Imágenes Alteradas

Café caliente al final del día

Escrito por Kappuz

September 27th, 2009 at 5:36 pm

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Frío. ¿De dónde salió tanto frío? Ayer estaba jugando en cueros un picado en Ciudad Universitaria y hoy no me alcanzaba para taparme. Se suponía que ya estábamos en primavera. Pausa. Hago memoria y me doy cuenta que pienso lo mismo cada septiembre. 

Suena "Blue Valentine", de Tom Waits, de fondo.

Hace dos días que estoy sin voz (no obstante lo cual, como es lógico y esperable cuando ocurren estas cosas, mis laburos de este fin de semana implicaban hablar entre 3 y 4 horas sin parar en cada ocasión). Es algo que me altera la paciencia. Cada palabra se vuelve un esfuerzo. Aquello que es tan natural, de repente, es una tarea que requiere especialización, detalle, cuidado. No podés gritar ni que te lo propongas. Hay que sacar el aire de más abajo, modular mejor. Así y todo, cada dos por tres, lo que sale por tu boca es un suspiro o un soplido rasposo que tus interlocutores hacen el intento de entender y conectar con lo que venías diciendo. Hablás, digamos, como una radio de señal pobre…

La calefacción, finalmente, va prendiendo, de a poco. Saco el agua del fuego, hago el café. 

Mañana de heladera. Vientito porteño calahuesos de freezer. Lluvia hijaeputa, guacha, desalmada, que no afloja (la que, cuando estás adentro y calentito ves con otros ojos). En el subte matinal, línea B, un par de flacos duermen en los vagones. Entre los pasajeros, caras de sueño, caras de resaca. 

Mediodía de heladera. Vientito porteño calahuesos de freezer. La lluvia ya no, pero sigue amenazando. Corro a la otra punta de la ciudad, atravesando pantallas y sonidos (hoy es domingo, así que los anuncios de Apocalipsis disminuyen y, además, en muchos está todavía presente la morbosamente fascinante tragicómica grotesca escena de la jueza Parrilli maltratando a dos empleadas municipales porque no querían eximirla de la multa por mal estacionamiento seguido de otro video de la misma jueza donde dice que no sabe qué pasó ni de qué le están hablando… Buenos Aires es una mezcla de sainete y kitsch).

Digo, retomo el hilo de pensamiento, que atravieso la ciudad en cuestión de minutos para encontrarme con una amiga que hace siglos que no veo. Costumbre que atesoro, la "puesta al día", juntarte con alguien que hace rato que no ves y hacer el resumen de lo acontecido, completando como se puede el hueco temporal en el relato. Zona Abasto. Mientras llego (tarde, para variar), pienso que necesito que la mencionada síntesis narrativa incluya almuerzo, es imperioso. Es más, tengo decidido que sea peruano y que sea Chabuca Granda, frente al shopping Abasto. 

Un par de horas después, inicio el regreso. Es domingo, la avenida Corrientes está llena de gente que desafía el fresquete y sale a lo que venga, sea caminar, cine, un café. Familias con chicos que corren de aquí para allá y amenazan con perderse, familias tomando un café con leche con medialunas (o, en algunos casos, padres tironeados por su progenie y arrastrados hacia McDonald´s), bloques compactos de amigos caminando en una u otra dirección, parejitas que van de la mano (hoy es día de campera y se hace más complicado caminar abrazados). ¿Qué van a ver? ¿Con quién se van a encontrar? A mi, por otra parte, en ese momento me hace ilusión desensillar, hacerme un capuccino, leer o ver una película, pero en casa. 

En el subte, un beso largo. Las manos de él envuelven parte del rostro y parte de la nuca de ella. La acaricia. Ella lo abraza por la cintura. Él se acerca y le dice algo al oído. Ella sonríe y se muerde el labio inferior, suavecito, un gesto tierno. Ella se acerca y le dice algo al oído. Él sonríe. Ninguno cierra los ojos. Se miran mientras se besan. No es improbable que se hayan pasado de estación. Es bastante probable que no les importe.

