicaban al viajero que, si deseaba volver a su casa entre las 17 y las 19hs (es decir, cuando termina de trabajar), se le iba a hacer difícil el trayecto, con lo cual se le recomendaba elegir otros horarios. Personalmente, prefiero reírme como un idiota con los cortos animados de los Peques y pensar en las ganas que tengo de irme a El Bolsón o al parque Los Alerces (porque los duendecillos estos son de por esos lares). Pero, bajo la mirada y una mujer con cara de pocos amigos taclea impunemente a una chica para poder adelantarse y hacerse con el preciado asiento libre del vagón de turno.

Estando en la calle, recuerdo que necesito sacar turno para renovación del registro de conducir. Ingreso al sitio web de la ciudad, pero la información no me queda del todo clara. Llamo al 147, número indicado ahí para trámites. El conmutador me pregunta si quiero denunciar ñoquis, y siento el deseo lujurioso de decir que sí y apuntar los nombres de todo el gabinete porteño, aunque considero que ñoqui no sería el concepto apropiado y, entonces, opto por alguna de las otras opciones. Después de apretar azarosamente algunos numeritos, finalmente, alguien me atiende para comunicarme que están sin sistema. Declino amablemente el ofrecimiento de llenar telefónicamente una encuesta y me despido.

Fast forward… el día pasa en barrido, se va, se escurre y discurre. Llueve, sale el sol. La gente se agolpa, se apelmaza, allá, luego acá, luego por ahí. Un auto se sube a la vereda. Un peatón mira mal a un conductor; el conductor le devuelve la gentileza con un "¿qué te pasa, pelotudo?". Un motoquero se manda por donde no debe y, tras esquivar un poste de luz, gira mirando a ver a quién le puede echar la culpa de su maniobra. En la radio, la tele, los diarios e internet, se alternan los anuncios de Apocalipsis con las desmentidas. Para cuando uno se quiere dar cuenta, puf… ya se está haciendo de noche.

Café y dos churros bañados en chocolate en La Giralda (¿la Yiralda o la Jiralda?). Al salir, en lugar de ir hacia la estación Uruguay, opto por retroceder hacia la estación Carlos Pellegrini. Voy caminando en piloto automático, con lo cual no recuerdo si entro a la galería que corre por debajo de la avenida 9 de Julio o si voy directo al subte. Escucho música. Un flaco con su celu a todo lo que da escucha cumbia mientras cambia de la línea B a la D. Bajo las escaleras. Del lado que indica que va en dirección a Leandro N. Alem, un ciego vende curitas. Del otro costado, dos músicos van del jazz al tango entre tema y tema. La gente comienza a amucharse en el andén, calculando dónde caerá la puerta que les permita el primer paso hacia un asiento libre. Imagino que una hora antes esto debía estar mucho más repleto. Rostros cansados, serios, solos. Un par de chicas hablan animadamente y ríen con ruido.

El subte viene más vacío de lo esperado, hay lugar para todos. A esta hora ya no pasa el vendedor de soquetes Nike, pero hace un último intento el que ofrece "música para toda ocasión". Un chico hace malabares mientras otro chiquito mira por la ventana de la puerta opuesta hacia las vías que se escapan y, como si estuviera madrugando, luego cae el personaje que baila hip hop – en otro vagón, mientras, tocan cajón peruano -.

Llego a mi destino. Bajo. Me trepo a la escalera mecánica y, como hago siempre, me doy vuelta para observar quiénes suben. Alguno me mira extrañado.

Salgo a la calle pensando qué catzo cenar… Como si el día se lo hubiera dejado olvidado ahí, en la esquina del pasaje con murales de tango, sigue parado el hombre de lentes culo de botella que, cuando te ve pasar, grita tres veces, a cada vez más fuerte, "¡tres por seis! ¡tres por seis! ¡TRES POR SEIS!", para luego desactivarse de nuevo. Los chabonzuelos que se sientan a la puerta del cyber de frente azul que tiene pinta de cueva le dan un trago a lo que sea que estén tomando y comentan entre ellos que el cana de la esquina ya no los deja sentarse ahí. Al lado, en un negocio de cotillón, sigue en oferta el traje de diabla – que no pienso, precisamente, para mí -.

Cruzo.