Tomo un poco del café que me preparé (no es capuccino, me había quedado sin cacao). Bien, caliente pero sin que queme. En escritorio tengo "Rayuela" marcado en el capítulo 7. Afuera, la luz amarilla del alumbrado público tiñe las ramas que se bambolean por el viento. Miro lo escrito. Los temas pasan al azar; "Blue Valentine" suena de nuevo.

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Escribiendo sobre el Día de la Primavera un día después, entre el frío y la lluvia

Escrito por Kappuz

September 25th, 2009 at 6:50 pm

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No tengo recuerdos memorables del Día de la Primavera, sinceramente. De hecho, me resulta horrendo el paisaje de cadáveres de polietileno que suele terminar cubriendo el suelo de los bosques de Palermo. Sin embargo, decido irme a la Costanera. Lo siento necesario y, entonces, lo hago, confiando en poder evitar las conocidas aglomeraciones del día.

Viajo sentado, casi como un pasajero de lujo (engañoso, ya que en el regreso el viaje será en una lata con cincuenta sardinas adolescentes, pero bueh, el cometido ya se había cumplido). Voy a ese muelle de pescadores que me gusta imaginar como laberíntico (que, obviamente, en realidad no lo es, pero yo juego a que sí), con una parrillita a la entrada. Es el que está frente a Tierra Santa, nuestro parque de atracciones kitsch, donde en determinado momento del día crucificamos a Jesús. Mi idea original es sentarme en una mesa y quedarme mirando el río, leyendo de vez en cuando, tomando apuntes de vez en cuando. 

Nop, la fauna estudiantil no llega hasta ahí, salvo algún pequeño contingente de cinco que le grita a una chica "¿Querés chorizo? ¡Yo tengo!" y, a otra, "¿Te gusta el helado? ¡Yo te puedo dar algo para chupar!". Fuera de eso, incluso ellos se mantienen en paz. De todos modos, las mesas están ocupadas. Sigo, entonces, hasta encontrar un banco libre. No tiene la vista ideal, pero sirve a mis intenciones.

Al Río de la Plata, muchos extranjeros le dicen "mar". Es que se va y se pierde en el horizonte. Me gusta mirar y perderme en el horizonte, que el agua me lleve para allá, porque me pongo a imaginar qué habrá detrás. 

Buenos Aires se me hace distinta cuando me acerco al río… será que las grandes extensiones de agua me producen respeto, no sé. Me gusta el mar, hundir los pies en la arena, mirar la huella y ver cómo la siguiente ola borra las marcas. Me gusta el estallido del agua cuando rompe, cuando lame la orilla. Tengo la suerte de haber podido viajar (aunque no tanto como quisiera), y llevo puestos los mares visitados. Me gustan los atardeceres, cuando el mundo cambia de color…

A unos metros, unos flacos pescan. En realidad, las cañas están ahí, en posición de espera, y ellos, entonces, como las cañas, se dedican a esperar. El grupete de chicos habla bajo, mirando a los pescadores, supongo que imaginando que, en cualquier momento, picará algo.

Cambio de posición en el banco. Miro. Respiro. Pasan los minutos. Saco de la mochila un texto. Leo. Subrayo. Asiento. Termino. Guardo el texto. Saco el anotador. Anoto ideas. Ideas para proyectos. Proyectos posibles. Proyectos imposibles. Termino de anotar. Guardo el anotador. Me quedo en silencio. Hoy, el río está amable. Respiro. 

 

Tengo, también, trocitos de cielo que me apropio. Cuando viajé al norte, hace varios años, en Jujuy me decían "ustedes, los porteños, se olvidan de mirar el cielo". Ya del Tilcara que conocí queda poco, pero me llevé conmigo (también de Iruya) uno de eterna paciencia. De Puerto Piramides, en el sur, me traje las caídas del sol sobre la playa, una diagonal de luz que se va diluyendo. De Venecia, un cielo surrealista de algodones de bronce. De Río de Janeiro, el atardecer desde la Pedra Arpoadora en Ipanema / Copacabana, que se transforma en una lengua negra suspendida sobre el agua desde donde ves que el sol se va yendo, a lo lejos, detrás de un cerro. Mi trocito de cielo acá, mi pequeño refugio en Buenos Aires, es el que veo desde mi balcón – el que me costó tanto conseguir -, que a veces me da tardes violetas o amarillas, otras caravanas de nubes transitando por detrás de los edificios, también lunas llenas con cara de gata. Digo cielo y pienso en "Rayuela", en Maga, en ojitos curiosos sonrisas nocturnas camas deshechas repetidamente y telepatía, y que hace poco jugué a la rayuela por primera vez.
 
Se va poniendo fresco. Las chicas del banco de al lado guardan el mate y se van. Los chicos que ofrecen alimentos succionables ya no están. Los pescadores siguen ahí. El pequeño laberinto se va vaciando de a poco.
 
En breve ya debo ir pensando en acercarme a la parada del 160.

Me apoyo con los brazos en la baranda y el mentón entre mis brazos. En medio del quilombo de Buenos Aires y del Día de la Primavera, me quedo pensando en mares, atardeceres, cielos y en "Rayuela".

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El día sin rostro

Escrito por Kappuz

September 10th, 2009 at 6:56 am

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 Estoy en un café, mirando por la ventana. El café que me pedí no tiene sabor a nada, la medialuna tampoco, bien podrían ser de cartón o, simplemente, un fragmento de mi imaginación. Hoy es así…

¿Qué se hace en un día en que la temperatura se te hace toda igual, en que el cuerpo se te ha vuelto desarmable? Vas, hacés, si te preguntan cómo estas, respondés "todo bien" y seguís viaje.

Hoy, el personaje escribe a reglamento. Escribe, porque no sale otra cosa. Es uno de esos días donde la ciudad se vuelve grande, muy grande y llena. Es del tipo de instancia donde vas por la calle viendo si te chocás a alguien, nomás que para poder ponerle mala cara.

El vértigo es infame. La adrenalina de la velocidad te engaña. En la calle, la gente va de un lado para otro y, me pregunto muchas veces, ¿dónde van tan apurados? A que te aumenten el sueldo, a que escriban tu nombre en dorado, a que no te echen, a que la gente hable de vos con respeto, a acumular figuritas… 

Es cursi, pero uno de mis libros preferidos ha sido siempre "La Historia sin Fin" (en realidad, la traducción del título de la novela es "La Historia Interminable", pero yo me empeño en usar el título de la película). De chico, soñaba con que un perro-dragón (que en el film es Falkor y en la novela es Fujur, ya también me lo han corregido; yo insisto con Falkor) viniera volando a impedir que mis adorables compañeritos de colegio me fajaran. Aprendí que ningún perro-dragón volador iba a venir al rescate. Crecés y, en algunas cosas, te hacés más sabio, la experiencia te enseña qué querés, qué no querés; la experiencia no impide que sigas haciendo pelotudeces y te mandes cagadas, no te evita sufrir, por más que uno quiere pensar que no es así y que se va haciendo a prueba de balas y que va aprendiendo todas las frases precisas para cada ocasión y situación.

La gente pasa por delante de la ventana. Hoy miro, pero no veo. Me tomé el café y me comí la medialuna. Ya los pagué y no me gusta dejar comida en la mesa.

Las primeras cuatro veces que vi "La Historia sin Fin", lloré en la escena en que Artax, el caballo de Atreyu, se hunde irremediablemente en El Pantano de la Tristeza. Se va, no hay con qué darle. Es terrible y siempre me generó una gran impotencia… Atreyu se ensucia, se tira al pantano, trata de arrastrar al caballo, de convencerlo, y no importa: el final de la escena sigue siendo el mismo. 

Miro la borra del café. Una vez me la hice leer y el tipo me vaticinó, en ciertos aspectos, un destino de mierda. Quizás, tendría que haberlo trompeado en ese mismo momento por desubicado. Nunca más me hice leer la borra del café.