El verdulero me saluda "¿cómo anda, amigo?". La fiambrería está cerrando y eso elimina la opción de queso y salamín. En el cafetín de la esquina, dos viejos empotrados a sendas sillas le dan un sorbo a su café mientras miran las noticias en la tele colgada de la pared (Crónica TV). El lavadero junto a mi edificio despide su ya tradicional olorcito a mugre. Saludo al kioskero, le compro chicles.

Abro la puerta del edificio. Saludo a la parejita de vecinos que me suelo cruzar; él saluda amablemente, ella, vaya uno a saber por qué, asiente con la cabeza con gesto de constipación, como siempre. Abro la puerta de mi casa y entro, ignorando los sobres con impuestos – quedarán en el suelo hasta el día siguiente -.

Arrojo la mochila en la silla de siempre. La remera transita el mismo camino. Los pequeños rituales del desensille se suceden.

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Orgullo

Escrito por Kappuz

October 21st, 2009 at 3:40 pm

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 Afuera llueve a cántaros. Es de tarde, pero no muy avanzada. De todos modos, tanto nube hace sombra. Estoy en el baño, sentado sobre la pileta. Tengo mi mate blanco y negro en la mano. Le doy una última sorbida. Miro fijamente hacia delante. Ante mí, el desafío: se ha roto el cuerito de la canilla de la ducha. Si abro la llave de paso del agua, chorrea que da gusto. La canilla me devuelve la mirada… Esta desarmada casi por completo, pero las pobres herramientas que tengo no me permiten terminar la hercúlea tarea. Decido que es hora de acabar con esta tortura que lleva ya semanas.

No me considero un completo inútil pero, la verdad, es que este temita del cuerito me resulta un misterio profundo. Voy a la ferretería que tengo a un par de cuadras, oráculo de todo conocimiento. Está todo el local pintado de verde (las ferreterías son siempre blancas o verdes). El que me atiende es el dueño, hombre de bigote eterno, camisa siempre a cuadros y jeans. El negocio es largo hacia  el fondo, pero sólo la zona del mostrador está iluminada. Hablando con este buen señor, se encuentra un paisano de esos que, seguramente, se pasan una o dos horas ahí dándole charla. Ambos me ven entrar. Me acerco tímidamente y comento mi dramática situación.

Pido una llave inglesa, pero me veo retornando a mi hogar con un "pico de loro" y dos cueritos (creo que hay otra canilla que está al borde de la rebeldía). El agua caliente está cerrada, así que desarmo tranquilo… para descubrir, cuando el agua me pega en la cara, que también debería haber cerrado la fría.

Consigo desarmar el complejísimo mecanismo. Coloco el reemplazo del cuerito caído en batalla. No entra… Intento de nuevo, probando otra estrategia. Nada.

Vuelvo al esquema de cómo realizar el procedimiento que tengo en la pantalla (obviamente, había buscado en Google "cómo cambiar un cuerito" y hasta encontré un video). No hay nada que me resuelva el enigma…

Me trago el orgullo y vuelvo a la santa ferretería. El paisano, lógicamente, sigue ahí. Comento mi dilema, a lo que el bigote me responde "pero, la canilla, ¿la tenés en posición abierta o cerrada? porque, cerrada, no entra el cuerito, la tenés que dejar en posición abierta". Ahá… mmm… claro…

Vuelvo, entro decidido. Armo la canilla. La dejo en posición abierta, etc, etc, etc., y… listo. Voy a la cocina, abro las llaves de paso. No escucho ningún tipo de ruido de pérdida. Regreso al baño. Abro el agua caliente y esquivo el chorro que sale de la ducha. Cierro y… cierra… Oh, emoción profunda, me siento más hombre y capaz de emprender cualquier tarea hogareña que se me presente… iupi.

Afuera, amaina la lluvia y empieza a clarear. El vecino, que hasta ayer me taladraba la cabeza con las noticias que anuncian la llegada del Apocalipsis (recordemos que ahora se viene el turno del Dengue, que falta que el nuevo congreso anule todo lo que pueda de la Ley de Servicios Audiovisuales recientemente sancionada y que se desaten unos cien escándalos más antes de fin de año), está escuchando Mercedes Sosa a todo volumen. Me descubro prestando atención a la letra. La Negra, de quien renegué todo este tiempo, canta "Si no creyera en el delirio, Si no creyera en la esperanza"… Caliento otro poco de agua y me siento con mi mate blanco y negro en mi sillón a mirar cómo las nubes se van escapando hacia la derecha de la ventana. 

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