En la "Historia sin Fin", lo que amenaza Fantasía es el avance de la Nada – la Nada amenaza, en realidad, de tantas maneras… -. Todo revive, Artax también, en el final, cuando Sebastian, el niño que se ha puesto a leer, precisamente, la historia del peligro de Fantasía, acepta "imaginar" (en realidad, lo que acepta es, digamos, creer en su imaginación, proceso que en la película sucede en pocos segundos y que, bueno, no siempre es tan fácil) para que Fantasía vuelva a la vida. Lo irónico, en un punto, es que para que esto suceda, Sebastian y Atreyu debieron atravesar toda la narración, con sus tragedias y sus obstáculos insalvables, incluso la destrucción de Fantasía (que es lo que hace que el proceso antes mencionado no sea tan fácil). Signifique lo que signifique (y, supongo, no siempre significa lo mismo), me encuentro cada tanto volviendo a estas dos secuencias de uno de mis libros favoritos…

Miro a un costado. Alguien, en su notebook, está viendo un clip de "Eterno resplandor de una mente sin recuerdos". El café y la medialuna ya están pagos. Salgo a la calle y me quedo mirando el cielo unos instantes, para ver si, de casualidad, hoy me equivoco y un perro-dragón viene volando a mi encuentro.

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La pared de corcho

Escrito por Kappuz

August 19th, 2009 at 6:19 am

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Día gris. He descubierto que, en sus justas dosis, los días grises me aportan el contraste justo de los días soleados. Cuando se van de mambo y deciden quedarse indefinidamente, definitivamente me embolan. Molestos, incordiosos, amargos, etc, etc, etc. Hoy es un día gris, lo que significa frío, manos frías, narices frías y ganas de no salir. Para quien va a trabajar en esos horarios matutinos tan adorables, no hay opción más que apechugar y salir y, entonces, se va de un extremo al otro: del freezer de la calle al ensardinamiento del tren, subte o colectivo. Además, se desayuna con titulares catástrofe sean en el diario, la tele, la radio o la web. Para los de memoria frágil y antojadiza, según estos simpáticos personajes que nos dan la bienvenida a cada mañana – y durante el día y durante la noche también -, ya deberíamos estar todos muertos de Gripe A (por mencionar la última de las plagas que nos azotan por herejes insalvables).

Yo trabajo freelance y enloquezco (literalmente, hay varios que pueden dar fé) empujando mis propios proyectos, por lo cual semana y fin de semana se vuelven intercambiables y mañana y noche son, apenas, rótulos para demarcar las tareas pendientes en la agenda que llevo en la cabeza (por alguna extraña razón, pareciera ser que padezco una suerte de fobia a apuntar mis actividades en una hoja de papel – intenté incluso la agenda que te provee Google, cuestión de que la maquina me avisara con bombos y platillos mis deberes -).

La maravilla del freelance a secas es que nunca sabés bien qué sigue después de… bueno… después de los próximos 5 minutos. Así es como en 2001 estaba trabajando en Moreno momentos antes del comienzo de los saqueos en una promoción más que dudosa de teléfonos, sacándo fotos a un Papá Noel apócrifo, que oscilaba entre el chamuyo compulsivo a todo lo que se asemejara a una mujer y demostrara signos de vida y la evangelización de los jóvenes. Así es como una bengala me peinó la nuca mientras filmaba la manifestación de un sindicato. Así es como un grupo de púberes, sobre quienes juré venganza, me propinaron numerosos golpes y estocadas en un Bar Mitzvah, en medio de la pista de baile durante el carnaval carioca, y yo prácticamente inmovilizado, manipulando un muñecote al que estaba encintado cual Jesús en la cruz. En otra de este estilo, en una residencia importante, una señora relativamente entrada en años, mientras posábamos para una foto, palpó uno de mis bienes culturales (mi trasero); me parece importante aclarar que yo estaba maquillado y vestido de payaso… Así se me cayó una heladera encima trabajando en una publicidad, y en otra recorrí medio Buenos Aires durante una semana con la única y exclusiva tarea de buscar un caniche de peluche que, por dos pesos con cincuenta, fuera idéntico a uno real. Esto sin mencionar la vez que terminé en los nichos del Cementerio de la Chacarita…

Mi único trabajo en relación de dependencia, oficialmente, fue en 1999, en un banco que ya no está. En esa ocasión, creo que ambos nos dimos cuenta que no éramos buena pareja cuando, en una reunión, a raíz de un incidente, propuse que mentirle a la gente para que comprara los productos ofrecidos no era una buena idea.

Recuerdo todo esto mientras miro la pared de corcho de una habitación que no es la mía. Está llena de fotos de momentos que reconozco, de épocas que ya se fueron. Miro las transformaciones en los rostros y pienso en los recorridos que elegimos. Encuentro textos que yo mismo regalé en… bueno, en esas instancias de las que, por suerte, puedo hablar usando el tiempo pasado. Pienso en eso, en caminos y en caminar… ¿hacia dónde vamos? simplemente, vamos, no tengo del todo claro el destino…

Me detengo. Miro los últimos restos de la taza de café bien caliente con crema que me hice hace un rato – hago asociación libre caprichosa y recuerdo que, hace un tiempo, Z me decía que una de las cosas que le parecían poéticas era poder entrar a una cafetería de Buenos Aires y pedir "una lágrima" -.

Suena el teléfono.

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Solos en la madrugada, no estamos solos

Escrito por Kappuz

August 11th, 2009 at 5:02 am

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La mujer tiene zapatillas para correr, soquetes negros y pantalón marrón que no llega a los tobillos mostrando copiosos vellos oscuros por encima de los soquetes negros, una campera verde sucia que culmina en uñas con mugre gris topo, un bigote (ya no era boso) que hace esquina en un lunar lunar y remata con alambre de púas por pelo. La manga verde sucio cruza el aire a toda velocidad, con la mano de las uñas con mugre gris topo abierta impactando ruidosamente en la cara del interlocutor, que mira asombrado (azorado, shockeado, re-caliente, supongo que pensando "¿qué hago?, ¿la surto o me voy?"). Ella, con el lunar bamboleándose desafiante, le grita: "¡Estamos todos manipulados!", tras lo cual se queda callada, expectante, sin desviar la vista ni pestañear.

La escena queda congelada, como la noche, que se está poniendo fría después de un día cálido. Una chica que ha calculado mal la temperatura se abraza a sí misma, tratando de que no se le escape el calor. El colectivo no llega.

En la vereda de enfrente, de un balcón salen luces multicolor y música fuerte. Un flaco sale y prende un pucho. Se queda mirando a la nada. Una chica – otra, no la que ha calculado mal la temperatura – amaga con salir también, pero se queda dentro, tras él, observándolo unos segundos. Atrás, parece ser, están haciendo un trencito. Una mano brota de la oscuridad y la toma de los hombros, insertándola en la fila de gente que baila. El flaco del pucho se queda solo, sin saber que estaba acompañado, mirando, mientras el cigarrillo se va consumiendo sin pitadas.

En el balcón de al lado, una espalda desnuda impacta contra la ventana. Ella lo toma del cuello y lo arrastra hasta su boca para besarlo profundo, mientras con la otra mano le araña la espalda. Se va. La luz se apaga. Vuelve, ya ella desnuda también. Lo toma del pelo y se lo lleva de un beso hacia vaya uno a saber dónde.

La chica que ha calculado mal la temperatura me mira. No sé si quiere que le de mi gabán o desconfía de mi presencia en la parada del colectivo. A unos metros, de la radio que escucha el sereno de un estacionamiento, siguen saliendo las noticias que anuncian el Apocalipsis. La gente, sobre todo por la noche, se ha acostumbrado a mirar desconfiada.

El hombre del cachetazo ya no está. La mujer del bigote está sentada en un umbral de uno de esos edificios con sensores infrarrojos que prenden la luz cuando detectan movimiento chupando de una botella de cerveza  que, a la distancia, identifico como cerveza artesanal. Por los sensores, la luz cada tanto se apaga. Por los sensores, cada vez que la mujer se mueve, la luz cada tanto se prende.

Le digo a la chica que ha calculado mal la temperatura que vaya a cobijarse en el estacionamiento, que yo le aviso cuando viene el colectivo. Primero agradece pero no. Un minuto después, gana el frío y agradece y sí. Me quedo solo en la parada, bajo los árboles.

En el balcón de la fiesta, el flaco del pucho ya no está. Ahora, hay una chica de jeans apretados que se sienta (se desploma) en una esquina. Algo le llama la atención. Toma su celular, que, aparentemente, ha cobrado vida. ¿Llamado? ¿Mensaje?. La luz de la pantalla le ilumina lo que se va transformando en una sonrisa grande y hermosa.

Llega el colectivo.

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Demonios

Escrito por Kappuz

August 2nd, 2009 at 6:34 pm

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El tachero habla sin cesar. Va de cuántas minas se garchó en el taxi gracias a sus incomparables encantos de macho porteño a que la llegada del Apocalipsis se aproxima, sin dejar de mencionar, en algún momento "esto con los militares no pasaba". En algún punto dejo de escucharlo y me limito a asentir automáticamente cuando veo que chequea por el espejo retrovisor si lo estoy siguiendo.

Miro por la ventana pasar las calles nocturnas chorreadas de amarillo del alumbrado público. Mañana será otro día, pienso, y me fuerzo a sonreír.

 

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Noche de pasos perdidos

Escrito por Kappuz

July 21st, 2009 at 2:14 pm

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Mientras me baño, preparándome para salir, suena de fondo Bob Marley. Por la ventilación interna del baño llegan gemidos y gruñidos de algún otro departamento… alguno de mis vecinos está haciendo un uso más interesante de las instalaciones.

Mientras me seco, miro por la ventana del balcón. Afuera, la niebla se vuelve espesa y lo cubre todo, un bloque traslucido que se mueve sin ir a ninguna parte. Suena el timbre.

Atiendo, pero nadie contesta. Creo escuchar una respiración, pero no puedo distinguir si no es el tráfico de fondo sobre el pavimento húmedo. Cuelgo. Vuelve a sonar, pero nadie contesta cuando pregunto quién es… Cuelgo de nuevo.

Termino de cambiarme, chequeo que todo esté en orden. Dejo la música de fondo. Apago las luces. Me voy. No bien doy el último giro a la llave, un gemido de aprobación más fuerte invade el pasillo sin que pueda identificar con certeza de qué departamento viene y repitiéndose me acompaña en mi camino hacia el ascensor.

El aire frío y denso que me recibe contrasta con la calentura de arriba. Un bao hediondo me golpea cuando cruzo por delante del lavadero al lado de mi edificio, al tiempo que una chica de campera de cuero oculta en las sombas levanta la vista y me mira seria y de modo peculiar por entre los mechones cuidadosamente desprolijos que le cubren los ojos.

La avenida ancha está extrañamente vacía, con una paz incómoda por lo desacostumbrada. En la cuadra siguiente tampoco parece haber nadie. Tres cuadras más allá, ya no se ve nada por la niebla.

El colectivo llega, completamente lleno. Sus puertas se abren y lo que sale es el vapor de los cuerpos que transporta. Me trepo como puedo antes que el chofer acelere y me arranque algo.

Algunas paradas después, ya más adentro, quedo ensardinado entre la masa humana que viaja. Siento una presión variable en la espalda y, cuando me doy vuelta, veo una pareja haciendo algo muy similar a lo que debían estar haciendo mis vecinos. Él tiene una de sus manos bien metida por debajo del vestido de ella, sosteniéndole el cuello con la otra mientras la besa fuerte. Ella tiene una de sus manos dentro del pantalón de él, y la otra debajo de su sweater y remera, aparentemente arañándolo al compás de los movimientos de ambos. Oscilan entre el mirarse y el cerrar los ojos, dejando la boca entreabierta, respirándose. No puedo evitar observarlos con fascinación. Ella, en determinado momento, me ve y mantiene la mirada unos segundos, los ojos húmedos. La gente alrededor se desentiende.

Cuando algunas paradas más tarde, el colectivo se vacía otro poco, consigo asiento y, entonces, reparo en otra mirada en mi dirección. Es la chica de los mechones cuidadosamente desprolijos.

Una pelea a los gritos entre el chofer y un pasajero con otro pasajero, que acaba de subir y está golpeando la máquina expendedora de boletos, me distrae y luego me quedo siguiendo lo que pasa en la calle a través de la ventana.

Elipsis temporal.

Entre trago y trago, las luces adquieren una textura líquida y la gente se traslada como sin tocar el suelo. Afuera, la noche helada amontona a los fumadores anónimos, compañeros de humo. La música muta y alguna que otra pareja decide bailar, asegurándose que la piel se toque, se roce. La charla va y viene como las olas, a veces seria, a veces llena de risas. Algunos se pierden por el camino, hundidos en lenguas entrelazadas y dedos que recorren la geografía de cuerpos ajenos.

Al retirarme en busca del transporte que me devuelva al otro lado de la ciudad, caminando algo ausente, levanto la vista para descubrir, apoyada en el semáforo de la calle que estoy por cruzar, cubierta de la luz cianótica del alumbrado público, a la chica de los mechones cuidadosamente desprolijos. Me mira fijo, sin pestañar, de abajo hacia arriba, sin terminar de levantar la cabeza. Me detengo y la observo. Sonríe una mueca.

En ese preciso instante, mi colectivo emerge de entre la niebla que anda por Buenos Aires y, al no ver pasajeros en la parada, sigue de largo, acelerando para no perder el semáforo en verde, casi atropellando a un auto que cruzaba por la otra calle en amarillo. A las dos cuadras, desaparece nuevamente en la nube.

Cuando vuelvo a mirar, obviamente, la misteriosa de los ojos cubiertos por los mechones no está más, y el próximo colectivo no habrá de pasar hasta dentro de una hora. Detrás mío, a unos metros, un flaco increpa a otro violentamente, vaya uno a saber por qué.

De casualidad, encuentro un café abierto en la cuadra siguiente. Rodeado de viejos ebrios que deben haber pasado la noche ahí sumando ginebra tras ginebra, espero el amanecer. Saco el anotador y comienzo a escribir.

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El amor en tiempos de Gripe A

Escrito por Kappuz

July 11th, 2009 at 2:30 pm

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"Cólera" era un título mucho más poético y polisémico. "Gripe A" no tiene mucha gracia, carece de música.

Me despierto con la televisión del vecino, que anuncia la llegada del Apocalipsis a todo volumen. La persiana está baja y la habitación completamente a oscuras. En la cocina, la heladera ha iniciado hace meses su propia cruzada, chillando cada tanto por largos minutos como si quisiera levantar vuelo.

A los tumbos recorro el departamento. Sobre la mesa, junto con una pila de libros y papeles, todavía reposa un barbijo al que le escribí "Válido por una sonrisa cordial" y con el que fui a votar el 28 de junio. Ese día, un flaco esperaba su turno junto a su novia, cuando un votante le comentó a otro "Che, una mina en la cola de hombres…", a lo que el interlocutor respondió "Sí, no es lo único que no funciona en este país". Eso en la misma cola donde un hombre ya entrado en años me mostraba su libreta de enrolamiento llena de símbolos patrios orgulloso: "Este sello es de cuando hice la colimba, de cuando eramos patriotas". Más tarde, y con varias copas encima para festejar la mera existencia del evento democrático que estuvo lleno de alcohol en gel y rostros asustados ante cualquier amenaza de tos o estornudo, un amigo que participó de las elecciones porque le tocó cumplr con su "deber patriótico" me diría: "Si me guío por lo que vi hoy, es un milagro que las elecciones se lleven a cabo". En internet, se multiplicaban las simpáticas fotitos de gente con barbijo votando en mesas de gente con barbijo.

El mundo va rápido estos días. Ya han pasado dos semanas desde las elecciones y desde que comenzaron los vaticinios de exterminio masivo de la población argentina y de la República Argentina como causante de desaparición de la humanidad. Realidad al margen, Goebbels decía "miente, miente, que algo quedará", así que tengo mi botellita de alcohol en gel, a la que recurro luego de cada excursion por la ciudad. También, y muy a pesar mío, me alarmo algo si siento dolor de cabeza o cualquiera de la listita de síntomas. Mantengo discusiones conmigo mismo, locura usual al margen, porque detestaría sucumbir a la marea de dulces y elaborados anuncios de catástrofe. El otro día, en el supermercado, una chica estornudó y una mujer cerca de ella huyó despavorida en dirección contraria con el rostro desfigurado por el miedo.

Por la noche, abunda la esquizofrenia. Por un lado, cantidad de lugares cerrados, colectivos paseado vacíos. Por otro, y en simultáneo, gente comiendo afuera animadamente y deambulando por ahí. En farmacias, como si fuera un bien de primera necesidad sin el cual es imposible sobrevivir, se lee "Tenemos barbijos" o "Tenemos alcohol en gel".

Hace un tiempo hablaba con otro amigo del regreso del menemismo o de si alguna vez se había ido, sobre los efectos que resisten de la década del ´90, de todo ese festejo lujurioso del ego y del me importa un pito del otro. Casualmente, fue entonces que empezaron las sugerencias de "autoconfinamiento". Ironías. Es en los momentos de peste, de dolor, cuando el cuerpo se siente frágil. Afuera, un tipo encaraba violentamente a otro vaya uno a saber por qué.

Anoche, volviendo en un colectivo ensardinado, un bloque compacto de gente descendió repentinamente, liberando la mitad del transporte como para dejarme elegir dónde sentarme. Encontré la butaca individual de mi agrado y me dediqué a observar por la ventana. En un semáforo rojo, el paisaje externo se volvió repetitivo, así que paneé hacia el interior. Una parejita se observaba. Ella lo miraba. Él a ella. Fijamente, sin pestañear. Él sonrió. Ella sonrió. Se acercaron las bocas, se respiraron varios segundos sin dejar de mirarse. Se besaron apoyando los labios en el otro en cámara lenta. Sin dejar de mirarse.

Levanto la persiana del living y el día me devuelve un cielo celeste, todavía atravesado por los anuncios de más y más muertes. El edificio de enfrente está a meses de estar listo. La puerta de mi habitación se abre por segunda vez y la durmiente sale abriendo los ojos sin muchas ganas, sonriendo. Detrás de mi ventana, al menos por un rato, hoy me siento a salvo

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Reflejos en la ventana

Escrito por Kappuz

June 18th, 2009 at 5:58 pm

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Día largo. ¿Qué es un día largo? Todos los días duran lo mismo y, sin embargo, uno insiste: "Día largo, interminable". ¿Acaso las agujas del reloj corrieron distinto para nosotros que para los demás?

En mi living se quemó la lamparita del techo y todavía no la reemplacé, no tengo cuándo. La miro y digo "mañana", pero mañana es mañana y mañana. Entonces, son la lámpara de pie con su luz cálida y un velador los que iluminan el espacio.

A punto de caer dormido, y en ese estado donde las palabras realizan asociaciones caprichosas, pienso que me gustaría poder escribir en el reflejo de mi escritorio sobre la puerta del balcón, que flota en el aire de la noche.

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La Piel

Escrito por Kappuz

June 10th, 2009 at 8:34 pm

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Los días transcurren en barrido. Como el mundo se ha dormido con el pie sobre el acelerador, los días y las semanas pasan… bueno, pasan muy rápido… El dinero del mes ya se acabó, la heladera ya esta semivacía (o sólo quedan un huevo, un tomate y un limón), las tareas siguen acumulándose y el trabajo tiene la maravillosa capacidad de reproducirse, y todo está a punto de comenzar de nuevo. Vértigo. Están errados quienes piensan que es necesario darse con algo para sentir vértigo.

Es otoño por unos días más. Enfrente, los árboles ya han perdido la mayoría de sus hojas. Uno de los edificios en construcción está en sus últimas etapas y el otro, en cambio, ha quedado congelado. Velocidad y pausa. Hoy es pausa.

Hoy la mesa de café no me tiene de voyeur. Hoy en la calle y en el subte y en el colectivo y en tantos otros lugares soy apenas una presencia ausente. Hoy el pasado es una historia para contar.

Hoy, por un rato, es sólo el roce de su piel.

 

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